Un fusilado por Franco guardaba celosamente en el bolsillo de su chaqueta las postales y cartas de amor que su mujer le enviaba a la prisión. Hoy, ochenta años después, esas cartas aparecidas en la fosa común número 127 del cementerio de Paterna han vuelto a la playa de la historia como mensajes desesperados en una botella y permitirán que los descendientes del represaliado puedan dar a su familiar, por fin, la digna sepultura que se merece y que le negaron sus verdugos. Paterna, el gran paredón de la España franquista donde más de 2.000 personas fueron vilmente asesinadas, va sacando a la luz las historias reales de la Guerra Civil, los dramas que ocurrieron de verdad, que atormentaron a gente de carne y hueso y que no son una invención de progres, rojos y comunistas, como dice Abascal.

Esta vez ha sido el murmullo lejano del amor el que ha llegado del pasado en forma de carta para desenmascarar a los asesinos, a los taimados revisionistas de la historia y a los que por uno u otro motivo se niegan a que en este país se haga justicia de una vez. “Cuando mi voz calle con la muerte, mi corazón te seguirá hablando”, decía Tagore. Y nada más acertado. Esas cartas de los fusilados de la guerra son los corazones acribillados de miles de personas que siguen latiendo débilmente casi un siglo después; las voces de los muertos vivos que piden justicia y que España no se atreve a desenterrar en uno de los episodios más infames e indecentes de toda nuestra historia; las palabras de polvo y tinta borrosa que aún palpitan y que nos cuentan la trágica verdad por encima de las demagogias, los populismos y las mentiras neofascistas. En esas cartas está la angustia de un condenado a muerte al que van a fusilar al alba, las lágrimas de un hombre que no alcanza a comprender su desdichado destino, el llanto humano que España sigue despreciando de forma incomprensible. En las misivas se habla también de las cosas cotidianas, de la hiriente separación del ser querido, de la rabia de un padre que no puede ver a sus hijos, del hambre, de la enfermedad, del miedo.

En esas cartas amargamente polvorientas, por encima de los estudios historiográficos de sesudos hispanistas, está la gran verdad y la gran mentira de España. La primera lección que todos debemos aprender para no repetir el mismo error, el relato de la gente con nombres y apellidos que tuvo el infortunio de vivir aquella carnicería infinita más allá de las fechas, del fragor eterno de la batalla del Ebro y de los discursos inmortales de Azaña. La tierra noble siempre termina vomitando los crímenes y las injusticias del hombre y ahora nos devuelve, a modo de arcada epistolar, todas esas cartas que imploran honor, dignidad, decencia. Junto a los infelices trozos de papel se han exhumado también las ropas de los muertos, los lápices, las medallas, los zapatos, las botas, lo poco que los verdugos no se llevaron y dejaron a un pueblo injustamente torturado, masacrado, muerto. Pero lo más importante de todo son las cartas, esas cartas que no deben perderse jamás porque son las voces de la barbarie y de la historia, esas cartas que con sus palabras de amor han conseguido vencer por fin al rugido bestial de los cañones alemanes e italianos, al fragor del odio entre hermanos y al vasto silencio del olvido. No se puede construir nada bueno, ni siquiera un pequeño país en el sur de Europa, sobre los cimientos de la mentira, la injusticia y la mala sangre.

“He poblado tu vientre de amor y sementera, he prolongado el eco de sangre a que respondo y espero sobre el surco como el arado espera: he llegado hasta el fondo”, escribía premonitoriamente Miguel Hernández en su Canción del esposo soldado. Él, precisamente él, que fue uno de los muertos vivos. Uno de los que vieron con sus propios ojos todo el terror y toda la crueldad de que es capaz el género humano.

Las cartas, esas cartas de ultratumba, son la última señal de aviso para los españoles de hoy. España volverá a ser un país maldito mientras no vaciemos de una vez por todas las fosas y cunetas (sacando hasta el último de los huesos) y las llenemos de canciones, de pureza y de rosas.

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