viernes, 22octubre, 2021
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Las camas de Olot

Jaume Prat Ortells
Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.
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Las arquitecturas populares son muy apreciadas por nosotros los arquitectos como aquellos edificios que expresan un sistema cultural y, sobre todo, como aquellos edificios que se funden con un territorio y con un paisaje. Que son ese paisaje. Con tranquilidad. Sin estridencias. Estas mismas arquitecturas populares son demonizadas por buena parte del público que no ve lo que nosotros vemos, sino el sistema social que las definió, mucho más duro y exigente que la actual. En casi cualquier cultura que tenga arquitectura popular no cuenta el individuo. Cuenta la familia. Nociones como el bienestar personal, la felicidad, la realización, quedan descartadas a favor de la supervivencia y la prosperidad de esta familia, una familia entendida como un sistema complejo de influencias que incluye todas las generaciones y todos los parientes hasta el segundo grado como mínimo, con alianzas y amistades y enemistades y unas vivencias colectivas que son la razón de ser de cada una de las personas que la forman.

La arquitectura popular expresa todo esto. La arquitectura popular a penas tiene noción de confort si entendemos este confort de manera hedonista o ergonómica. Ni la noción de intimidad, ni la relación con el clima (léase las exigencias contra él) que tenemos actualmente. Es un sistema activo que se ha de adecuar diversas veces al día para que funcione abriendo o cerrando ventanas, tirando cortinas, bajando persianas, modificando nuestra vestimenta.

Hoy escribiré sobre las camas de Olot, una pequeña historia dentro de todo este magma que conforma la arquitectura popular.

Las camas de Olot son la consciencia de un lugar y de una cultura. Las camas de Olot constituyen una hiperespecificidad que, conjuntamente con muchas otras, conforma este magma que llamamos cultura popular, siempre igual y siempre diferente. Tolstoi fue capaz de resumirlo con una sola frase: Describe tu aldea y describirás el mundo.

Primer interludio: Lady Mantell y el iguanodonte.

Mary Ann Mantell, esposa del médico Gideon Mantell, decidikó fijarse en los grabados que aparecían en las piedras usadas como base de las nuevas carreteras rurales de Sussex allá por 1822. Aquellos dibujos sólo podían ser huesos pertenecientes a criaturas antediluvianas, grandes seres desconocidos hasta la fecha. Lady Mantell identificó un diente que le recordaba a los dientes de una iguana que tenía conservada en formol y decidió bautizar a la criatura a la que pertenecían como Iguanodonte. Acababa de nacer la paleontología.

Los Mantell eran grandes defensores del método científico duro. Su confianza en ellos era tal que creían que podían inferir todo lo que era este animal a partir de un único diente.

Todavía estamos pagando hoy en día los errores cometidos en aquella reconstrucción, incluso cuando hace décadas, incluso siglos, que se ha demostrado que la realidad es demasiado compleja como para ser inferida a partir de un único diente.

No es, por tanto, posible hablar de toda la arquitectura popular de la Garrotxa a partir de una cama de Olot, incluso sabiendo que tenemos armas tales como un conocimiento histórico muy superior, mucha documentación y grandes dosis de pensamiento lateral. Aun así se pueden extraer muchas conclusiones sobre la arquitectura a partir de este objeto.

Analicémoslo.

Una cama de Olot es una cama de unos seis o siete palmos, como mínimo. Antes el ancho de las camas se contaba por palmos y tenían nombres divertidos tales como cama de tía (se puede afirmar sin lugar a dudas que la figura de la tía solterona define Cataluña), una cama de monja o una cama turca: cuando algo parecía confortable no podía ser local. Tenía que ser extranjero y, peor todavía, pagano. La cama de Olot era, o es, porque se conservan muchas, una cama familiar. Son camas para familias acomodadas. Son camas caras. Hechas a medida. En ellas se nacía, se moría, se concebían los hijos y se guardaban las pepeas. Dormir en ellos era uno de los honores máximos que se podían hacer aun huésped. Una cama de Olot es más o menos cuadrada, porque la gente era más bajita. Definía un espacio-dentro-de-un-espacio desde el momento en que sus cuatro esquinas remontaban en una especie de insinuación de dosel que no lo llegaba a ser, solo lo justo para anclar todavía más el objeto a la habitación. Abramos el plano: La cama de Olot se crea para una estancia muy específica: la alcoba. No se dormía nunca en una habitación. Se dormía en una alcoba. Las alcobas garrotxinas no tienen ventanas ni ventilación directa en un momento en que la creencia popular era que la ventilación excesiva, los corrientes de aire, podían matarte. La ventana pertenecía a la habitación, al espacio de acceso a la alcoba, el único lugar donde se podía disfrutar de un mínimo de intimidad en toda la casa.

Segundo interludio: Un elogio del contraluz.

Jun’ichirô Tanizaki publicó en 1933 uno de los libros teóricamente más influyentes de toda la historia de la arquitectura moderna. El elogio de la sombra. Digo teóricamente porque al libro, un elogio a la penumbra y a la intimidad y a la lentitud y la contemplación, un elogio de aquella domesticidad profunda que (eso sí) parece ahora un ideal aspiracional, no se le ha hecho demasiado caso, no nos vayamos a engañar: la gente se lo lee, lo flipa y lo descarta como algo carente de utilidad real.

La luz que se glosa en este libro es el contraluz. La arquitectura moderna odia el contraluz: todo son normativas con un nivel de luxes constante y ventanas corridas que lleven la claridad a cada rincón y espacios blanquitos y diáfanos. Tanizaki, en cambio, elogia la ventana baja, los contrastes que crea una fuente de luz puntual, la dosis justa de luz para que los materiales tengan textura, rugosidad, profundidad. Algunos arquitectos contemporáneos trabajan este tipo de luz casi como si creasen arquitectura de resistencia. El contraluz define las obras principales de Jean Nouvel, de RCR y MGM arquitectos, de Tadao Ando y a veces de Kazuyo Sejima y SANAA, entre otros (más detalles en Google imágenes, recordad). Todos ellos son maestros de la luz cenital, pero donde se sienten realmente cómodos, donde son realmente ellos mismos, es con los contrastes, con el contraluz, que compatibilizan con arquitecturas comerciales y competitivas.

La cama de Olot es una pieza creada especialmente para ser vista a contraluz. Su rasgo más característico es una trabajadísima cabecera de madera historiada con motivos familiares, escudos, blasones, iniciales, pintada o no e invariablemente forrada con pan de oro. El pan de oro capta la mínima luz que se cuela a través de las cortinas de la alcoba, la refleja y caracteriza todo el espacio. El revestimiento de pan de oro de las camas de Olot convierte estos objetos, con su posición específica, con la no-ventilación del espacio donde se colocan, con las pequeñas ventanas de las habitaciones, en arquitectura pura, una arquitectura tan intensa, reconcentrada y emocionante como cualquier arquitectura culta que se pueda conocer. Una arquitectura mínima, que convoca y exalta todos los recursos al alcance en un solo gesto.

Curiosa también la noción de lujo de estas familias adineradas, que no pasaba por variar la tipología de los espacios tradicionales, ni por intervenciones gratuitas, ni por comprar tiempo o variar el modelo social del lugar. Pasaba por caracterizarse mediante un objeto valioso que acababa haciendo aparecer el espacio. Todo el espacio. Os aseguro que visitar una cama de Olot en su ubicación original es una experiencia emocionante.

Las camas de Olot son, como ya he dicho, la consciencia del lugar. Otros lugares donde hay arquitectura popular tienen su propia consciencia y son capaces de expresar coherentemente su propio sentido de la belleza. La historia que nos explica esto puede hacernos reflexionar sobre nuestras propias arquitecturas domésticas, tan impersonales, tan ajenas al lugar, tan genéricas, intercambiables, desapasionadas. Con unos mínimos recursos se pueden crear, pues, historias como esta.

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