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Laberintos: Monstruos bajo la piel

Alejandro Jiménez Cid
Músico y ensayista
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análisis

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Para bien y para mal, Charles Burns vive a la sombra de su obra maestra, Agujero negro (2005, publicada aquí por La Cúpula). Aclamada, y con razón, como una de las cumbres del cómic alternativo, sienta un incómodo precedente que deja el listón demasiado alto para toda la producción posterior del artista de Seattle. Por bueno que sea lo que haga, está condenado de antemano a ser considerado obra menor, categorizado como “lo que ha sacado Burns después de Agujero negro”. En tan injusta situación se encuentra Laberintos, recién publicada en España por Reservoir Books, que es una alhaja por derecho propio.

Si bien Burns planta sus raíces en el underground estadounidense, con Crumb y Moscoso como autores fetiche, desde que alcanzó el éxito internacional ha coqueteado con ciertos elementos de la bande dessinée, empezando por el formato. Burns viene del rollo pulp en blanco y negro, distintivo de los comic books contraculturales americanos, donde lo cutre es señal de identidad, así que no podía sino sentirse deslumbrado por los magníficos ejemplares físicos del cómic europeo, tan fetichizables ellos: álbumes de gran formato a todo color, papel de buen gramaje, encuadernaciones en cartoné… Libros para un público exquisito al que no le importa gastarse las perras en una buena edición. No es de extrañar que después de Agujero negro, con todas las puertas editoriales abiertas a nivel internacional, Burns quisiera darse el capricho de publicar sus nuevas creaciones a la europea. Así hizo con su trilogía Vista final (Tóxico, La colmena y Cráneo de azúcar), donde el homenaje a la bande dessinée va mucho más allá del mero formato: su héroe es un extraño personaje de línea clara y flequillo encrespado llamado Nitnit, esto es, Tintín al revés, y el argumento está trufado de alusiones a la obra de Hergé (en especial las aberraciones micológicas de La estrella misteriosa). Los álbumes que componen Vista final, conceptualmente con un pie a cada orilla del charco, fueron lanzados de forma simultánea en Francia por Cornélius y en EE.UU. por Pantheon. Con estos precedentes, no nos debería sorprender que Laberintos, primera entrega de una nueva trilogía, haya sido ya publicada en Francia, España y otros países del viejo continente mientras su versión original en inglés permanece de momento inédita. En esto Burns sigue los pasos de otros autores estadounidenses alejados del mainstream que son tan ninguneados en el circuito comercial de su país como apreciados en Europa: es el caso de Woody Allen o David Lynch, que tuvo que buscar financiación en Canal+ y en una productora polaca para rodar Inland Empire. Y esta, desde luego, no es la única similitud entre Burns y Lynch, sobre todo en lo tocante a sus respectivos universos de ficción.

Laberintos redunda en las obsesiones recurrentes de Burns, las mismas que gangrenaban las viñetas de Agujero negro. Obsesión uno: las grietas que comunican el plano sórdido y banal de la realidad con el amenazante reino de los sueños, en el que acechan bestias lovecraftianas (y quizá también freudianas) ansiosas por cruzar a nuestro mundo. El tratamiento gráfico que hace Burns de los paisajes del subconsciente, sin escatimar viñetas a página completa, me recuerda a ese inolvidable episodio octavo de la tercera temporada de Twin Peaks: la mirada del lector, o del espectador, recorre con mezcla de fascinación y repelús la superficie de enormes objetos bulbosos de los que no se sabe muy bien si son asteroides, vísceras flotantes o prodigios botánicos. El sueño aparece en Laberintos —y en la obra de Burns en general— como un territorio peligroso. De ahí la significación que cobra su elaborada referencia intertextual al clásico de Don Siegel La invasión de los ladrones de cuerpos: hemos de aguantar despiertos a toda costa, porque es en el sueño cuando los extraterrestres se apoderan de nuestro cuerpo (o Freddy Krueger en Pesadilla en Elm Street, que parte de la misma premisa). Son metáforas del miedo a los abismos del subconsciente. “Morir, dormir, tal vez soñar…”

Obsesión dos: la representación de la adolescencia ya no como simple transición del mundo infantil al adulto, sino como metamorfosis en toda regla, a menudo en el sentido más kafkianamente literal. Es como si el adolescente hubiera asesinado al niño y se hubiera escurrido dentro de su pellejo, igual que las larvas alienígenas de Don Siegel. En la pubertad cambian los cuerpos y cambian las mentes, aflora la bestia interior del deseo sexual llenando el rostro de granos purulentos y de pelambres el pubis, potencial madriguera de Dios sabe qué alimañas. Es el momento en que descubrimos lo monstruoso en nuestro propio interior, en un cuerpo recién sexualizado que sentimos en gran medida como ajeno. Burns refleja este tránsito traumático a través de un imaginario de terror emparentado con la “nueva carne” de Cronenberg y el propio Lynch: en Agujero negro, a los adolescentes les brotaban colas del coxis o mudaban de piel como una culebra; en cuanto a Laberintos, no os quiero hacer spoilers, pero sabed que encontraréis gusanos y crisálidas, y a saber qué horrores nos aguardan en las siguientes entregas de la trilogía.

Obsesión tres: la fascinación por la figura del nerd. Si la cultura japonesa del manganime glorifica al otaku, la contracultura estadounidense lo hace con el nerd: el chaval inadaptado, antítesis del chico popular del instituto, torpe en sus relaciones sociales, gourmet de los tebeos y del cine basura. Es fácil ver en el arisco nerd que protagoniza Laberintos un álter ego, dolosamente autobiográfico, del propio Burns.

Laberintos retoma también un peculiar recurso narrativo del que Burns se ha convertido en maestro: cada pocas páginas, cambia el narrador intradiegético. Se trata de un artificio tan poco habitual (en el mundo del cómic, fuera de Burns, solamente recuerdo, así a bote pronto, Pink de Kyōko Okazaki) como desconcertante para el lector, pero enriquece enormemente la narración. Una misma escena se nos aparece desde perspectivas muy distintas dependiendo de si el autor nos pone en la piel de Brian, el nerd neurótico que vive a medio camino entre una realidad distorsionada y el mundo de las alucinaciones, o en la piel de Laurie, una chica normal que se asoma con cierto escrúpulo al mundo de Brian.

Es una lástima que Burns esté condenado a competir eternamente con su propio Agujero negro, porque cada álbum que saca es una maravilla, aunque (por poner un pero) yo no estoy seguro del todo de que su adopción del formato europeo le favorezca. Cierto que los colorines quedan muy vistosos, pero yo prefiero a Burns en blanco y negro, que es como mejor se aprecia la ominosa rotundidad de sus masas oscuras y la plasticidad de ese sombreado, tan suyo, de dientes de sierra. Y la exigencia formal de 62 páginas por álbum, ni más ni menos, es un lecho de Procusto que condiciona demasiado el despliegue de la narrativa. Aun así, Laberintos es, por dondequiera que se mire, una impecable creación de uno de los gigantes indiscutibles del cómic de autor. Y merece ser tratada como tal. Se lee con reverencia, con asombro… y con un poco de dentera, que sin grima Burns no es Burns.

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