Arias Navarro acusó a los enemigos de España de instigar la airada reacción internacional contra los fusilamientos del 75. Girón de Velasco alertó contra los enemigos de España ante la Fundación de Excombatientes. Y Raimundo Fernández-Cuesta se refirió también a los enemigos de España como “misérrima oposición”. De una forma o de otra, el tema recurrente de “los enemigos de España” siempre ha estado muy presente desde que Franco lo puso de moda. Hoy la derecha convencional (PP y C’s) –también la ultraderecha de Vox que viene pisando fuerte– ha copiado ese estilo, el diccionario de viejas expresiones, eslóganes y frases del franquismo, el lenguaje guerracivilista tan contrario y alejado de lo que debería ser el juego político entre demócratas.

En realidad, todo forma parte de la incendiaria estrategia de la crispación que está practicando el ‘trifachito’ durante esta campaña con el objetivo de derribar a Pedro Sánchez. Así, arrastrado por el mal de la lengua violenta, Pablo Casado ha caído en el peor gusto democrático al llamar al presidente “traidor”, “felón”, “incapaz”, “incompetente”, “mediocre”, “mentiroso compulsivo”, “ilegítimo” y “okupa”. También ha llegado a decir que el PSOE “le ha quitado a la Justicia su espada para clavársela a la Constitución por la espalda”; que los socialistas “han traicionado a la Constitución”; en definitiva, que el Gobierno se ha rendido a los “enemigos de España”.

No solo Casado está tirando de la brocha gorda panfletaria, grandilocuente y cursi del lenguaje franquista sacado del NO-DO para remover las vísceras y lo más bajo de la gente. Por supuesto también Santiago Abascal, ese político duro y macho que no parece un político, sino más bien un sargento de caballería todo el rato a la carga contra el enemigo. Abascal se ha erigido a sí mismo como el último defensor de la patria contra los enemigos de España y ya habla como un veterano de la batalla del Ebro. “Nunca han faltado españoles dispuestos a defender a su país. En esta generación nos ha tocado a nosotros. No lo vivimos como una carga sino como un privilegio”, asegura en sus flemáticos y altisonantes mítines de campaña, en los que no duda en llamar a la confrontación civil contra el independentismo hasta su “derrota final” y “sin ningún tipo de negociación”. O sea, aquello de “patria o muerte” que decían los de las JONS en las plazas de toros de la República pero ahora dicho en Twitter.

Hasta Albert Rivera, ese político que va de centrado y de centrista pero que lleva un falangito con su mismo apellido dentro de sí, se ha puesto en plan teniente coronel al decir que le avergüenza que Sánchez “brinde con Otegi”. ¿Pero quién está brindando con quién? ¿Qué clase de broma es esta? ¿A qué nivel de bajeza piensan llegar algunos maquiavélicos políticos que admiten el “todo vale” para llegar al poder?

En España el recurso a la metáfora de la guerra, al cómic de Hazañas Bélicas y las historietas de Roberto Alcázar y Pedrín han sustituido a la política, con todo lo que ello significa. Se imponen los jaleos y vivas a España, el grito y la arenga escuadrista juvenil, la cursilería patriótica propia de los tiempos del imperio austrohúngaro. Con su nuevo manual del honor del caballero legionario, la derecha quiere llevarnos otra vez a la Edad Media, cuando no había Parlamentos y todo se arreglaba en duelos y torneos con mucha lancería, mazazos y espadones.

El lenguaje bélico, guerrero, cuartelero y patrioterista, siempre exagerado y exacerbado, siempre tan alejado de la realidad, debería estar prohibido en política, ya que solo contribuye a crear peligrosas tensiones en la sociedad y a degradar la democracia aún más de lo que ya lo está. La democracia es un espacio cívico donde cada cual puede debatir sus ideas pacíficamente, sin tratar de aplastar al otro. No es un duelo a muerte con pistolas, como trata de decir Abascal.

La derecha española no entiende el sentido de la democracia (mucho menos la ultraderecha de Vox que simplemente ha llegado para destruirla). Y eso sucede quizá porque arrastra el lastre hereditario del autoritarismo y la dictadura, esa pesada sombra del fantasma del Caudillo que no consiguen exorcizar. Para la derecha hispánica no se trata de convencer sino de vencer; no de pactar ni de acordar sino de aniquilar al contrario; no de construir un país entre todos, sino de arrasarlo para luego tomar posesión de las ruinas y cenizas y clavar la rojigualda, que es lo que les pone por su inmadurez infantil.

En el fondo, el discurso retórico de nuestra derecha no se diferencia demasiado de aquella Falange que en tiempos de la República instaba a los españoles a empuñar el arma para defender a la nación de sus enemigos. Todo aquel que no trague con los principios fundacionales (Dios, patria y orden) es un traidor; todo aquel que no esté mi lado está contra mí. La derecha reparte carnés de buenos y malos españoles como se hacía antaño porque se siente la legítima heredera del cortijo y del pazo de Meirás, porque tiene una concepción patrimonialista del Estado y porque cree que el país le pertenece. En definitiva, “por cojones”, por utilizar el mismo lenguaje hormonado y taurino del fascismo español. Por eso, cuando no gana en las urnas, la derecha rompe la baraja y se enroca en el “no” a todo. Lo malo y trágico es que España no puede avanzar con semejante tara involucionista, belicosa y anclada en el medievo.

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