“Un taurino es un niño al que adoctrinaron para no sentir compasión”, asegura Leonardo Anselmi, director de la Fundación Franz Weber para el Sur de Europa y Latinoamérica. Cada vez son más los psicólogos que se plantean las posibles repercusiones de los espectáculos taurinos en la formación y educación de los menores. Así, el doctor en Psicología de la Universidad de Lisboa Vítor José F. Rodrigues cree que los niños que asisten a corridas, ya sea en directo o por televisión, están siendo “testigos de violencia” y eso nunca es bueno.

Además, la violencia que se muestra en el coso no es gratuita sino que es públicamente recompensada por los aplausos de la multitud. Al niño, por lo tanto, se le lleva a “apreciar” aquello que sus ídolos educativos, los encargados de su educación, les dicen que es bueno: la corrida. Los menores ven cómo los toreros exhiben una inmensa dosis de violencia festejada y recompensada de varias maneras en un ambiente festivo. “Como si la violencia pudiese ser una cosa hermosa, loable, fuente de alegría. El mensaje implícito y explícito es, desde luego, algo como: es bueno ser violento, es bueno ser torero, da prestigio, dinero y es merecedor de aplausos”, manifiesta Rodrigues.

Este psicólogo alega que los niños son “muy sensibles a todo lo que les transmita la idea de que, si hacen esto o aquello o tienen esta o aquella idea, serán apreciados. Sin duda, se les está transmitiendo la idea de que si imitan los modelos adultos de los toreros, con su violencia depredadora, su afirmación sanguinaria de virilidad, su pomposidad exhibicionista, serán apreciados. Es enseñar algo que en realidad es totalmente erróneo”.

¿Pero por qué es un error educativo llevar a un niño a una corrida de toros? Rodrigues cree que porque equivale a enseñar que la violencia es buena en sí misma y que torturar animales para nuestro deleite personal es satisfactorio. “No olvidemos que, además de los toros, también se les obliga a los caballos a soportar niveles de tensión inmensa, contrarios a su normal espíritu de herbívoros, y de que muchos caballos sufren cogidas”.

Resulta evidente que los principios y códigos que rigen el mundo de los toros van contra las nuevas ideologías que se abren paso en la actualidad como el ecologismo, el veganismo y también el feminismo, ya que el universo taurino ha representado tradicionalmente, y a la perfección, la máxima expresión cultural de esa forma atávica de entender “la hombría” tan cercana al machismo. De hecho, las mujeres que se dedican a esta actividad se pueden contar con los dedos de una mano y aquellas pioneras que intentaron abrirse camino en la tauromaquia sufrieron la discriminación de muchos aficionados y compañeros de profesión. Y es que la iconografía taurina está repleta de símbolos masculinos como estandartes de la sociedad patriarcal.

Pero es que además, en un mundo amenazado por el cambio climático que pone en serio riesgo la supervivencia de miles de especies animales y hasta del ser humano, dedicarse a matar toros por deporte tiene cada día peor propaganda. “¿Queremos enseñar a los niños que hay elementos de la naturaleza, como los toros, que son bestias malvadas que pueden y deben ser maltratados? ¿Queremos transmitirles que es bueno ser violento, resucitar nuestros antiguos instintos primitivos del placer con las vísceras expuestas, la sangre, la carne violentada, el olor a carnicería? ¿Estaremos acaso nosotros respetando a los niños y a su necesidad de afecto y protección al llevarlos a tales espectáculos”, se pregunta el profesor Rodrigues.

Los psicólogos creen que los niños criados en ambientes pacíficos con amor y cuidado se muestran más resistentes, seguros de sí mismos y fuertes psicológicamente cuando llegan a la etapa de adultos. Al contrario, aquellos que viven en ambientes cerrados y sórdidos donde se ensalza la violencia (aunque sea contra un toro) pueden sufrir traumas psicológicos en el futuro. El mensaje que se transmite al niño de que se puede ser violento e incluso matar animales en determinadas circunstancias, si ello nos proporciona placer, no es la mejor manera de educar a un menor.

Los informes clínicos avalan esta hipótesis: en el año 2000 organizaciones como American Academy of Pediatrics, American Academy of Child & Adolescent Psychiatry, American Psychological Association, American Medical Association, American Academy of Family Physicians y American Psychiatric Association concluyeron tras los pertinentes estudios clínicos que existe una relación causal entre la violencia en los medios de comunicación (televisión, radio, películas, música y juegos interactivos) y el comportamiento agresivo en algunos pequeños. Por lo general, “contemplar violencia como entretenimiento” puede conllevar un aumento de actitudes, valores y comportamientos agresivos, especialmente en los niños. Además, aquellos que son expuestos a la agresividad tienden a considerarla un medio efectivo para resolver conflictos y a pensar que los actos de fuerza son aceptables. Esa educación puede llevar a una “desensibilización emocional” en relación a la violencia en la vida real.

Ahora bien, ¿se pueden extrapolar esos estudios a las corridas de toros? Se sabe que el 56,3% de las niñas y niños que suelen asistir a las corridas revelan indiferencia al presenciarlas. Niños indiferentes a la violencia que son enseñados a aceptarla como normal y legítima. Sin embargo, otros muestran una mayor puntuación en los test de agresividad, siendo estos efectos más fuertes en los niños.

De alguna manera, tal como asegura Rodrigues, exponer a los niños a las corridas es exponerlos a la violencia; enseñarles que la “crueldad” con los animales es legítima; inculcarles que la fiesta del sacrificio y la muerte es “una alegría y una diversión”; decirles que ser violento trae recompensa (riqueza y fama); y poner al matador y torturador de animales en la cúspide del machismo “para admiración y deseo de las hembras”.

Por otra parte, se plantea el problema jurídico del respeto a los derechos humanos. Anselmi recuerda que la Convención sobre los Derechos del Niño (CDN) −el tratado internacional de la Asamblea General de Naciones Unidas−, establece el derecho del menor a no ser objeto de ninguna forma de violencia. Y ahí es donde entra la responsabilidad del Estado, que debe velar por los derechos y la salud de los menores. “Los Estados partes adoptarán todas las medidas legislativas, administrativas, sociales y educativas apropiadas para proteger al niño contra toda forma de perjuicio o abuso físico o mental”, así como todas las medidas eficaces y apropiadas posibles para “abolir las prácticas tradicionales que sean perjudiciales para la salud de los niños”, asegura el tratado.

“La Convención fue fundamental para que se entendiera que no todos los padres del mundo toman las mejores decisiones para sus hijos por el solo hecho de ser sus padres, viene a decir que el Estado en algunas ocasiones debe actuar y que en el caso de la tauromaquia el interés superior del niño es llevar a cabo una vida sana en lo psicológico, moral y social, alejada de toda violencia”, explica este experto.

En el fondo, estamos hablando de un espectáculo donde se torturan seres vivos por diversión. Una práctica que filosóficamente resulta aberrante. El debate está abierto y faltan más estudios psicoanalíticos que puedan demostrar si las corridas de toros son efectivamente perniciosas para la educación de un niño. Pero lo que se va viendo resulta cuanto menos inquietante.

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1 Comentario

  1. Para el pueblo, si se tapa lo que da la luz, pues luz no habrá; y si se calla al que evidencia la verdad, no habrá verdad. En España siempre ha habido un infinito NEGACIONISMO A TODA REALIDAD, a objetividad total e infinita o irrefutable, una y otra vez, apaleando sin parar al sentido inteligente y a la Luz: ése «no hay crisis» dicho hasta la saciedad, ése «no hay machismo» apuntalado por toda la derecha, ése «no hay cambio climático» reincidente por todos e incluso por los científicos (sí, estoy hablando de los años 80), ése «no hay corrupción» antes de destaparse LA ABISMAL CORRUPCIÓN que había, ése «el toro no sufre» lanzado a total sangre fría, ése «no hay daño a las víctimas del Franquismo» vociferado con terquedad brutal. Y al final, también, resulta que el que agonizántemente, luchando contra todo a miles de innegables esfuerzos (en objetividad como yo he hecho a infinita demostración inengañable tan firme como la Luz), no negó ninguna realidad, ahora está apaleado hasta en sus lágrimas. No, no sé por qué niegan y niegan tanto hasta sobrepasar cualquier maldad posible.

    http://delsentidocritico.blogspot.com/

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