La última iniciativa caritativa de Felipe VI para que los Grandes de España donen leche y aceite a los millones de pobres que deja la epidemia contrasta con las monstruosas cifras sobre evasión de capitales que soporta el país. Solo en el mes de marzo salieron más de 26.300 millones de euros al extranjero en una de las mayores sangrías para las arcas del Estado de los últimos tiempos (téngase en cuenta que en el mismo mes del pasado año fueron evadidos al fisco 8.600 millones, o sea que el volumen de la estafa se ha triplicado).

Los datos facilitados por el Banco de España resultan ciertamente reveladores. Las grandes fortunas, temerosas de las reformas fiscales que prepara el Gobierno de coalición, están poniendo su dinero a buen recaudo. Todo lo cual viene a confirmar que el viejo y recurrente timo nacional consistente en darle un mendrugo de pan al hambriento con una mano mientras con la otra se colocan rentas y joyas por media Europa ha vuelto a funcionar nuevamente. España siempre fue un país de un patriotismo mal entendido, demagógico, y ese es uno de sus grandes pecados originales nunca redimido. Aquí, cuando vienen mal dadas, cuando el pueblo zozobra por la cíclica inestabilidad política, por una plaga o por una catástrofe nacional, el rico sale corriendo, se va por peteneras, llevándose sus baúles llenos de billetes a latitudes más cálidas y tranquilas.

Fue exactamente eso lo que sucedió en 1931, cuando el sistema bancario español perdió el 20 por ciento de sus depósitos. El socialista Indalecio Prieto, ministro de Hacienda, se vio obligado a imponer férreos y estrictos controles al movimiento de capital en vista de que las humeantes estaciones de tren se llenaban de maletines, de caballeros con frac y marquesonas con abrigos de visón rumbo al extranjero. La peseta terminó hundiéndose sin remedio y fue así como se consumó el primer gran golpe a la Segunda República y a la democracia, el golpe financiero de los terratenientes y banqueros que conspiraban contra ella incluso antes de ser proclamada. Franco no hizo más que dar la puntilla con su cuartelazo en medio de la pobreza y la miseria.

Llama la atención que la historia se repita una vez más y que Sánchez e Iglesias anden estos días ajustando cuentas e impuestos para tratar de cuadrar los millones necesarios mientras la pasta vuela a otros países. Pedro y Pablo van a tener que obrar milagros para cubrir el ingreso mínimo vital, los ERTE y el gigantesco gasto en Sanidad que va a dejar el bicho de Wuhan. Por eso resulta triste y desalentador para una sociedad ver cómo precisamente en este momento, cuando el país más necesita del patriotismo y la solidaridad de los ricos y filántropos, nuestra rancia y desocupada nobleza monárquica juega al escapismo fiscal y solo es capaz de sacar de la despensa, para repartir entre el pueblo, unas tinajas de aceite, unos celemines de grano y unas arrobas de leche. Por no hablar de las grandes empresas multinacionales, las automovilísticas y otras, que también han puesto pies en polvorosa, consumando así la conspiración contra los nuevos republicanos. 

Con todos estos datos en la mano, se entiende perfectamente la rebelión de los “cayetanos” y “borjamaris” de las últimas semanas. Los ricos, los instalados, las clases altas del barrio de Salamanca, no empuñan las cacerolas solo para defender su supuesta libertad amenazada ni en protesta contra el confinamiento y las cuarentenas decretadas por el Gobierno durante la epidemia –tal como alegan−, sino por el pánico a perder sus privilegios y su cuenta en Suiza. Felipe VI los tiene que llamar a capítulo para que hagan un acto de caridad humillante para los miserables, en la mejor tradición del paternalismo limosnero que tradicionalmente ha practicado la alta aristocracia española de este país. La imagen feudal que están dando los señoritos linajudos en medio de la ruina espantosa resulta bochornosa, por mucho que el monarca les inste a que arrimen el hombro (cuidado con el esfuerzo, no se vayan a herniar) y regalen el mendrugo de pan de siempre. En el fondo, por tanto, estamos ante una forma de lavar la imagen y la conciencia de las “manos muertas” mientras el dinero sigue yéndose a espuertas a Andorra y a los despachos offshore caribeños.

Hace solo unos días, la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, defendía la necesidad de una “profunda reforma fiscal” en  España. “No puede ser que con cifras de beneficio similares a 2008 el Impuesto de Sociedades esté rindiendo la mitad”, se lamentó. La conclusión es que el dinero emigra cobardemente en medio del naufragio nacional. Por eso la intención del Gobierno es apretarle las tuercas al gran capital: implantar un tipo mínimo del 15 por ciento a las empresas monopolísticas; gravar a la banca con un 18 por ciento; reformar el IRPF; poner en marcha la “tasa covid” para las grandes fortunas; elevar la tributación de las Sicav; y establecer una “tasa Tobin”. Obviamente, el plan del Gobierno ya ha provocado el terror y el exilio del dinero al extranjero mientras las derechas agitan el fantasma del 8M, de la guerra sucia del PSOE y de los GAL, del separatismo etarra y del golpe de Estado como cortinas de humo bien aprovechadas por los magnates huidizos. Cuando Sánchez e Iglesias quieran darse cuenta, el parné ya habrá volado como las cigüeñas en invierno. Como siempre.

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2 Comentarios

  1. Que pena ser un jubilado con poco dinero,pero si fuera un rico llevaría mis dineros a donde no me los robaran.Con el Falcon y el chep.p. no se va a llegar a ninguna parte,solo piensan en robar,estos inutiles memos no se dan cuenta que el que tiene dinero es el que crea empresas y empleo,estés inutiles lo que crean es miedo.

  2. Les dejo esta perla, cuyo autor ya sabía de antiguo lo de la caridad con los pobres: «El señor don Juan de Robres/,
    con caridad sin igual,/
    hizo este santo hospital,/
    y también hizo a los pobres.» Epigrama LIV -Juan. de Iriarte-(canario, s.XVIII) Letrilla satírica española
    ante una lápida:

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