Cuando estábamos esperando como agua de mayo las vacunas que nos van a salvar del genocidio que está ocasionando el covid19, resulta que no las tenemos. Todos los gobiernos de la UE han estado durante nueve meses, desde que se decretó el confinamiento, haciendo propaganda del esfuerzo que varias corporaciones farmacéuticas realizaban para obtener una vacuna eficaz contra este enemigo de la humanidad que es  el corona virus. El trabajo intenso por “el bien común” a que se habían dedicado los gigantes de la industria de la salud en investigaciones y experimentos constantes, habían dado como resultado que se obtuvieran no una sino cinco clases diferentes de vacunas, según dicen. Y, por supuesto, nuestras autoridades europeas se habían aprestado, con el afán que siempre les guía de atender el bienestar de sus súbditos, a encargar y reservar millones y millones de dosis que nos repartirían inmediatamente que las recibieran. Pero parece que no compraron más que a uno de los laboratorios.

En este trocito de la Península en que acaba la UE, los gobernantes locales, llevados por el mismo afán y deseo de atender el bien común, nos han bombardeado hasta la extenuación con la necesidad de vacunar a la mayor parte de la población, comenzando por los grupos de riesgo: sanitarios, mayores estabulados en residencias que se han convertido en lugares de exterminio, sobre todo en Madrid, personal en contacto con los enfermos y mayores de 65 años.

A principios de enero comenzaron las operaciones de pinchazos en los brazos de los pacientes, cuyas imágenes nos suministraron generosamente las televisiones. Cuando llevaban sólo algunas semanas, cada día nos daban el parte del porcentaje de cumplimiento en cada Comunidad, y dejando de lado la peripecia chusca de que autoridades municipales, cargos del Ejército y  políticos, se saltaron la cola y se vacunaron prematuramente con un afán desmedido por precaverse de la infección, el gran escándalo estalló cuando nos enteramos de que ya no teníamos más vacunas porque las farmacéuticas no nos las servían. Se habían acabado. Es imposible suministrar los miles de millones que pretendía la UE distribuir entre sus socios, simplemente porque no las tienen.

La pelea estalló entre las farmacéuticas, los dirigentes de la Unión y el Reino Unido, que ya no es socio, ni siquiera amigo de fiar. Porque el laboratorio AstraZeneca de propiedad anglo-sueca, que está ubicado en Londres no nos va a entregar las cantidades pedidas. Ahora Londres no está por ayudar a los atrasados y pedigüeños continentales pobres, que siempre le han estado pidiendo, por eso se ha hartado y se ha ido, haciendo una morisqueta, y se ha quedado con las vacunas para vendérselas al mejor postor.

Cuando la ilustre presidenta de la Comisión, Úrsula Von der Leyen, le ha reprochado al jefe de gobierno británico el incumplimiento del convenio, que al parecer incluso está firmado, Boris Johnson ha replicado, en el mejor estilo inglés, que primero tiene que atender las necesidades de los súbditos de su Majestad, y que por tanto a esos europeos mendicantes les enviará el resto de las que le sobren, después de haber vacunado a los ilustres británicos.

Porque  la gran potencia europea que ha construido la Unión, según los pomposos títulos que a sí misma se da, no tiene capacidad, en ninguno de sus 27 países asociados, cuyo número repiten siempre, para haber construido y mantenido un laboratorio con técnica y eficacia, para fabricar en el inverosímil tiempo de nueve meses, millones y millones de ampollas, ya que la vacuna ha de administrarse dos veces, en el intervalo de veinte días y si no, no hace efecto.

Pero veamos, ¿es que acaso alguien cree ese eslogan de que la Unión Europea es una gran potencia económica e industrial? Contemos la mayoría de los países asociados, comenzando por el sur del continente: Malta, Grecia, Chipre, Italia, España, Portugal; seguimos ascendiendo hacia el norte y tenemos Luxemburgo, Irlanda, Estonia, Letonia, Lituania, y al Este, República Checa, Rumania, Eslovenia, Croacia, Polonia, Bulgaria, Hungría. Nos quedan en una situación decente pero nada superior, sobre todo por la cantidad de población que albergan, Bélgica, Países Bajos, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Austria. Los cinco juntos no alcanzan 50 millones de habitantes y en consecuencia su PIB es el 10% del de EEUU. En resumidas cuentas, esas decenas de paisitos, salidos de las ruinas de la II Guerra Mundial, instalados precariamente en unos cuantos miles de kilómetros cuadrados a que los han reducido las escisiones y destrozos de las agresiones imperialistas, son incapaces de construir una industria potente. Nos quedan Francia y Alemania, que, como vemos, presumen más de lo que pueden cumplir.

Ha quedado de manifiesto que en la primera gran crisis a que tiene que hacer frente la Unión Europea todo lo que ha presumido en cincuenta años se queda reducido a los rugidos de un tigre de papel. Resultaba patético ver en la comparecencia televisiva a la Presidenta de la Comisión, la señora Von der Layen y al Presidente del Consejo Europeo Donald Tusk, indignados, con las mejillas coloradas y las venas del cuello a punto de estallar, exigiendo al laboratorio AstraZeneca que cumpliera sus compromisos.

Pero, ¿qué ha sucedido en estos nueve meses desde que se enteraron de la pandemia –no desde que estalló que fue mucho antes- para que los dirigentes europeos, recién instalados en sus sillones, que no elegidos puesto que no los votamos, no hubieran sabido ni fabricar ni contratar seriamente las vacunas que según dicen necesitamos para sobrevivir? Con toda evidencia el laboratorio AstraZeneca, radicado en Londres, se las ha vendido al gobierno británico, y si le sobran puede ser que se las proporcione a EEUU, que debe pagarle más que la UE. Es patético leer que la UE va a poner vigilantes en las fronteras para que las cajas con los viales no se nos vayan en camiones o trenes o barcos camino de países donde no son tan tacaños como esta Europa. Las dos Irlandas ya han puesto el grito en el cielo.  

El economista Juan Torres  explica que si el proceso de vacunación está siendo un desastre en la Unión Europea es porque esta ha planteado mal, desde el principio, la lucha contra una pandemia que va a terminar provocando, como se sabía que iba a ocurrir, la crisis económica más grave de la historia contemporánea.

Cuenta Torres que el laboratorio AstraZeneca, tiene un curriculum plagado de fraudes, incumplimientos y malas prácticas asociadas a su posición cuasi monopolista en los mercados. Los responsables del desastre en el que se hallan los países europeos no son los laboratorios sino las instituciones europeas: “La Unión Europea en su conjunto no ha sabido o no ha querido asumir que la pandemia de la covid-19 es un problema mundial y que como tal debería haberse enfrentado. Se ha sumado al «sálvese quien pueda» de los países más ricos, en lugar de entender que una emergencia planetaria como la que vivimos requiere medidas de cooperación global y que solo con eficacia, cooperación, solidaridad y equidad se puede combatir realmente a un virus que no entiende de fronteras.”

Afirma Torres que la Unión Europea ha actuado desde el inicio de la pandemia anteponiendo los intereses financieros a los sanitarios. Pero como es habitual identifica “toda” la UE con Alemania, la gran potencia que se beneficia del mercado que suponen los 400 millones de consumidores de los otros 26 países, y que es hegemónica no solo económica sino políticamente también, y así ha mantenido su estrategia particular de compra.

Sólo diez de los países ricos, donde no estamos los pobres españoles, disponen del 75% de la producción de las vacunas. Para qué hablar de lo que está sucediendo en los llamados “países en desarrollo” que no pueden pagar los precios que exigen las multinacionales de la farmacopea.   

“La Unión Europea ha procedido con oscurantismo a la hora de contratar. Salvo en un solo caso, no se han hecho públicos los contratos a pesar de suscribirlos con dinero público; y solo por error o filtraciones se saben los precios de las vacunas o que se ha renunciado a exigir responsabilidad a las empresas. Una auténtica barbaridad cuando, al mismo tiempo, se ha permitido que el proceso de obtención de las vacunas haya sido irregular y en muchas ocasiones dictado por los intereses financieros de los laboratorios.” (Torres dixit) Lo que se oculta es que la UE está al servicio de los intereses económicos de las grandes compañías multinacionales.

Las autoridades de la Unión Europea ha dado por bueno que empresas como Pfizer vayan a tener unos márgenes de beneficio de entre el 60% y el 80% con su vacuna y, en general, que todas ellas hagan el mayor negocio de su historia gracias a la investigación básica que han realizado instituciones públicas y con el dinero de los gobiernos que ahora no les reclaman el valor generado por sus inversiones. La Comisaria de Salud de la UE miente cuando afirma que el mercado de este sector de producción es muy competitivo. El mercado de las farmacéuticas es en realidad un oligopolio, cuando no un monopolio. 

El régimen de propiedad y las condiciones de los mercados actuales no facilita la innovación, ni mejora la cobertura de la salud en el mundo sino que las empeora, entre otras razones, porque las empresas dedican más recursos a obtener rentabilidad financiera que a innovar: en 2017, 2018 y 2019 dedicaron 28.600 millones de dólares a recompras de acciones y 10.000 millones a I+D.

Es una fantasía el eslogan repetido que justifica el sistema capitalista de que la competencia “leal” rige el mercado en beneficio de los ciudadanos. Lo cierto es que las grandes empresas funcionan en régimen de oligopolio sin competencia entre ellas y en buena parte se financian con dinero público, como ha sucedido con la investigación de las vacunas del coronavirus. Es preciso informar verazmente a los votantes de las subvenciones estatales de las que se nutren la mayoría de las corporaciones que se instalan en el territorio de la UE, mientras a la vez se apropian de los beneficios. En cambio, las autoridades europeas están dedicadas a recortar la inversión en bienestar, pensiones, cuidados, educación o salud y en absoluto van a expropiar las patentes cuyo monopolio afecta a la covid-19. Incluso cuando cientos de autoridades, premios Nobel, científicos y organizaciones de todo tipo lo están solicitando.  Para combatir la pandemia se necesitaba la puesta en común de todas las patentes, datos, conocimientos y tecnologías disponibles en el planeta; un plan de producción y distribución global con transparencia y a precios reales; y la garantía de que la vacuna se proporcionaría gratuitamente a todas las personas y dando prioridad a quienes están más expuestas, a las más vulnerables y a los países con menos capacidad para salvar vidas.

A los dirigentes de la UE, que son los lacayos del Capital, no les preocupa el bien común ni actúan para salvar vidas porque al Capital no le interesa el bien común sino únicamente el de su cuenta corriente.

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre