Los niños del Reino Unido están siendo atendidos ya en los pasillos de los hospitales públicos por falta de inversiones y de personal. Son las nefastas consecuencias de las políticas xenófobas y privatizadoras de esta ultraderecha liberal de nuevo cuño que va a dejar Europa más yerma que el desolado paisaje de las Tablas de Daimiel. Cuando un periodista fue a enseñarle la foto del pobre crío tirado en el suelo a Boris Johnson, el primer ministro cogió el teléfono del reportero y se lo confiscó, guardándoselo en el bolsillo. Y más tarde se escabulló metiéndose en un frigorífico, toda una metáfora de la historia y de los tiempos que vivimos, ya que es ahí, en una fría nevera, donde Occidente tenía criogenizado al fascismo hasta que decidió revivirlo de nuevo.

La exclusiva del Daily Mirror, el tabloide que ha destapado el escándalo del niño abandonado en los pasillos del Servicio Nacional de Salud, describe a la perfección lo que ocurre cuando se vota alegremente al populismo de extrema derecha. El pequeño Jack, ese paciente colegial de cuatro años con amigdalitis que terminó acostado en una camilla de baldosas, o sea en el duro y espartano empedrado con el que Boris Johnson premia el patriotismo de los ingleses, ha llegado a esa situación por varias razones: por los recortes de un Gobierno salvajemente neoliberal; por la falta de personal médico, mayormente enfermeras como las españolas que han tenido que salir del país para evitar que el facherío británico espoleado por el ario primer ministro las apalee en el Metro por hablar español; y en general porque al Gobierno tory le importa un bledo el futuro del sistema público de sanidad.

Afortunadamente, en España seguimos disfrutando de una de las mejores redes sanitarias estatales del mundo, o al menos así era hasta que Mariano Rajoy metió la tijera. Pero no debemos enorgullecernos por una conquista social que puede no durar eternamente y que puede ser desmantelada más pronto que tarde a poco que nos descuidemos. Nuestro Boris Johnson a la española, o sea Santiago Abascal, nos ha preparado un buen paquete que medidas que contemplan, entre otras, vender a la empresa privada cada ladrillo de la Sanidad pública española. Es decir, privatizarlo todo, como en Inglaterra. El programa sanitario de Vox no dista demasiado de las ideas económicas del nacionalista, impulsivo y enérgico Boris, que por otra parte son las que triunfan en toda Europa al fragor de la ola neofascista que nos invade. Si el rubio primer ministro británico fue uno de los impulsores de la salida del Reino Unido de la UE, que cuajó en el referéndum de 2016 y en el Brexit de terribles consecuencias para el viejo continente, el partido de Abascal se ha integrado cómodamente en el grupo de los euroescépticos del Parlamento europeo que pretenden liquidar el Estado de Bienestar. Abascal no lo dice abiertamente, pero su plan es promover algún día un “Spainexit” para volver a la peseta y a la España una, grande y libre que recupere la supuesta soberanía perdida en Bruselas. O lo que es lo mismo: retornar a aquella España autárquica y aislacionista en la que Franco secuestró a los españoles durante décadas.

Todo el mundo en el Reino Unido habla hoy de la historia del pequeño Jack, que fue condenado a soportar su gripe de origen político en un gélido pasillo de hospital, como aquellos niños que sufrían penurias e injusticias en las tristes novelas de Charles Dickens. Y es que Boris Johnson pretende llevar a los ingleses a la época victoriana del XIX, cuando los hijos de los lores británicos disfrutaban de médico y buenos colegios mientras los vástagos del proletariado trabajaban en las fábricas de sol a sol y morían de tisis. Abascal admira aquel modelo británico darwinista, clasista y colonial y sueña con importar sus drásticas medidas contra el Estado de Bienestar. A fin de cuentas él también es un lord a caballo de cacería permanente, un supremacista que defiende los intereses de una élite social y que ansía mandar a los africanos a su pueblo para que no nos hagan gasto en médico, farmacia y hospital.

1 Comentario

  1. Porque Vox es una banda terrorista que se autodenomina «partido político». Y nunca dejará de serlo. Y la Junta Electoral mirando al otro lado como siempre.

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