Ante las declaraciones del President Torra en las que flirteaba con la vía eslovena para conseguir la independencia, me doy cuenta que hago una lectura diferente a la que leo en bastantes medios.

Valga, por un lado, que considero que ni hay puntos concretos ni una visión general que nos pueda emparejar a la vía que se produjo en ese país. Ya lo comenté por encima en el blog (artículo no 8, de noviembre de 2017) y, en mi opinión, es tan evidente la diferencia que no creo que el mismo Torra crea en lo que ha dicho. Las guerras de Yugoslavia se basaron en conflictos étnicos y/o religiosos; la reivindicación catalana es eminentemente cultural. Entonces, ¿por qué esa comparación? ¿Por qué la sugerencia, aunque sea tangencial, de que es asumible cierta violencia?

Me guio, básicamente, por intuición, así que no esperen un gran razonamiento lógico.

Desde hace bastante tiempo me da la sensación que hay un cierto chantaje, en cuenta gotas, píldoras aisladas, por parte del Estado Español y sus medios hacia la reivindicación independentista: que una independencia de Cataluña, al margen del soporte popular que pueda sostenerla, sin violencia no va a ser posible.

Hay declaraciones explícitas. Por ejemplo, el ex ministro Margallo dejó bien claro que <<el Estado español no se retirará pacíficamente de Cataluña>>. De igual forma el ex ministro Rubalcaba señaló que España estaba dispuesta a asumir cualquier coste.

También hay consideraciones no tan evidentes: la interpretación del juez Llarena que el “procés” acabaría en violencia como única manera viable de conseguir la independencia, no solo le sirve de sustento para la acusación de rebelión, sino que da por hecho que, aunque el movimiento sea pacífico, habrá violencia porque el Estado no dudará en ejercerla. Es la línea, por ejemplo, que permite responsabilizar a los votantes del 1-O de la violencia policial.

Esto, a mi parecer, es un chantaje en toda regla: “no vais a poder ser pacíficos porque nosotros no os vamos a dejar serlo”. Y, en parte, esto justifica el inmovilismo del Estado que no ofrece ninguna salida pacífica posible al conflicto.

Según bastantes políticos independentistas, el tour de force de la DUI se quedó en mero simbolismo por miedo a la reacción violenta del Estado Español. Y, admitirlo, le abrió una ventana a este último: “el independentismo no irá a más si le plantamos la violencia delante; aunque sea sugerida, será una valla que no se atreverán a saltar”. (Enviar un millar de policías a Barcelona para proteger el Consejo de Ministros, aparte de dejar en evidencia a los Mossos, con el recuerdo todavía fresco del “a por ellos” parece más un acto incendiario).

Visto así, el President Torra toma como base emparejarse a una vía eslovena, que todos sabemos que no es comparable con la catalana, para lanzar un mensaje: si el Estado Español es incapaz de ofrecer ningún tipo de propuesta a esta reivindicación, si escuda su inmovilismo bajo la amenaza de su reacción violenta dando por supuesto que la sociedad independentista no está dispuesta a aceptar tales costes, el señor Torra les dice que sí, que tal vez se esté dispuesto a asumir estos costes. Y, con ello, pretende desmontar el escudo que protege el inmovilismo del Estado.

No sé si es una visión demasiado simplista, o excesivamente tendenciosa. Pero para nada justificativa. Sea como fuere, un servidor considera que es un error. Como también es un error por parte de la sociedad española no escandalizarse y no condenar declaraciones como las de Margallo o Rubalcaba, o el substrato que permite estas declaraciones. Es asumir que, si los catalanes independentistas optan por la violencia o asumen costes, son el diablo, pero que si los españoles optan por la violencia o asumen costes, está justificado. No importan los hechos sino quién los realiza. (Esto último lo podemos apreciar en el diferente trato que se dan a las palabras: Casado-Rivera & Co pueden decir cualquier salvajada a diario, pero si se le escapa a un político independentista, ya tenemos la amenaza del 155 sobre la mesa. El alcalde de Sevilla le espetó a Rivera que, como catalán, se fuera a su tierra, y no pasó nada. ¿Se imaginan la reacción de los medios si la alcaldesa de Barcelona le dijera lo mismo a un o una política andaluza que viniera a Cataluña? —Núria de Gispert dijo lo mismo de Arrimadas, sin ostentar cargo alguno, y el escándalo fue tal que acabó siendo reprobada en el Parlament gracias a la abstención de… la CUP. Lo del alcalde de Sevilla no ha despertado ninguna polémica).

Cuando una reivindicación de la mitad de una sociedad (aquí, la catalana) se sostiene durante tanto tiempo, una amenaza acaba siendo un simple paréntesis, pero nunca una solución. En el fondo, amenazar el Estado (o sugerir mediante portavoces paralelos) con el uso de la fuerza, es un síntoma de debilidad, de poca argumentación. De debilidad democrática, no de debilidad militar, policial o jurídica, claro. Y, también, la sensación que me llega de las declaraciones de Torra (y de Comín) es de una cierta debilidad: tal vez producida por la distancia, cada vez mayor, entre ERC y Puigdemont, entre Puigdemont y el PdCat. Pero, y no sé si erróneamente, entre los independentistas de la calle no se ve este distanciamiento en facciones. Más bien cierto hastío del politiqueo (en su peor sentido) que nos ofrecen todos los partidos.

Ah, ustedes pueden decirme de la violencia de los últimos actos de los CDR. Y sí, es preocupante. Y mucho más, para un servidor, que se acepten entre ellos rodearse de gente encapuchada o cubierta. No: si uno quiere quemar un contenedor, allá él con su absurdidad, pero a cara descubierta. Con la cara oculta no hay reivindicación política posible, solo vandalismo. Y, si no te quieres arriesgar a que la policía te reconozca, pues haz otra cosa. ¿Que deseas protestar por el mitin de Vox en Girona? Pues dos mil personas con silbatos tal vez hubiera sido una mejor manera. Una manera, además, exportable a Sevilla o Barcelona, a Madrid o Badajoz.

Opino que el President Torra, más que sugerir que aceptaría los costes de una reacción violenta del Estado Español, lo que debería decir es que estamos dispuestos a sortearla de la mejor manera (como quien traslada unas urnas evitando los sabuesos de la Guardia Civil) y, que si alguien opta por la violencia, que esta sea única y unilateralmente por parte del Estado Español. Que los costes sean su responsabilidad. Tal como el 1-O, por mucho que el Estado pretenda que los agredidos son responsables de la agresión.

Las ganas de atribuirle violencia al independentismo, son inmensas. Cualquier incidente hace salivar a la prensa de Madrid. Hemos podido ver mucha más violencia en según qué manifestaciones (ya sea en Francia o en la misma España), pero siempre han sido paralelas a algún tipo de negociación. Aquí, frente al llamado “problema catalán” no hay negociación posible, y por ello todo el foco puede recaer en un grupo alzando los peajes de una autopista (la relevancia que se le da es un síntoma de que no hay una negociación paralela).

Creo, sinceramente, y a riesgo de ser arrogante, que todo ello es el chocolate del loro. Que, entre otros, hay tres problemas principales:

1). Para los independentistas, que no consiguen rebasar el 50% de la sociedad catalana.

2). Para el Estado, que es incapaz, o no quiere, poner sobre la mesa ningún tipo de propuesta a negociar, presos todos los partidos (excepto Podemos, y eso, tal vez, les suponga pérdidas de votos) de un nacionalismo español que ellos mismos han contribuido a exacerbar y del que ahora son rehenes.

3). Para la gente de la calle, al menos en Cataluña, ver como sus representantes no hacen nada para solucionar esto. Ni los unos, ni los otros. Y de este hueco de indecisión o inacción, es de donde se nutren los extremos (Vox, y muchos miembros de PP y Ciudadanos o PSOE, por un lado; y los encapuchados que empiezan a aparecer en las manifestaciones independentistas, por el otro).

Y es que, en el fondo, tal vez no se trate de si la vía eslovena o la escocesa, sino de tratar a la sociedad como adulta, libre y responsable de sus decisiones. ¿A nadie se la ha ocurrido, por ejemplo, hacer un referéndum de autodeterminación en Cataluña, legitimado por todos, pero “no vinculante”? Naturalmente, esto implicaría que ambos bandos renunciaran a algo, pero de eso se trata una negociación. Serviría, al menos, para que toda España y Cataluña vieran cuál es la realidad social. Y, dependiendo del resultado, sería más sencillo aceptar, o no, la posibilidad de uno vinculante que aceptasen las partes. ¿O es que, como respecto a la monarquía, da miedo cuál es la opinión de la gente? Propuestas, de hecho, puede haber muchas. Pero siempre es más fácil enrocarse y no hacer ninguna.

Podemos rizar el rizo: también podría hacerse una votación en Cataluña preguntando quién desea el referéndum. Dejar claro quién opta por esta vía como modo de solución. Muchos pensarán que, obviamente, los unionistas votarán que no, que nada de referéndum, pues solamente tienen a perder (los inmovilismos suelen basarse en el miedo a que cualquier movimiento suponga una pérdida). Además, los unionistas son los que tienen el poder para decidir qué es lo que se hace o deja de hacer. Aunque, tal vez, nos llevaríamos una sorpresa: los pueblos no siempre son el fiel reflejo de sus dirigentes. Pero, presumiblemente, nada de lo anterior se va a producir: vemos en el Congreso como, salvo Podemos, todos los partidos se ventilan la reivindicación soberanista arguyendo que más de 2 millones de personas están manipuladas y viven en una realidad paralela. El camino trazado desde 600 kilómetros de distancia se empieza a vislumbrar: echar más leña al fuego hasta que estalle un conflicto que permita… que permita ¿qué? El otro día, ante los parlamentos en el Congreso, me dio la sensación que el único estadista era Pablo Iglesias. Y jamás lo he votado, pero si entendemos por estadista al que piensa en el bien del estado ahora y en el futuro y no en los votos que pueda ganar su partido, no hubo color.

Al final, resultará que los independentistas críticos con la manera que se han hecho muchas cosas, nos atragantaremos con nuestra propia crítica, nos la tendremos que tragar. Al final, resultará que el error fue el momento, es decir, no haber esperado a rebasar el 50%. Al final, resultará que, debido al inmovilismo del Estado y su única alternativa de la amenaza de la fuerza, si se llega a una mayoría de la sociedad catalana independentista, todo estará justificado por ambas partes. Parece, en mi opinión, que la sociedad española hay una cosa que no ha entendido: la única manera de acabar con el independentismo es que haya un referéndum y este no lo gane. Y los discursos de Casado, Rivera & Co, pues sí, parece que optan por la vía serbia. ¿O ustedes son de los que creen que la vía eslovena solo involucraba los eslovenos? ¿Que, tras ganar ampliamente un referéndum democrático, no fueron los serbios los que enviaron los tanques? No me parece que Casado-Rivera, por sus gestos mediáticos, se identifiquen con el lado esloveno. Evidentemente, los conflictos no son comparables, pero, si nos ponemos en modo reduccionista, ¿dónde situarían a Casado- Rivera? ¿Con los eslovenos que votan o con los serbios que envían tanques?

Más allá de la evidente legitimidad de estar en contra del independentismo, los discursos de Casado, Rivera y casi todo el PP y Ciudadanos, son puro odio. Transmiten odio y desprecio y lo siembran en la sociedad española. Y no es algo puntual, sino sostenido y continuo, y ese odio va calando, va quedándose como un poso, un nutriente para regocijo de Vox, pero, también, para los propios PP y Ciudadanos. Parece que solamente Podemos lo vea, pero sus escaños los convierten en meros espectadores. El PSOE juega con ello a conveniencia (un cinismo descorazonador) optando entre ser cómplice o partícipe según los vientos del momento, viento en el que despliega sus alas Iceta, maestro del vuelo catalán. Algunos ven en ese odio un reflejo o consecuencia de la reivindicación independentista. Un servidor, no lo ve así. Ese odio tan incisivo, el desprecio muchas veces mezclado con la burla, totalmente deshumanizador del contrincante político, y tan continuo, no lo he visto en los partidos independentistas. Me refiero a lo que dicen los políticos, no a los exaltados del Twitter.

Ahora todos corren a buscar la razón del crecimiento de Vox: políticos, expertos, periodistas, exponen cada uno sus argumentos, buscando aislar una piedra filosofal que convierta a un votante en fascista. Y, si el fascismo se nutre del odio, el odio se alimenta del odio mismo. Este auge de Vox es, también, parte de un proceso y no consecuencia de un hecho. Un proceso que engloba desde la percepción de todo un sistema corrupto y la inviolabilidad de las élites a la xenofobia contra los catalanes, desde un sistema machista a la no alternativa a un simple consumismo, o la necesidad (sí, necesidad) de inmigración y el trato que se le da (¿se imaginan qué hubiera sido de El Éjido sin inmigración?). Todo se entrelaza, se mezcla, en un cóctel simplista y sencillo. Mientras se pretenda “solucionar” un mundo complejo a base de simplicidades, se dejará una puerta abierta a la entrada del fascismo. Y, seguramente, será una tontería, pero veo un cierto paralelismo entre el auge de este nuevo fascismo y la simbología de Twitter: mensajes cortos como eslóganes sin argumentación; pequeños mundos ideológicos donde cada uno toma el suyo como un todo; la palabra como algo efímero y sin valor de fondo; la inmediatez del mensaje que relega su veracidad a un segundo plano…

Ante la más que probable irrupción de Vox en el Congreso y la posibilidad que sume junto a PP y Ciudadanos, me llevo a pensar en cuatro conceptos que, últimamente, he oído bastante en el independentismo:

1). Que la independencia se ganará en la calle; fruto o extensión del eslogan “els carrers seran sempre nostres” (las calles serán siempre nuestras).
2). La tendencia, cada vez más extendida, en creer que “cuanto peor, mejor”.
3). Que, al cerrar el Estado toda vía política, solamente deja abierta la posibilidad de la desobediencia civil.

4). Que la realidad demuestra que, en hechos, el PSOE tampoco ofrece ninguna propuesta.

Respecto al primer punto, ya comenté en el blog que, cuando uno dice “las calles son nuestras”, estaría bien especificar quién es el “nosotros”. ¿Los que piensan como uno mismo? ¿”La calle es mía”? Si la calle es un espacio público, es de todos, también de los que se quedan en casa. Es un eslogan que cruje solo con pronunciarse. Se puede estar a favor de ocupar las calles para protestar, reivindicar, pero con la conciencia de a quién o a qué parte de la sociedad se está representando.

Creer que “cuanto peor, mejor”, es un pensamiento o bien fruto de la desesperación (creo que va por aquí) de no tener un interlocutor, o una salida incendiaria e imprudente. Se pueden quemar las naves si uno sabe nadar bien y está cerca de la costa, pero hacerlo en plena tempestad de agua gélida y plagada de tiburones hambrientos con los colmillos incisivos de Casado-Rivera y adláteres, es un suicidio.

Los otros dos puntos los veo interrelacionados. Opino que Pedro Sánchez no es Rajoy ni Casado ni Rivera. Como mínimo, el tono no es el mismo. Ni el odio ni el desprecio. El problema, creo, es que con los continuos cambios de chaqueta que hemos ido viendo a Zapatero, Iceta, o el propio Sánchez, sus palabras ya valen muy poco. Da la sensación que hay posibilidades de diálogo, pero subrayo que, al final, todo se acaba en la mera sensación. Por ejemplo, esto se ve en la sesión del Congreso para debatir sobre Cataluña y el Brexit (ya es significativo, de entrada, que un problema que “puede romper España” no merezca un monográfico y se tenga que diluir con los efectos que causará la salida de Inglaterra de la UE; aunque la mezcla de ambos temas me temo que es debida a una maquiavélica intención).

Hay un momento en la intervención de Pedro Sánchez, sobre las 3 horas y 32 minutos de sesión, en que se dirige a los políticos independentistas. Les recuerda que no tienen mayoría social, que no pueden pretender imponer una tesis “no refrendada por la mayoría” (se refiere a que, en las autonómicas, los independentistas no llegaron al 50%). Y, entonces, suelta dos perlas que, a mi parecer, resumen el hartazgo que tenemos algunos con el PSOE y PSC. Dice el Presidente del Gobierno Español.

1). Que, si los partidos catalanes le vienen con una propuesta del 75% de la sociedad catalana, el gobierno español “la vehiculará”, que está dispuesto a escuchar.
2). Que no cuestiona la legitimidad ni pone en cuestión que los independentistas defiendan lo que quieran… siempre que esté dentro de la Constitución. Dejando clarísimo que ni por asomo permitirá jamás un referéndum y, para realzar su argumentación, tilda al primer ministro inglés Cameron prácticamente de irresponsable por haberlo hecho en su país.

Por un lado, lo primero que dice, parece dejar una puerta abierta al diálogo. Es una gran diferencia respecto a los oídos sordos y beligerantes de Casado-Rivera o Rajoy-Santamaría. Las elecciones del 21D, los partidos partidarios de un referéndum (CUP, ERC, JxCat, Comuns) sumaron un 55%. Por esta vía de solución podrían sumar más votos. Podría ser un camino para empezar a negociar, por ejemplo, en qué se basa Sánchez para exigir un 75% y no un 60%. O a que explicase por qué la petición de, por ejemplo, un 55% no es escuchada ni vehiculada. Pero ya habría diálogo. Sería algo.

Luego, claro, llega la segunda perla: “siempre que esté dentro de la Constitución”. Es decir, podemos hablar de lo que quieras siempre que esté en la lista de temas que yo acepto; si no, no. Pero, vamos a ver: ¿qué ocurre con la Constitución española del ’78 que es tan inmodificable como las tablas del Sinaí? Democracias muchísimo más avanzadas que la nuestra han modificado las suyas innumerables veces. ¿Cómo poner esta condición si sabe que, precisamente, lo que se reivindica no cabe en la Constitución? Es, a mi modo de ver, totalmente incoherente. O una simple tomadura de pelo.

Actuando de esta manera siempre ambigua para contentar a todo el mundo y a nadie, se permite que el nacionalismo español se aferre a la primera perla para chillar como histéricos y, todavía, alimenten más a Vox. Y también permite que los independentistas más acérrimos o, simplemente, hartos, se agarren a la segunda perla para asegurar que no hay nada que hacer y desear quemar las naves o reventarlo todo.

Me parece que, en Cataluña, un votante independentista y uno unionista, medianamente informados, estarían de acuerdo en un punto: el tiempo ha demostrado que nuestros representantes son incapaces de encontrar una salida, democrática y pacífica, a todo esto. Si olvidamos por un momento cuáles tienen más o mejores razones, cuáles hacen mejor o peor las cosas, vemos que, en un mundo de hechos, no nos aportan ninguna solución, sino todo lo contrario: empezamos, algunos, a asustarnos de hacia dónde nos están llevando (y la dejadez de Arrimadas como opositora y representante de tanta gente, es impresionante: ni una sola propuesta, ni un solo gesto para dialogar algo, solamente paripés de cara a las teles de Madrid y amenazas).

Si nuestros representantes están incapacitados para resolver este problema, si ello es causa o justificación para sortear políticas necesarias para mejorar nuestro día a día y futuro, si es un manto que les permite (a todos) cubrir un sistema corrupto e injusto, que nos dejen, al menos, resolverlo a nosotros: votando. Podrían exigirles, la sociedad española, que permitan un referéndum, el que sea y como sea. Podrían presionar. Alzar su voz. Porque quien calla, otorga menos que el que aplaude, pero otorga. Porque el camino a donde conduce el odio es de alto precio, y no lo pagarán ellos, no: en esto, en no pagar, son expertos. A ellos siempre les sale gratis (tal vez pillen a cuatro, o a cinco: minucias). Lo pagaremos nosotros, seamos de Girona o de Salamanca, monárquicos o republicanos, independentistas o unionistas. Ahí sí que vamos a ser todos exactamente lo mismo: víctimas de unos incendiarios incompetentes; nosotros, los que pagaremos el precio de unos iluminados que se otorgan toda razón y verdad. Y aquí no hay ni una razón ni una verdad, sino diferentes voluntades políticas. Veamos, políticamente, qué es lo que deseamos. Votando.

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Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."

3 Comentarios

  1. Si a todo. Pero no deja de ser cierto que el único modelo político evolutivo es el independentismo. Yo lo practico en mi condición de gallego y no veo intelixencia en las cámaras españolas. Por lo tanto dejen actuar y gestionar a los gobiernos regionales su producto y sus gentes, realizar una óptima legislacion fuera del aparato fascista nacional y señalar el futuro fuera del discurso confrontante y prefranquista que daña a este país. Defensa y seguridade social común, solidaria y vinculante. Punto.

  2. Leer las palabras “se tenga que diluir con los efectos que causará la salida de INGLATERRA de la UE” era triste. Pero todos nos equivocamos, de vez en cuando.

    No obstante, leer unas pocas líneas después “tilda al primer ministro INGLES Cameron” era insupportable.

    ¿ El artículo en si ?”

    Muchos comentarios acertados, sí. Pero con más de un brindis al sol incluído

    • Tiene usted toda la razón: debí escribir “Reino Unido” y “primer ministro británico”. Realmente insoportable, fruto de extender lo “inglés”, con desacierto, a todo lo británico.

      En cuanto al “brindis al sol”, también estoy con usted. Lo que quería constatar es que cualquier tipo de alternativa u opción posible, cualquiera, la que sea, parece que será siempre un brindis al sol ante el inmovilismo del Estado.

      Gracias por la corrección.

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