Las medidas adoptadas por el Banco Central Europeo (BCE) para frenar la crisis generada por el coronavirus no han tranquilizado a los mercados. El pánico se ha apoderado de las Bolsas y ni siquiera el anuncio hecho por la presidenta de la entidad emisora, Christine Lagarde, de que se inyectarán 120.000 millones de euros a las empresas europeas ha servido para aliviar la neurosis. Tras la comparecencia de la directiva francesa ante la prensa, en la que se mostró dubitativa e incluso corrigiéndose a sí misma, la Bolsa española registró la peor caída de su historia (el Íbex 35 sufrió un desplome del 14,06 por ciento al término de la sesión, lo que supuso cerrar en los 6.390,9 puntos, es decir en niveles de agosto de 2012, cuando estábamos en plena recesión económica y financiera).

“Consideramos el actual ‘shock’ como grave, pero temporal si todos los actores adoptan las medidas correctas”, aseguró la presidenta del BCE tratando de lanzar un mensaje de calma. Sin embargo, sus palabras no tuvieron ningún efecto relajante para las grandes multinacionales del mundo, tampoco para las élites que las sustentan, y el miedo corrió más deprisa que el virus letal. No cabe duda de que las medidas anunciadas son positivas. Más de 120.000 millones de euros deberían haber sido un bálsamo más que suficiente para calmar la histeria colectiva. Pero no fue así. Los mercados son voraces y miedosos y no les vale con cualquier pequeño bocado. Lo quieren todo. Lo cual nos lleva a pensar que Christine Lagarde puede ser una reputada economista del ala dura neoliberal, pero no está sabiendo comunicar en los momentos más trascendentes de esta crisis ya convertida en pesadilla distópica. A Lagarde o no se la entiende o no la quieren entender las grandes familias del dinero mundial, eso lo dejamos para los expertos en economía, pero de cualquier manera su gestión no ha hecho más que agravar la situación, ya de por sí crítica en todo el planeta.

Algunos medios hablan de fracaso estrepitoso de Lagarde, incluso de que el cargo le viene grande, y quizá haya que empezar a pensar en ello. La nueva presidenta del BCE inició su mandato recogiendo las cosechas sembradas por su predecesor, Mario Draghi. Pero estalló la pandemia de repente y el asunto se le fue de las manos. O no. Cabe recordar que en 2017, siendo directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), Lagarde nos advirtió del riesgo que supone “que la gente viva más de lo esperado”. Aquella frase premonitoria fue recuperada, no sabemos si al pie de la letra, por líderes de la izquierda española como Juan Carlos Monedero, quien le respondió airadamente que si es cierto, como ella dice, que los ancianos viven demasiado y son un peligro para la economía, “pues danos ejemplo y muérete tú si consideras que esa es la solución”.

Al margen de frases más o menos apócrifas, lo cierto es que durante un tiempo el FMI reclamó de forma insistente, entre otras medidas, que se recortaran las prestaciones sociales y se retrasara la edad de jubilación. “Si el promedio de vida aumenta tres años más de lo previsto para 2050, el coste del envejecimiento −que ya es enorme para los Gobiernos, las empresas, aseguradoras y particulares− aumentaría un 50 por ciento en las economías avanzadas”. O lo que es lo mismo: sobra gente en el mundo.

Hoy el planeta ve con horror cómo un germen diminuto siega la vida de los mayores y las palabras de Lagarde cobran un nuevo significado. Nadie, ni siquiera los laboratorios de la NASA, sabe a fecha de hoy de dónde demonios ha salido esta peste extraña que extermina a los ancianos en un suspiro.

Sea como fuere, ha quedado claro que Lagarde no es Draghi. Ni es capaz de calmar a los mercados (no tiene el talento para la balada romántica del italiano) ni por supuesto gusta a los economistas más socialdemócratas, que la ven como a una nefasta Nostradamus en esta historia de pandemias bubónicas medievales. Con ella en el sillón del BCE la cosa solo puede ir a peor. Que alguien la jubile antes de que mande al garete al mundo entero. A fin de cuentas, ya va teniendo una edad, concretamente 64, y como ella dice a los mayores hay que ir “retirándolos” por costosos e inservibles.

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