Las grandes compañías farmacéuticas del mundo desarrollado ultiman la salida al mercado de sus respectivas vacunas. Los aviones de Pfizer vuelan ya de costa a costa de los Estados Unidos con millones de dosis dispuestas para ser inyectadas en los hombros de los agraciados norteamericanos (la campaña de vacunación podría empezar en aquel país a mediados de diciembre) mientras que ayer mismo se conocía que Moderna espera contar con la autorización de las autoridades sanitarias para finales de este año, de modo que su antídoto estará disponible en unas pocas semanas. ¿Y qué pasa con la nuestra, en qué fase se encuentra el prototipo de antídoto español que debería garantizarnos independencia científica, médica y económica respecto a los países más avanzados del mundo? Hasta donde se sabe, tal como informó ayer la Cadena Ser, una empresa española sigue trabajando en una vacuna experimental en colaboración con el equipo del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) dirigido por Mariano Esteban, pero el primer ensayo con humanos no comenzará hasta el primer trimestre del 2021 tras la preceptiva autorización de la Agencia Española del Medicamento. Lo cual supone que, en el mejor de los casos, la Fase 3 (la última y decisiva en la que se garantiza la absoluta seguridad de la sustancia) podría tardar otro medio año.

Una vez más, se demuestra que las políticas de aquel señor gallego del puro y el Marca que se definía a sí mismo como un hombre “previsible” de ideología conservadora y que despistaba a los ciudadanos con sus trabalenguas retóricos imposibles, o sea Mariano Rajoy, han sido nefastas para España. Debido a los sucesivos recortes realizados por los gobiernos del Partido Popular, desde el año 2009 hasta 2017 el sistema nacional de ciencia vio cómo se esfumaron más de 20.000 millones de euros en dinero público imprescindibles para sacar adelante los diferentes proyectos científicos. Lógicamente, así es imposible competir en igualdad de condiciones con las grandes naciones occidentales en la frenética carrera hacia el logro médico más importante para la humanidad en la Edad Contemporánea, como es la obtención de una vacuna eficaz contra el covid-19 en tiempo récord.

La pandemia de coronavirus no solo nos ha puesto ante la cruda realidad de que no teníamos la mejor Sanidad pública del mundo, sino que aquí se seguía practicando aquello tan unamuniano del “que inventen ellos”. Ahora que necesitamos cerebros y microscopios como agua de mayo, ahora que caemos en la cuenta de la importancia de contar con buenos científicos y con una potente red de laboratorios con financiación pública y privada, comprobamos con estupor que no los tenemos. Un país sin ciencia está condenado a la oscuridad y al atraso secular, y ese es, entre todos los dramas que vive hoy España, el peor de todos sus males. Basta un solo dato para acreditar la magnitud del desastre: cada una de las grandes compañías farmacéuticas que como Pfizer o Moderna han logrado el éxito en la búsqueda del remedio definitivo han invertido más de 2.000 millones de euros en sus proyectos de vacuna. Sin embargo, en España el grupo de trabajo apenas cuenta con dos raquíticos millones para financiar las investigaciones, una cantidad que como vulgarmente se dice, no da ni para pipas. Todo ello sin contar con que nuestros mejores investigadores están trabajando, hoy por hoy, en empresas de países extranjeros, esas mismas que van a llegar antes que nosotros al ansiado antídoto. Muchos de ellos tuvieron que emigrar con la crisis de 2008 porque aquí, en nuestro país, los sueldos eran miserables y el reconocimiento profesional poco menos que inexistente. La situación es tan desesperada que una cadena de televisión como La Sexta, y ante la pasividad de los políticos, ha visto necesario tomar la iniciativa por su cuenta y lanzar una campaña de recogida de firmas para exigir una mayor inversión en ciencia en nuestro país hasta llegar al siempre prometido y nunca adjudicado 2 por ciento del PIB, una cifra que nos acercaría a los países de nuestro entorno europeo. En España, lo que debería hacer el Parlamento lo hace un programa de televisión animoso y solidario.

De Mariano Rajoy nunca podremos olvidar sus chistes malos ni que en aquellos años posteriores a la crisis de 2008 metiera la tijera sin compasión a la ciencia española, a la que dejó tiritando y hecha unos zorros. De aquellos polvos estos lodos, pero de nada de todo eso habla el PP casadista que hoy lleva las riendas en Génova 13. Más bien al contrario, lejos de pedir perdón y asumir el fiasco en la gestión política, así como la responsabilidad en los brutales recortes que llevaron al país a la ruina, personajes como el secretario general popular, Teodoro García Egea, siguen haciendo juegos florales y practicando el arte de la estupidez supina. Ayer mismo, sin ir más lejos, el campeón mundial de lanzamiento de huesos de aceituna volvió a soltar una de sus habituales dosis de política basura al asegurar que Pedro Sánchez “está donde quiere estar: con Bildu, Podemos y ERC. Lo único que quiere tener controlado son los 140.000 millones de Bruselas”. Es la matraca habitual del secretario general, la barrila machacona de que el Gobierno se ha vendido a los “filoetarras”, toda esa bazofia y verborrea que a los españoles no les interesa lo más mínimo pero que Don Teodoro −como lo llama el vicepresidente Pablo Iglesias en sus encarnizados cara a cara parlamentarios−, considera el asunto más importante para la España de los tiempos de epidemias.

Hoy miramos con envidia a países como Estados Unidos, China, Reino Unido o Alemania, que por hacer bien los deberes y potenciar como es debido el sector de la investigación recibirán el mejor regalo de reyes: una vacuna milagrosa que salvará miles de vidas tras la Navidad. Mientras tanto, los sufridos españolitos, esos que se pasan todo el día en grescas políticas inútiles, luchas cainitas, tuits absurdos, chanzas y horas de retórica estéril, tendrán que esperar a que nuestros abnegados y heroicos científicos del CSIC, esos que trabajan de sol a sol por cuatro perras y con unos medios tercermundistas, consigan culminar lo que no deja de ser una tarea prodigiosa y homérica: conseguir el éxito de una vacuna propia, aunque sea para dentro de seis meses o de un año. Que hayan llegado a buen puerto con la investigación en tales condiciones de precariedad sí que es un auténtico milagro y la prueba fehaciente de que el científico español, si se le dota de recursos adecuados, es de los más creativos y brillantes del mundo. De momento lo que nos toca es esperar y comprar las dosis que otros han fabricado en el mercado exterior para ir inmunizando poco a poco a la población. Y gracias.

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