Los diferentes pueblos del mundo se encuentran sometidos a un poder oculto, al poder de las élites financieras y económicas. Esto es un hecho y lo vemos día a día cuando los Estados democráticos no dudan en legislar en contra de los intereses de la ciudadanía para que los de esas élites no se vean afectados por la dignidad que da la justicia social. La Declaración de Independencia de los Estados Unidos afirma lo siguiente en referencia al pueblo oprimido: «cuando una larga serie de abusos y usurpaciones, dirigida invariablemente al mismo objetivo, evidencia en designio de someter al pueblo a un despotismo absoluto, es su derecho [del pueblo], es su deber, derrocar ese gobierno y proveer de nuevas salvaguardas para su futura seguridad».

Diario16 ya publicó cómo los ciudadanos y ciudadanas han caído en la más absoluta atonía frente a los abusos de estas élites que les llevan a no mostrar su descontento en las redes sociales pero no en tomar decisiones que tengan como objetivo un cambio de la situación en la que todos y todas vivimos en la actualidad. El problema se incrementa, además, cuando los gobiernos democráticos se convierten en los cómplices necesarios para que esa dictadura silenciosa propague sus abusos.

Sin embargo, en los lugares del mundo donde esa atonía no ha llegado son capaces de enfrentarse a pecho descubierto contra esas élites. El último ejemplo lo hemos tenido en el caso de los niños muertos en las minas de cobalto de la República Democrática del Congo. Han tenido la dignidad que en occidente se está perdiendo: llevar a los tribunales a Google, Dell, Apple, Tesla, Microsoft y Dell. La demanda acusa a estas multinacionales de haber propiciado o instigado estas muertes porque, según los abogados de estas familias, los niños que trabajan en estas minas forman parte de la cadena de suministro de estas compañías y se aprovecharon del trabajo de estos niños a los que se forzó a trabajar en condiciones muy peligrosas que, finalmente, les causó la muerte. Además, reconocen que estos niños cobraban menos de 2 dólares al día.

Mientras en occidente el pueblo se mantiene como una ameba ante las injusticias provocadas por estas élites porque éstas ya se encargan de crear una falsa prosperidad basada en el consumismo más salvaje, es en los países de los que se espera que su ciudadanía sólo se preocupe de sobrevivir donde no dudan en enfrentarse a pecho descubierto contra estos poderes ocultos a los que no importa el respeto de los derechos humanos, de las leyes o de la propia democracia en la que se mimetizan.

El pueblo es el que tiene el poder. Sin embargo, esas élites tienen controlados los movimientos que pudieran ejercer a través del control de los organismos estatales elegidos por la ciudadanía. Además, entre ellos se retroalimentan en su crueldad. Estas grandes multinacionales disponen siempre de miles de millones de euros o dólares porque hay bancos que financian sus grandes proyectos, entre los que se encuentra, por ejemplo, la explotación de las minas en el tercer mundo.

En estas páginas ya vimos cómo el Santander, por poner un ejemplo, era uno de los principales bancos del mundo que financia a las empresas que más gases de efecto invernadero emiten a la atmósfera. Sin embargo, no es sólo el banco presidido por Ana Botín, sino que todas las grandes entidades del mundo financian o invierten en las empresas que fabrican armamento (en algunos casos prohibido por la ONU, como las bombas racimo), a las multinacionales del sector textil que mantienen sus fábricas en países emergentes (India o Brasil) en un régimen de semiesclavitud, a las grandes corporaciones que no dudan en utilizar el trabajo infantil en el tercer mundo como elemento para abaratar costes. Es decir, que han creado un escenario en que 737 empresas controlan el 80% de la riqueza del mundo y, entre éstas, se retroalimentan en todos los sectores. Pongamos un ejemplo: las grandes fusiones de las multinacionales del sector alimentario están provocando que unas pocas corporaciones están controlando el 70% de los alimentos del mundo.

Ante esta situación, no queda más que decir que los regímenes democráticos han sucumbido al poder del capital y han abandonado su función principal de defender al pueblo porque ese pueblo ha decidido abandonarse ante la atonía de la falsa prosperidad provocada por las élites.

Por tanto, occidente ha dejado la responsabilidad de enfrentarse a las clases dominantes a aquellas ciudadanías que aún no han caído en la trampa, que no viven obnubilados con el pan y el circo que «regalan» los poderosos, a quienes aún no conocen cómo los lobbies de los grandes despachos de abogados controlan a algunos tribunales de justicia o cómo desde las élites se condiciona la labor de los gobiernos elegidos democráticamente por el pueblo. El mundo está perdido bajo el manto de la codicia, pero aún queda la esperanza de que los que aún viven libres hagan despertar a los que están anestesiados y se den cuenta de cómo les han imbuido en una atonía que les llevará a la perdición.

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