Los virólogos insisten en que la escuela no es un peligroso foco de contagio si se toman las medidas adecuadas. Por decirlo más claramente: un colegio no es una discoteca llena de gente inconsciente bailando, saltando, bebiendo a morro del botellón y contagiándose los unos a otros. La extrema derecha alarma a la población una vez más jugando con algo tan sensible como es la educación de nuestros niños. Otra cosa es que algunas comunidades autónomas no estén haciendo los deberes para poner en marcha todos los protocolos de prevención. Ahí es donde hay que exigir responsabilidades. Manteniendo los pupitres a la distancia de seguridad pertinente, evitando aglomeraciones en los recreos y guardando unas mínimas medidas de higiene personal, como llevar siempre la mascarilla y lavar las manos a mneudo, no debería haber ningún problema para iniciar el curso escolar. Otros países ya lo han hecho y la aventura no está yendo del todo mal. España no tiene por qué ser diferente también en esto.

Los niños son mucho más responsables y disciplinados que los adultos y sin ninguna duda van a dar un ejemplo de cómo se deben hacer las cosas en la era covid. En pocos días nos van a regalar toda una lección de civismo y buenas prácticas sanitarias. Los vamos a ver formar en fila india, marcialmente con la mochila a cuestas, uno detrás de otro y a más de dos metros de distancia; los vamos a ver jugando con normalidad en el recreo, con precaución, no aborregados como los jóvenes suicidas (y no tan jóvenes) que este verano se han desfasado en pubs, discotecas, fiestas rave y oscuros after hours; y los vamos a ver dibujando coloridos murales sobre lo que se debe y lo que no se debe hacer en tiempos de pandemia. Los chiquitines, muchos de ellos asustados ante un monstruo invisible que ha venido a verlos para destruir su mundo, arrebatarles la infancia feliz y sumergirlos en una pesadilla que ni un cuento de terror de Stephen King, nos van a mostrar el camino correcto para acabar con el coronavirus.

La ministra Isabel Celaá garantiza que las escuelas son lugares seguros y “han de permanecer abiertas porque es algo irrenunciable”. Tiene toda la razón. Hundido el turismo, arruinada la economía y con un país deprimido y desmoralizado por la tragedia nacional que está sufriendo, cerrar los colegios sería la puntilla definitiva para el país. Varias generaciones perdidas, varias quintas de ciudadanos condenados al fracaso escolar por miedo a un virus con el que lamentablemente tendremos que aprender a convivir durante mucho tiempo, al menos mientras la vacuna no sea una realidad.

Fue Platón quien dijo aquello de que el más importante y principal negocio público es la buena educación de la juventud. Si se pierde esa batalla estamos abocados al desastre sin remedio. Entonces ya no habrá futuro y tendremos un problema mucho mayor que la maldita pandemia. Ahora toca que el Estado (todo el Estado, el central, el autonómico y el municipal) vuelque sus esfuerzos en acondicionar las aulas, en invertir en recursos humanos y materiales y en preparar a los profesores para el mayor desafío que tenemos como sociedad. Para bien o para mal vivimos en un Estado autonómico descentralizado, ese es el modelo territorial que nos dimos en la Constitución del 78 (esa Carta Magna que la extrema derecha invoca a diario como si fuese la Santa Biblia) y tenemos que coordinarnos y adaptarnos. Si tenemos 17 modelos sanitarios y educativos y 17 protocolos de actuación contra el covid es lo que hay. No podemos tirar a la papelera 40 años de historia en medio de una epidemia. Sería el caos. De modo que legíslese, coordínense las diferentes administraciones públicas, adóptense las medidas necesarias y destínese el dinero que haga falta, sin escatimar ni un céntimo. Y al cole. No queda otra. Si es preciso aumentar las plantillas de profesores hágase; si hay que poner un difusor de milagroso gel higienizante en cada pupitre póngase; y si es necesario contratar coordinadores sanitarios y rastreadores ya tardamos en hacerlo. No podemos permitirnos el lujo de perder ni una sola clase más porque una lección menos de álgebra supone varios puntos menos de PIB en el futuro. La economía siempre sigue una regla infalible a rajatabla: es directamente proporcional a la cantidad de buenos cerebros que se cosechan en el colegio.

Y, sobre todo, los políticos tienen que aprender a escuchar a padres y profesores, ya que ellos son los principales afectados por esta historia de pesadilla. Una vez más, esfuerzo y unidad serán fundamentales para ganar la batalla al mal de Wuhan, y ahí es donde fallamos los españoles, siempre emperrados en nuestras trifulcas cainitas. En momentos de hundimiento y crisis general es cuando se hace más preciso luchar por la democracia.

Enseñar gramática mientras los escolares se miran unos a otros, preocupados por si su compañero tiene el virus, no va a ser nada fácil. Pero no nos queda otra que intentarlo. Cuando se detecte un caso (porque lo habrá) será preciso aislarlo de inmediato. Cuando el termómetro registre una febrícula habrá que enviar al niño a la cuarentena. Protocolo, protocolo y más protocolo. Pero no podemos encerrar a los niños en casa contribuyendo a aumentar un trauma generacional que es casi de posguerra; no podemos cerrar los colegios o impartir las clases por videoconferencia, un sistema que aún no está suficientemente desarrollado por falta de medios y de entrenamiento social. Desde los griegos sabemos que la enseñanza no solo consiste en recitar de memoria los ríos y capitales del mundo o las tablas de multiplicar, también se asienta en la transmisión de valores, en educar (educar procede del latín educatio, criar, entrenar, sacar adelante una nueva vida) y eso exige un estrecho contacto entre guía y alumno, entre el referente maestro y el aprendiz. O ganamos la batalla de la Educación o estamos irremediablemente condenados a dar un nuevo paso hacia la oscuridad, la ignorancia, el negacionismo y la vuelta a una pesadilla todavía peor que la del covid-19: la del fascismo que, como un camello con droga fácil, acecha a los niños a las puertas de una escuela cerrada por epidemia.

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