Dice la leyenda que el álamo es el árbol símbolo del orgullo y la arrogancia, por eso los dioses lo condenaron a que sus hojas se movieran continuamente. Bueno, pero eso es el mito que forma parte de nuestra cultura. Álamo. “La columna de plata” en el poema de Juan Ramón Jiménez. Casi todas las grandes ciudades del mundo tienen su espacio arbolado que, aunque no sean álamos, se denominan alamedas.

Ahora, no son tiempos de alamedas, de niños jugando hasta dejar selladas sus frágiles rodillas, ni del amor apoyándose en la plateada piel del álamo. Menuda pesadilla, menudo estrago para los que sienten el fluir de la sangre y el corazón palpitando dentro de su ser. La pandemia ha cortado de un tajo las caricias, ha puesto en entredicho la sentida elegancia del saludo. Porque, hola, se dice con una mano, mientras se aprieta la mascarilla con la otra.

Pese a todo no es tiempo de rendirse, es momento de resistir, de hacer proyectos aunque sean pequeños, el tiempo no se nos puede escapar de las manos y, sobre todo, reflexionar sobre lo que nos dicen desde tantas tribunas como seamos capaces de aguantar. En este paréntesis de nuestras vidas es más necesario que nunca el tener criterio, no hay que saber tanto de muchas cosas, mejor sentar las bases de nuestro propio sentido de la existencia, asegurarnos hasta donde llega nuestro pensamiento para filtrar el constante saeteo informativo sobre lo que ocurre a nuestro alrededor.

Preparemos el camino por donde transitar seguros, porque la prueba que nos espera no será nada fácil para nosotros. La reacción de la derecha política y social aprovecha todos los resquicios posibles para saltar sobre su presa, habrá pocos países donde la humillante deslealtad institucional sea tan patente como en este nuestro. Consideremos lo que nos espera si la reacción se hace con el poder, ¿hacia dónde dirigir nuestros pasos? Recordemos por un momento el último mensaje del que fue presidente de Chile Salvador Allende, asesinado en el palacio presidencial de la Moneda, el 11 de septiembre de 1.973. Sus palabras fueron: “Se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre”. Las grandes alamedas están desiertas, por ahora, nos corresponde llenarlas de alegría y de libertad.

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