Jamás pensé en las lágrimas como síntoma de debilidad y el transcurso de los años no sólo ha reforzado esa convicción sino que ha revelado matices insospechados. Lo confieso. Llevo demasiado tiempo llorando y con relativa facilidad.

Anoche visioné de nuevo la película Arde Mississippi; una cinta de 1988 ambientada en 1964, en una pequeña y sureña localidad donde el racismo y el odio impregnaba una sociedad decadente y purulenta. Willem Dafoe y Gene Hachman interpretan a dos agentes del FBI que, ante el desdén de sus habitantes, llegan para investigar la desaparición de tres activistas de derechos civiles. Dafoe, agente intachable y pulcro, amante de la ortodoxia y de las reglas, acabará cediendo a métodos irregulares pero imprescindibles para hallar justicia. Hachman, distante y escéptico en un principio, acabará  conmovido e involucrado ante semejante degeneración moral. La historia relatada en la película es real, como reales fueron miles de historias sufridas, en carne y espíritu, por otros tantos seres humanos que únicamente por el color de la piel se tornaron en culpables e inferiores. Lloré de rabia, de impotencia y de tristeza.

Como he llorado al ver El Pianista, La Lista de Schindler, el Niño con el Pijama de Rayas, Los Santos Inocentes o La Vida es Bella. Lágrimas de incredulidad por lo que el hombre ha sido capaz de hacer. Lágrimas de miedo por el poder destructor de la maldad. Lágrimas de ira y de una rabia inmensa e incontenible por la estulticia del hombre. Lágrimas también de felicidad, al comprobar cómo la poesía logra abrirse paso entre la prosa más descarnada.

Millones de vidas, radicalmente inocentes, han sido masacradas por pensar diferente, por rezar a otro dios, por la pigmentación de la piel, por su lugar de procedencia o por estar en el tiempo y lugar equivocados. Millones de espíritus puros no tuvieron ninguna oportunidad. Almas oprimidas y vilipendiadas por su origen humilde, condenadas por un azar caprichoso y despiadado. Espíritus sometidos entre barrotes fríos y húmedos. Cuando escucho el Adagio para Cuerdas de Samuel Barber o el violín del israelí Itzhak Perlman recitando la Lista de Schindler, de John Williams, las vísceras se me encojen y el llanto se desborda. Porque esas notas las escribió Dios aunque se sirviera de los hombres. Dios también llora; no lo duden.

Lloro igualmente cuando leo a Miguel Hernández o a Alberti. Resudan mis retinas al ver Impressión, Soleil Levant de Monet, y se maravillan mis oídos ante la Pasión según San Mateo de Bach. El jazz, donde la partitura no es leída sino soñada, me lleva a lugares nunca imaginados. El jazz es transgresión, libertad, ingenio y quimera. Sorpresa y pasión. Los grilletes se liberan y el alma vuela.

Lloro por la felicidad de mis hijos y de mi esposa, que no son míos aunque yo a ellos pertenezca. Por mis padres, que marcharon y, no obstante, están más presentes que nunca. Lloro por mis amigos, a los que quiero y nunca merecí. Lloro por tanta felicidad y por el temor a perderla. Lloro por esta vida maravillosa pues, pese a todo, he sentido al cielo en la tierra.

Lloro todo el tiempo y nunca me sentí más vivo. Mi hogar es un ir y venir donde la mesa está henchida de platos y el sofá anda repleto. Hay risas y palabras y cantamos, a veces. Lloro por este bendito alborozo y por este santo ruido. Lloro de felicidad por cuanto tengo y por un miedo atroz a que un día sean el eco y el silencio quienes habiten mi morada.

Lloro por un niño enfermo o por un anciano olvidado por todos. Lloro por las colas del hambre y por calaveras de ojos grandes y cuerpos muy pequeños. Lloro por las balas y los cañones, por aviones que esparcen muerte y por corderos degollados. Lloro por quienes juegan a la guerra, libres de barro sus botas mas otras sangres derramadas. Lloro por las medallas de la muerte y por trajes bien planchados mientras se arrugan las almas de soldaditos remesados.

Llora el cielo en los ríos que, entre meandros y remansos, empujan sus lágrimas a mar abierto para morir y empezar de nuevo. No atisben prosa o verso; sólo llanto y quejío. Y mucha rabia y mucha pena por todo y por nada. Que llora sola, muy sola, de entrañas hechas jirones y tristeza atormentada.       

Lloro por tantos lobos y tantos zorros y tantos buitres que embrutecen a recentales y ahuyentan a rabadanes de buena voluntad. Lloro por bosques chamuscados y océanos plastificados. Por ríos moribundos y albuferas dolientes. Lloro por la codicia del hombre que, a diferencia de todo animal supuestamente irracional, esquilma la tierra que le sustenta y el cielo que le cobija.

Lloro por los normales que advierten minusvalía en ángeles diferentes. Lloro por quienes deciden sobre la vida de una criatura de Dios y lloro por quienes juzgan a sus semejantes o proscriben al diferente mientras glorifican al hipócrita. Lloro amargamente por la maldita apariencia que condena a la esencia a un rincón y por quienes siempre, siempre, siempre, siguen las reglas y jamás escapan.

Lloro por quienes venden su alma por una cima engañosa. Pobres de aquellos que, entre codazos y traiciones, trepan por peldaños de barro. Lloro por dentro todo el rato y, a veces, por fuera. Sinceramente creo que la risa y el llanto son lenguajes de un ser enamorado de la cruz y del cielo. ¡Qué sería del crepúsculo sin la aurora! Porque el templo y el sagrario anidan en el prójimo, que fue donde Él quiso.

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