«En el Castillo se hacen los preparativos para llevar a efecto la ejecución, que tendrá lugar en el día de hoy. Desde las últimas horas de la tarde se establece por las fuerzas de asalto (sic) servicios de vigilancias en los alrededores del Castillo y carretera que va al cementerio de Casa Antúnez. Llegan los forenses y el piquete de ejecución. Las personas que se mueven en las inmediaciones del sentenciado no duermen en toda la noche. Este sigue tranquilo y es asistido por dos capellanes militares, con los cuales conversa sobre materia de religión, admitiendo ha sido, en su vida, dominado por un confusionismo absoluto sobre tales extremos, mas reconoce es un gran pecador. Admite la preparación que le ofrecen los sacerdotes para recibir las Sagradas Formas. En la madrugada se dice misa, que es oída por el condenado a muerte; éste conversa con los que le acompañan, principalmente con los dos sacerdotes que no se separan de él ni un momento; el defensor también le asiste en estos sus últimos momentos». Así relata Ángel Viñas, en un reportaje de 1976 para los cuadernos Historia16 rescatados ahora por este diario, las últimas horas en la vida de Lluís Companys antes de ser asesinado.

El relato, basado en la reconstrucción según documentos secretos de la embajada alemana en Madrid, resulta escalofriante:

Dan las seis, hora señalada para la ejecución, pero aún es de noche. Se espera un poco más y veinte minutos después, según el reloj de la Plaza de Armas, se organiza la fúnebre comitiva. Companys sale de su alojamiento fumando un pitillo y sereno. Se inicia la marcha desde el rastrillo de entrada en el patio del Castillo; rompe aquella un soldado, llevando un crucifijo en alto; siguen otros dos, alumbrando el camino con dos potentes faroles de gasolina; a continuación marcha el condenado con los dos sacerdotes y el defensor, seguidos por el juez jefe de la fortaleza y diversos oficiales; cierra la marcha un piquete de la Guardia Civil al mando de un oficial. Domina el silencio más absoluto y así se llega al pasadizo subterráneo que, descendiendo desde la explanada norte del castillo, comunica ésta con el foso que da a la Exposición. El descenso se efectúa lentamente y de uno en uno. Al llegar abajo solo se oye hablar animadamente al reo con los sacerdotes; incluso sonríe. En sus últimos pasos es invitado por sus confesores a que se desprenda de todo sentimiento material y eleve su alma a Dios. Por fin se hace alto, se despide de sus acompañantes inmediatos y es conducido cerca del muro; su marcha es decidida; empieza a romper las primeras claridades del nuevo día; los zapatos blancos que lleva el condenado así como el pañuelo de bolsillo destacan claramente en la oscuridad. Mira de frente al pelotón, sin titubeos y al dar el oficial que manda el piquete la voz de firmes a sus fuerzas, levanta, se oye la voz de apunten y fuego (sic). La sentencia ha sido cumplida. Se acerca el oficial y dispara un tiro de gracia, que repite. Los forenses proceden a reconocer el cadáver, el cual es colocado en una camilla y cubierto por una manta colorada. Se le transporta a la ambulancia que le ha de conducir al cementerio. Y así terminó su existencia el que en vida fue Luis Companys Jover.

Frente a la prosa fría del informante del Consulado General alemán en Barcelona y su obsesivo énfasis en la dimensión religiosa, los panfletos que pronto circularán por la Ciudad Condal tienen otro lenguaje, combinando la serenidad de Companys con su último grito.

En una octavilla fechada en Barcelona el 28 de noviembre de 1940 se lee en el apartado titulado La verdad sobre el fusilamiento de Companys:

“… Tras la derrota del ejército francés tuvo lugar la ocupación de casi toda Francia… Companys demoró su huida para buscar a su hijo que había desaparecido tras un ataque aéreo. Después ya fue demasiado tarde… En el villorrio Le Baule les Pins fue detenido por la policía alemana e internado en la “Santé” de París, donde se le maltrató e interrogó en diversas ocasiones. Su alimentación consistía en pan y agua. Se le trasladó posteriormente a una prisión de la Gestapo, en donde arreciaron los malos tratos y los interrogatorios. Se le quitaron todos los objetos de uso personal. A medio vestir hubo de fregar la cocina de la cárcel, azuzado a golpes. Se le decía: “No se dice que los alemanes somos unos brutos. Ya te lo demostraremos”.

A finales de agosto fue entregado a las autoridades españolas. Se le trasladó a Madrid vía Hendaya y se le internó en los sótanos de un edificio público. Tampoco tenía mantas. El trato y los interrogatorios fueron amos, pero no tanto como en el caso de la Gestapo. Se le dio permiso para escribir a su familia y para obtener comida y objetos personales, pero sus cartas no llegaron a su destino, pues fueron confiscadas.

El 4 de octubre se le trasladó a Barcelona por Zaragoza y se le internó en el Castillo de Montjuich. Hizo el viaje esposado. En Cataluña no recibió malos tratos. La noticia del encarcelamiento de Companys se extendió como un reguero de pólvora en toda Cataluña, produciendo pena y compasión generales.

El 7 de octubre se leyó la acusación. Fue en la misma fecha en la que ya se había encontrado también en Montjuich en 1934. La acusación se basaba en que Companys había luchado con todo su prestigio contra el triunfo de la causa nacional, en que se había hecho cargo del poder ilegalmente y en que había incitado a la religión. El 14 se reunió el Consejo de Guerra para juzgar a Lluís Companys. El 15 de octubre, a las 6.30 de la madrugada, se le fusiló en los fosos del Castillo, poco después de darle conocimiento de la sentencia. A lo largo de todo su calvario, Companys mantuvo siempre su fortaleza de carácter, lo que incluso llegó a impresionar a sus enemigos. Esperaba un final así, pero lo aguardaba con seriedad, gallardía y serenidad. Poco antes de su muerte pidió permiso para descalzarse, con el fin de tocar con sus propios pies la tierra catalana al morir, afirmando: “Muero por Cataluña y por la República. Me alegro de poder morir en Cataluña y si algo me apena es el no haber podido hacer más por mis ideales. Valor a todos los que se quedan, esperanza y fortaleza. ¡Viva Cataluña!”.

Esta imagen final es la que transmitiría mucho más tarde Luis Nicolau d’Olwer, el ex gobernador del Banco de España republicano:

“… De tota la trejectòria de Lluis Companys una sola imatge, punyent, inesborrable, restarà a la memoria del nostre poble: la d’un home que a frec de la seixantena, grisos els cabells, brillants els ulls, que no s’ha deixat embenar, descalç per tal d’aferrar els peus a la terra pairal, cau afusellat a Montjuïc cridant —com un darrer clam d’amor, d’esperança i de fe— Visca Catalunya”.

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