Harina, aceite, agua y sal. Los ingredientes se combinan en segundos sobre la encimera de la cocina transformándose en una masa maleable y blanda. Los dedos de Carolina presionan la mezcla con tanta delicadeza que parece que se tratase de una obra maestra; una escultura a punto de adoptar la forma deseada. Se escurre entre sus dedos escapando a la presión de los puños mientras los ingredientes se funden de nuevo, se reconcilian, se configuran en una masa fina y correosa que comienza a tomar consistencia. Huele rico; a harina y sal. La densidad del aire se hace más espesa cuando Carolina levanta las manos y arroja con fuerza la masa contra la encimera. Miles de diminutas partículas blanquecinas se multiplican en el aire formando una fina capa de niebla. Estornuda. El polvo blanco se deposita sobre las superficies trazando estructuras maravillosas. El resto de los ingredientes espera sobre la mesa. Solo cuando Carolina da por rematada la base circular y perfecta, los coloca ordenadamente sobre la masa e introduce la pizza en el horno.

Se asoma a la ventana. Con las manos aun embadurnadas de harina, enciende un cigarrillo y deja que el sabor del humo del tabaco se mezcle en su boca con el olor de la pizza que se gratina en el horno. El papel se tiñe con los restos de tomate y queso que aún perduran en sus dedos. Ha estado cocinando como si tuviera invitados. El mejor plan para hoy, si no fuera por la maldita pandemia. Se sirve una copa de vino blanco bien frío. En un rato la pizza estará lista.

La noche suena a tentación. Hace calor, como en el infierno, y las voces del barullo de las terrazas llegan engatusadoras a su ventana, como un susurro mortal de sirena que invita a dejarse caer en las garras peligrosas de la tentación. Apenas lleva puesta una camiseta básica ajustada y un diminuto pantalón que se cuela entre sus nalgas abrazando directamente los glúteos. Nada de ropa interior. Aspira una nueva bocanada de humo larga y profunda y se recrea en el placer que le proporciona el roce del tejido sobre los pezones. El algodón del pantalón se frunce al caminar entre sus piernas, rozando delicadamente las partes más externas de su sexo y empapándose de algo más que sudor.

El horno vomita un delicioso olor a orégano tomate y queso con el que se mezclan los reflejos de nicotina, sudor, vino y sexo, que activan su apetito. A Carolina se le llena la boca de saliva en un acto reflejo que le obliga a tragar.

El pitido del horno se convierte en el pistoletazo de salida de una noche que no ha hecho más que empezar.

Una hora más tarde los restos de la pizza desparramados sobre la encimera de la cocina no son más que cadáveres de un festín sin invitados que acaba de finalizar. Carolina deambula ya alerta por las calles de Madrid en busca de una presa que cazar.

Los pubs nocturnos están cerrados pero nada le impide detenerse en la puerta de su local favorito a fumar un pitillo. La brisa de la noche cerrada le refresca la cara. Carolina está excitada, con una energía inusual, quizás acumulada a lo largo de tantas semanas de hastío y lentitud. Necesita pisar a fondo el acelerador, bailar, saltar, gritar, cantar, follar; algo más que pizza y televisión; algo más que disposiciones y normas; algo más que discursos interminables y palabras, siempre buenas palabras. Esta noche tiene alas en los pies que la vuelven liviana. Se eleva sobre el asfalto en busca de una nueva óptica que le revele escenarios más excitantes e inconvenientes.

Hoy no le importa nada. Solo es un depredador impaciente por clavar sus colmillos sobre la femoral de cualquiera; ver como se desangra poco a poco mientras se bebe su sangre; meter las fauces en su abdomen y devorarlo al mismo tiempo que su latido se extingue. Hoy es una bestia, un animal salvaje que no atiende a nada más que a su instinto.

Frente al local, un grupo de chicos juegan a hacer botellón. Rodeados de bolsas de plástico llenas de botellas de ron y ginebra, ríen a carcajadas como fieras enajenadas y beben sin control en vasos de usar y tirar. Son jóvenes. De no más de treinta años, -la edad ideal-, como dice su amigo Arzola-, la mitad de su edad más seis o siete años.

Les observa mientras aspira las últimas caladas. Se comportan como como gallos de pelea luciendo músculo. Chicos malos marcando territorio que piropean obscenos y groseros a los pimpollos que se atreven a pasar a su lado.

-Me pongo palote con tu culito.

Tipos duros, hombrecitos hechos y derechos que atacan siempre en manada, pero que por separado no son más que un puñado de mocosos; inocentes Adanes en el Jardín del Paraíso.

De pronto uno de ellos se acerca provocador. Camina directo hacia Carolina hasta colocarse desafiante a su altura.

-¿Se puede saber qué miras?

La distancia que separa sus bocas es de apenas unos milímetros. Carolina puede oler su aliento y su perfume. La roza su sexo.

-Te miro a ti, contesta y a continuación le come la boca.

Es jugosa, tanto como la pizza que ha comido antes de salir de casa. Él se resiste pero ella le sujeta con fuerza por la nuca hasta que el chico abre los labios y deja que se cuele en su interior. Sabe a ron y tabaco. La deliciosa densidad de la saliva de ambos se mezcla en la boca de Carolina obligándola a tragar.

-¿Qué haces? grita el chico intentando zafarse, pero ella le besa de nuevo apagando el sonido de sus palabras y cortándole la respiración.

El muchacho trata abofetearla, pero Carolina intercepta el manotazo inmovilizándole. El contacto es inevitable y aunque se revuelve indomable entre sus brazos, su sexo se revela excitado entre las piernas.

Forcejean entre besos y magreos -¿esto es lo que has venido a buscar? – Dime, es lo que querías, ¿no?-, dice Carolina y clava de nuevo sus dientes en la atractiva boca carnosa y tierna del chico, como una ciruela roja cuyo jugo se derrama sobre sus lenguas, revelando el sabor metálico de la sangre de los labios rasgados de él.

El “juego de damas” llega tan lejos como Carolina decide, tan lejos como la fuerza bruta le permite, tan lejos como el control emocional que ahora tiene sobre el doncel y que aún permanece intacto. Y es como viajar en una montaña rusa que sube y baja con tanta violencia que de pronto le da miedo. Sin embargo no puede parar. Continúa violando su boca, su cuerpo y su juventud, como si lo único que importara fuera ella y esa sed insoportablemente tóxica y adictiva que le ha llevado hasta allí, como a un yonqui en busca de su dosis diaria.

De pronto un tipo con sombrero se acerca y dirigiéndose a ellos pregunta:

-¿Pasa algo aquí?

Y la montaña rusa se para, el vértigo se esfuma y el muchacho consigue zafarse. Lloriqueando regresa con sus amigos. Solo cuando está lo sufrientemente lejos y a salvo se detiene, se gira y tras lanzar un escupitajo ensangrentado al suelo, vocifera:

-Puta. Asquerosa puta vieja.

La noche es oscura y las sombras disfrazan a los sujetos que deambulan por las esquinas, sin embargo la silueta del hombre con sombrero le resulta familiar. -¿Dónde he escuchado antes ese tono de voz? Solo cuando la luz de la farola alcanza a iluminar su rostro le reconoce. Es Tigre, Tigre Manjatan.

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