Lo llamaban ‘el cantautor de las cosas pequeñas’, o ‘de las cosas simples’. Quizás porque ya desde su primera composición, siendo solo un adolescente, le gustó poner su foco en eso, en los detalles mínimos que acaban por conformar la propia vida. ‘Un cigarrillo, la lluvia y tú’, se titulaba aquella canción, que más tarde habrían de grabar numerosos cantantes. Muchas más habrían de surgir desde entonces de la sensibilidad exquisita de José Alberto García Gallo, más conocido como Alberto Cortez, nacido en Rancul (La Pampa), el 11 de marzo de 1940, y fallecido este jueves, 4 de abril, en el Hospital Universitario de Móstoles, en Madrid, por una insuficiencia cardíaca tras una hemorragia gástrica. Tenía 79 años y una generosa agenda de conciertos programada en Latinoamérica para los próximos meses.

De abuelos asturianos, Alberto Cortez llegó a España a mediados de los sesenta tras un singular periplo por media Europa, Bélgica incluida, donde acabó robando su nombre artístico a un cantante peruano que gozaba allí de cierta popularidad. Gracias a ese empujón comenzó a ganarse la vida interpretando boleros y melodías tropicales, hasta que en 1966 la discográfica Hispavox pagó su fianza –tras ser detenido por el uso ilegal del nombre- a cambio de que grabara para ellos otro tipo de material: sus propias canciones.

Fue entonces cuando nació el Alberto Cortez que hoy todos recordamos, el que le cantaba a la amistad, a la rosa, al perro y al árbol. Como artista fue un cantautor fuera de la norma, porque más allá de su talento para la composición tenía una capacidad vocal inusitada, con una voz profunda capaz de llegar a todas las almas; ruda, para sacudir las conciencias; y dulce al mismo tiempo, hasta el extremo de que parecía cantaba a la piel de sus oyentes, rozándola con su agradable fraseo hasta lograr erizarla por completo.

A lo largo de más de 50 años de carrera Alberto Cortez llegó a firmar medio centenar de discos, todos ellos trufados de composiciones propias en su mayor parte, aunque no tenía prejuicios a la hora de incluir algunas composiciones clásicas o de colegas como Rafael Amor, Facundo Cabral o el propio Joan Manuel Serrat.

“Más allá de su talento para la composición, tenía una capacidad vocal inusual en los cantautores, con una voz profunda capaz de llegar a todas las almas”

Fue Cortez quien firmó aquella musicalización de ‘Las nanas de la cebolla’ de Miguel Hernández, que más tarde cobraría gran popularidad en el disco homenaje que Serrat le dedicó al poeta de Orihuela, en 1972. Con la carrera del catalán se cruzó en varias ocasiones la del argentino, entre otras cosas a través del arreglista y pianista de cabecera del primero, Ricard Miralles, con quien Cortez llegó a hacer varias giras y grabar algunos discos. De hecho, antes de aquel trabajo consagrado a los poemas de Miguel Hernández, Serrat había incluido dos adaptaciones de Cortez –‘Retrato’ y ‘Las moscas’- en el álbum Dedicado a Antonio Machado, poeta (1969).

Cortez colaboró con otros muchos cantantes a lo largo de su vida, pero fueron probablemente los discos y las giras junto a Facundo Cabral los que más y mejor recuerdo han dejado en el públicos. Eran verdadera magia en el escenario, dos trovadores de una extrema sensibilidad y agudísimo sentido del humor compartiendo canciones, poemas y reflexiones líricas. La versión que ambos ofrecían en directo de la canción de Rafael Amor ‘No me llames extranjero’ debería ser de obligada audición en colegios e institutos.

En esencia, todas sus composiciones se basaban en el principio básico de vivir y dejar vivir. Cortez fue un hedonista, en el sentido más sencillo de la palabra. Era un verdadero amante de la vida, para el que no existía mayor placer que una velada entre amigos alrededor de una mesa bien nutrida de buen vino y buena comida. Y fiel a ese sentimiento, desdeñaba a quienes intentaban impedir la felicidad de otros, a quienes ponían barreras y fronteras; principios, normas y directrices. Uno de sus grandes éxitos, en ese sentido, fue ‘Castillos en el aire’, un canto a la libertad que supone la locura, entendida como rebeldía ante las imposiciones sociales, en el que habla de ese lugar “adonde nadie pudo llegar usando la razón”.

El otro gran tema de su obra, sin duda el más popular, era el amor. De hecho, cuando adaptó la canción de su amigo Facundo Cabral ‘No soy de aquí’, Cortez describió con sencillez sus inquietudes básicas: “Me gusta el vino tanto como las flores / y los amantes pero no los señores”. No fue un mujeriego, pero sí –como aquella maravillosa película de Truffautt- un “amante del amor”. Entre sus muchas composiciones sobre la temática, Alberto Cortez llegó a firmar el más rotundo exabrupto a la vida por los sinsabores del amor, por los sacrificios que supone para, en ocasiones, dejarnos sumidos en el desencanto: “Me parece mentira, / después de haber querido / como he querido yo, / me parece mentira / encontrarme tan solo / como me encuentro hoy, / de que sirve la vida / si a un poco de alegría, / le sigue un gran dolor… / me parece mentira / que tampoco esta noche / escucharé tu voz”. Cuando interpretaba este ‘En un rincón del alma’, uno de sus temas más versionados, imprimía el artista una gran emoción a esos versos, poniendo de manifiesto su arrolladora capacidad interpretativa.

Alberto Cortez se mantuvo activo hasta el último momento, recorriendo escenarios de medio mundo y sintiéndose como en casa allá donde hubiera un amigo (pocos como él le dedicaron tantas y tan desgarradores himnos a la amistad, incluso a la ausencia de esta). Tal vez por ello debamos volver al tema ‘No soy de aquí’ para encontrar el mejor epitafio a la vida y la carrera de este hombre que ya es legado de todos, cuando canta: “No soy de aquí, ni soy de allá / no tengo edad, ni porvenir, / y ser feliz es mi color de identidad”.

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