Foto: Laura Muñoz.

Con su nueva novela Hindenburg (Seix Barral), la escritora y socióloga madrileña Cristina Cerrada prosigue la que será su Trilogía de Europa, que cerrará próximamente con La maestra de Stalin. En esta segunda incursión en lo que se constituye como un fresco global sobre el viejo continente y su dimensión totalizadora, la autora de Europa –que se dio a conocer en 2005 al ganar el Premio de Novela Ateneo Joven de Sevilla con Calor de hogar S.A.– presenta a Razha, una mujer que trabaja como limpiadora en una fábrica de medicamentos en una ciudad del Este de Europa para mantener a su madre y a su hija. La guerra, al fondo, lo determina todo, y sus personajes nos hacen sentir en carne propia esa situación de barbarie y caos que genera cualquier conflicto bélico.

“Establecer una jerarquía de la injusticia o la maldad me parece un ejercicio macabro”

 

¿Qué queda cuando la justicia y la ética no existen o desaparecen? ¿la barbarie, el caos?

Como ya dije en una entrevista anterior, es difícil la pregunta acerca de los límites morales en una situación de guerra y violencia extremas, y más aún cuando se trata de violencia de Estado, porque la decisión acerca de qué códigos morales se mantienen, cuáles desaparecen y cómo cambian los que quedan, se convierte a menudo en un simple ejercicio de poder. ¿En qué situaciones y en qué contextos es legítimo matar? ¿Asistir o proteger? ¿Y odiar? Enfrentado al problema de sobrevivir, y en ausencia de normas sociales, a un individuo no le queda a menudo más que escoger entre su vida y la de otros. Los conceptos pueden cambiar diametralmente de significado, incluso de signo, durante un conflicto bélico. Vecino-enemigo. Desconocido-amenaza. Cooperación-muerte. Ya no se trata de una simple cuestión teórica, de un debate mediático. Es la lucha por la existencia. Lo propio de la guerra es la anomia, la ausencia de códigos, de justicia, y esa es la auténtica “barbarie” de la guerra. No solo la sangre, la muerte de los cuerpos. Es la muerte de la civilización.

 

¿Todas las guerras son iguales? ¿todos los bárbaros son igual de bárbaros?

Establecer una jerarquía de la injusticia o la maldad me parece un ejercicio macabro. Para mí, sería como preguntarse si es menos malo torturar a un individuo que condenarlo a muerte. Es malo, en ambos casos. La guerra es mala, siempre. No hay nada bueno, desde el punto de vista humano, en ella. Si le preguntásemos a un sociólogo podría decir que la guerra es un mecanismo de control de la población, lo mismo que un biólogo podría decir que un incendio es una forma natural de controlar el crecimiento forestal. Sin embargo, desde la perspectiva de quienes la padecen, hombres, mujeres, niños, la guerra es la muerte. Lo opuesto a la vida. Y si la guerra es lo opuesto a la vida, lo es también respecto a todo lo demás. La civilización, el hockey sobre patines, las películas de Fellini o las naranjas.

 

Antes de pulsar el botón de ‘Sálvese quien pueda’, ¿qué o quién puede salvarnos del desastre?

Nosotros mismos, quién si no. Los gobiernos, la política, los mass media, todos esos súper agentes en quienes, con demasiada frecuencia, delegamos nuestro poder para conformar el mundo donde queremos vivir, donde queremos que vivan nuestros hijos, no están formados sino por individuos como nosotros. Acostumbrados como estamos a sobredimensionar la influencia de lo agregado, de lo social y colectivo, del “sistema”, a menudo nos olvidamos de que como individuos tenemos también una influencia y una responsabilidad íntimas e intransferibles hacia el presente y el porvenir de nuestras culturas y nuestra civilización. Las instituciones son la expresión colectiva de nuestro anhelo individual de justicia, de nuestro deseo de proteger y ser protegidos, de nuestra necesidad de convivir. No podemos “externalizar” esos anhelos, deseos y necesidades por más tiempo. Estaban dentro de nosotros antes de estar ahí fuera, en los parlamentos, las ONGs, los noticiarios. Debemos encontrarlos, cultivarlos y vehiculizarlos en la dirección adecuada.

“El conflicto es el motor del progreso y la civilización”

 

Europa primero, ahora Hindenburg, y la aún en proceso La maestra de Stalin. Su Trilogía de Europa. ¿Hacia dónde nos llevan estas tres novelas?

En primer término, una aproximación al concepto mismo de Europa. ¿Qué es Europa? ¿Una identidad cultural? ¿Histórica? ¿Política? Y si es así, ¿cuáles son sus límites? Una indagación acerca de todo ello, a día de hoy, puede significar tener que hacer pronósticos, hacer ficción. La novela es el vehículo ideal para hablar, sin hablar, de algo tan inaprehensible. En la primera novela, que da título a la trilogía, “Europa” es una vieja y sucia pensión en el corazón de la Alemania industrial donde los protagonistas, un propietario local y una refugiada balcánica, llevan a cabo sus encuentros sexuales. Unos encuentros que no son en modo alguno equitativos, antes bien, son el resultado de la desigualdad, la manipulación, el odio, la culpa y la explotación. Como las relaciones mismas dentro y fuera de las fronteras de los países que integran la vieja Europa. Esta idea de la absoluta falta de espontaneidad o inocencia en esas relaciones es la que hace de Hindenburg, la segunda de las novelas de la trilogía, un thriller. La violencia se institucionaliza. A la vida cotidiana se la despoja de parámetros y códigos, de confianza y seguridad y lo que queda es una especie de “Blade Runner” del presente, una distopía instalada en la actualidad que se muestra a todas horas en la televisión o en los videos caseros de Youtube: mujeres violadas, niños y ancianos forzados a abandonar la seguridad del hogar, muerte y devastación. Todo se vuelve contra el más débil, y del mismo modo que el siglo XVIII lo fue el comercio de esclavos, el tráfico ilegal de personas, junto con el resto de actividades concomitantes que esto lleva aparejadas, se ha convertido en el siglo XXI en el negocio más lucrativo y en la forma de crimen más extendido por toda Europa. Y este es el asunto del que me ocupo, en clave de novela policíaca, en la última entrega de la trilogía: La maestra de Stalin.

 

La protagonista de Hindenburg, Razha, no siente miedo. Y ello pese a sobrevivir en una ciudad devastada por la guerra. ¿Cómo es posible tanta entereza?

Razha es un personaje que no “se” habla, no dice nada acerca de sí misma. Como narradora, no se construye mediante descripciones de su carácter o explicaciones sobre sus emociones. Ella simplemente actúa, reacciona frente a la adversidad, frente al mal, frente a la agresión y la violencia. Frente a la muerte. A veces, ella misma toma la iniciativa y golpea, como si fuera lo que se espera que haga. Pero nunca lo explica. Ni siquiera a sí misma. Si pudiera mantener un diálogo consigo misma sabría la verdad, no tendría más remedio que admitirla y hacerle frente. Pero no es así. El terrible secreto que se esconde tras su silencio es una verdad a gritos que ella no quiere saber. Si hablase, tendría que aceptarla. Y para seguir viviendo necesita ignorarla. Tal vez esa ausencia de palabra, esa incapacidad para nombrar la realidad, se parezca, en cierto modo, a la ausencia de miedo. Tal vez, la ausencia de miedo en Razha sea eso, una incapacidad para ponerle nombre a la realidad, a lo que le pasa, cuando aquello que pasa es tan terrible que no puede afrontarse mediante las estrategias habituales. Los habitantes de la violencia y la barbarie a menudo parecen alienados, cosificados, zombis.

 

En toda guerra, mujeres, niños y ancianos son sus primeras víctimas y la violencia siempre procede del mismo protagonista: el hombre. ¿Hasta qué punto se puede trasladar en cierto modo esta novela al fenómeno de la violencia de género?

Aunque no es la temática central de la novela, es cierto que la novela lo aborda de manera explícita. Si la violencia de género se ejerce en condiciones normales, en ambientes de igualdad y entornos democráticos, imaginemos cuál debe de ser su grado de aplicación e intensidad en situaciones de extrema violencia y en ausencia de códigos normativos regulados: morales, legales, de todo tipo. La violencia contra las mujeres ha sido y sigue siendo una de las primeras consecuencias, y quizá de las más execrables, en manifestarse durante una guerra.

 

Cuando al ser humano se le pone en una tesitura extrema como puede ser un conflicto armado o ante la falta total de expectativas vitales, ¿es capaz de lo peor de lo peor imaginable o le queda aún algún resquicio para lo salvífico?

Yo no pretendo hacer un tratado sobre psicología humana, pero es innegable que el centro de interés de toda buena novela es, en última instancia, lo humano. Su carácter, su naturaleza, sus contradicciones. En la guerra es quizá donde mejor se exponen esas contradicciones. El conflicto es el motor del progreso y la civilización. Sin la carencia, sin la duda, sin la necesidad de cooperar para responder preguntas o explorar lo desconocido provistos de la fuerza del grupo no habría ciencia, arte, no habría cultura. Pero el desarrollo, la cultura y la vida en sociedad, todos estos ingredientes sin los cuales la civilización no tendría un lecho sobre el que sedimentar, pueden, en ocasiones, desembocar en la ira, la crueldad, en lo irracional.

 

Su literatura es cortante, de trazos cortos y directos, con situaciones sin concesiones para el adorno y en una ambientación ciertamente atosigante. ¿Bebe algo de Cormac McCarthy por ejemplo para crear esas sensaciones en los lectores?

Soy una gran admiradora de McCarthy, tanto que jamás me atrevería a compararme con él. Cada escritor tiene una forma de expresión, un vehículo para trasladar las ideas a formas —unas formas expresivas que sean capaces de conmoverlo primeramente a él, y después al lector—, que le son particulares. De dónde surge esa forma particular de expresión en cada escritor es algo misterioso. Desde luego, las influencias existen, son algo así como modelos aspiracionales: guían, inspiran, orientan. Pero en última instancia, esa supuesta influencia suele ser más un espejismo del propio escritor que una realidad palpable. Uno lee incansablemente a Dostoievski y luego la crítica lo emparenta con Onetti, al que nunca ha leído con demasiado interés. Nuestra particular literatura es la digestión que hacemos de nuestras particulares lecturas en nuestro particular sistema digestivo.

 

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1 Comentario

  1. ¡QUE NO SE OCULTE NADA!
    Ni la ética ni ningún bien pueden amparar a la mentira. La MENTIRA a modo de:
    -ignorancia que va confundiendo y equivocando a todos,
    -información alineada u opinión interesada que va creando medias verdades,
    -desinformación por los prejuicios mismos o por lo adoctrinado de tantos intereses creados,
    -fanatismo ya sea religioso, negacionista de una realidad o político,
    -ocultación de una verdad para fortalecer a otra y que es la arbitraria o la manipulable.
    Todo esto porque un bien no tenga posibilidades de ser falseado ni capacidad de confundir o manipular a nadie. Si el MACHISMO MATA, ¡que no digamos que canta!
    Todo esto porque un bien no tenga posibilidades de ser falseado ni capacidad de confundir o manipular a nadie, ¡A NADIE!
    ESPAÑA NO NECESITA UNA MARCA, SINO NECESITA UNA VERDAD DE UNA VEZ, y ¡punto pelota! https://concienciaesreconocer.blogspot.com

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