Cuando se confunde al periodismo con una plataforma de fake news, es que hemos llegado al final del alcahuetismo amarillista. Entonces, en todo lo que participa ese tipo de anomalía profesional, también se convierte en fake. La mentira es tóxica. Quienes lo practican, intoxicadores. Su información es infoxicación. Sus pagadores los mantienen bien remunerados por eso, hasta ahora, su práctica resulta impune. En buena medida porque no se aplica el trabajo periodístico de confirmar la fuente. Inclusive, muchos profesionales opinan que la única fuente es la propia fuente de la mentira. Convengamos que la relación entre el medio de prensa y las fuentes de las noticias es, siempre compleja, aunque imprescindible para el proceso informativo. Resulta razonable entonces admitir que el profesional no sea testigo del hecho noticiable. Esa es la esencia del valor periodístico: buscar directa o indirectamente la verdad de lo acontecido. Ahora bien, lo no admisible es convertirse en parte de una trama para otros propósitos alejados de la realidad. A eso se lo puede llamar de muchas maneras pero no periodismo. Esto no tiene que ver con el sesgo del relato que cada medio puede aportar desde su especial perspectiva. Tiene que ver con la razón de ser de la función de informar: la búsqueda de la verdad.

Ya en el “I Estudio sobre el impacto de las Fake News en España”, dado a conocer a fines de mayo de 2017, se afirmaba que el 86% de los españoles tiene dificultades para distinguir entre noticias ciertas y fake news. Eso según la empresa Simple Lógica y el grupo de investigación en Psicología del Testimonio perteneciente a la Universidad Complutense de Madrid, bajo la dirección de Antonio L. Manzanero. En el estudio se concluía sólo un 14% de españoles sabría distinguir la mentira. Un 85% de las personas encuestadas pensaban que también lo son para la democracia. Por ello las fake news son también una amenaza para el periodismo. La ética profesional ha dado lugar a la servidumbre económica. Se promociona a los serviles con los intereses de los inversores.

Se ha sustituido la préctica de verificar la consistencia de las fuentes. De la seguridad de la información que pueda proporcionar una fuente depende la credibilidad de la noticia. Esto confirma que un rumor no debe jamás convertirse en noticia. Menos aún informes dudosos, basados en fuentes interesadas. Por ello, el medio debe procurar la búsqueda de la información origen de la noticia y ser muy exigente con la que se le suministre para su difusión. Existen diferencias entre la elaboración profesional de la información y los hechos de los que trata. Los profesionales que han dejado en evidencia su escaso rigor argumentan que en este afan por cumplir con la difusión en tiempo real de la información, disponen de menos tiempo para confirmar su veracidad. Al tiempo, por el colosal volúmen de información emitido, las audiencias se ven narcotizadas por la sobreinformación. Así, su capacidad crítica disminuye. De tal manera, las personas ahogadas por la ansiedad que les produce la incertidumbre actual, tienden a buscar aferrarse a cualquier pieza informativa que les permita dar respuesta a sus angustias. Esto lo conocen los gabinetes de acción psicológica al servicio de los grupos de interés económico, social o político. Por tanto, desde allí, utilizan la más antigua forma de explicar la razón de los males dirigiendo su energía hacia los calificados como “culpables”. La masa no atiende a un espíritu crítico. La masa busca culpables a los que inmolar.
Investigadores del Media Lab del “Massachusetts Institute of Technology” han llevado a cabo un estudio que ha demostrado que las noticias falsas tienen un poder preocupante, pues llegan a mucha más gente que la información verídica y pueden incluso alterar el criterio para distinguir entre lo que es cierto y lo que es falso. Ello se debe a que la cantidad casi ilimitada de contenido que circula por los canales digitales, propicia que muchas noticias falsas se hagan virales de forma incontrolada. Algunos estudios preveen que en el año 2022 se consumirán más noticias falsas que reales.

Esta situación hace necesario llevar a cabo una labor constante desde los propios medios para combatir que la desinformación ponga en peligro la verdad. Se cree saber que una noticia es falsa por la irrealidad de su contenido, el medio en el que aparece publicada la noticia y por titulares muy alarmistas, ridículos e improbables. Entonces, ahora más que nunca, se impone recordar el principio de que “el medio es el mensaje” para devolver la confianza a las audiencias. Recuperar la idea de que crear contenido de calidad y apoyarse en las nuevas herramientas, como los vídeos no manipulados para complementar y reforzar las noticias, dará mayor credibilidad al contenido que se transmita. Apoyar a los medios serios es apoyar la verdad. Conservar la libertad. Asegurar el futuro.

Piénsalo.

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