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La vida es de cine en el fondo

Francis López Guerrero
Francis López Guerrero
Profesor de lengua y literatura.
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análisis

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Oscar Wilde le dio la vuelta a la máxima aristotélica y escribió en su ensayo La decadencia de la mentira que la vida imita al arte. Por eso, la vida es de cine o pretende serlo con el pretexto del arte.

En el fondo de tus ojos había un poema existencialista. Nunca me gustaron los poemas oculares y ocultos obstinados con la puñetera existencia. En el fondo de tus ojos, al crepúsculo, había una senda de elefantes. Cómo me conmovía de niño en las películas de Tarzán la marcha mortuoria y serena de un elefante hacia su cementerio. Iba a morirse, a desaparecer, él solo. A sentirse acabado él solo. Uno en el fondo, otra vez el fondo de los sueños, que es el fondo de las percepciones. Uno en el fondo era un paquidermo humanoide que buscaba la familiaridad, la maternidad de la muerte.

Uno en el fondo estaba enamorado por ternura de Maureen O’Sullivan en la selva del sistema nervioso central, que es el que va puliendo a los paquidermos humanoides al compás seco del tiempo. Sin saberlo y ni falta que hacía, uno era un homosexual platónico con la cremallera subida que también estaba enamorado de Johnny Weissmüller, cuya homosexualidad se desvanecía entre Jane y la mona Chita. Uno estaba enamorado en blanco y negro, porque enamorarse en colores es propio de memos. Los amores indestructibles son en opuesta y apuesta armonía del blanco y el negro. En colores sólo puede enamorarse uno de la Venus de Urbino, que está apresada junto a su desnudez en la Galería Uffizi. No lo dudo, el mejor color es el color visionario de la piel.

No es ninguna tragedia, la puñetera existencia no nos pertenece, a pesar de los intentos. Lo más sensato es aprender a comportarse como un paquidermo humanoide y seguir prendado por la ternura de Maureen O’Sullivan, allá, en la Tanzania cinematográfica de la soledad y los anhelos. Y a Tarzán, campeón olímpico, con su pedazo de icono, machote, musculado y protector, decirle la verdad: “mira chico, entiéndelo, no es ningún trauma, en el fondo los armarios sirven para guardar, que no es lo mismo que esconderse”.

Uno en el fondo estaba enamorado por compromiso visual y verbal de la ternura latente de los humanos. Uno en el fondo estaba enamorado del fondo y vivía en el fondo y rezaba en el fondo agazapado entre los ojos vitalicios de Maureen O’Sullivan. Uno en el fondo era fondo y seno, y una exclamación en silencio porque no sabía abrocharse los cordones del misterio cuando comenzaba el día y en el Serengueti los cocodrilos juraban no haber peleado nunca con Tarzán.

Le he escuchado decir alguna vez al maestro Antonio Muñoz Molina que se escribe para estar vivo. Para estar vivo entre Maureen O’Sullivan y Johnny Weissmüller  como un Boy atónito dentro del cine que se inventó como feliz industria para cubrir la necesidad espiritual de nuestras películas paralelas cuando la existencia se diluye sin valor, pese a que la venden como una baratija consumible.

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