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La UME, un arma imprescindible para acabar con la pandemia

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En momentos de crisis el Ejército es más necesario que nunca. Un país democrático no debe tener reparos en movilizar los efectivos militares que hagan falta para ayudar a la población en peligro. Así ocurre en la mayoría de los países occidentales, en Francia, en Italia, en Alemania, en Reino Unido y por supuesto en Estados Unidos con la Guardia Nacional. A ninguno de estos gobiernos le tiembla el pulso a la hora de sacar a las tropas a la calle como cuerpo de protección civil en situaciones de emergencia, crisis o grandes catástrofes. Lamentablemente, en España también en esto nos afloran los complejos. Fueron demasiados siglos de pronunciamientos militares (algunos no tan lejanos), demasiadas dictaduras, demasiada tradición autoritaria.

De ahí que cuando llega un momento crítico como el que estamos atravesando, con decenas de miles de contagiados y muertos por el coronavirus, a nuestros gobernantes les cuesta dar la orden de movilizar los cuarteles. El peso de la historia negra de nuestro país es todavía muy fuerte, pero también juegan otros factores, como la presión de los grupos defensores de las libertades públicas que se ponen exquisitos y se rasgan las vestiduras cuando líderes como Pedro Sánchez decretan la movilización de la UME, una unidad experta en afrontar situaciones de crisis con miles de vidas en juego. Este cuerpo militar ha demostrado en las sucesivas ocasiones en las que ha intervenido –incendios, terremotos, inundaciones, temporales− que es uno de los instrumentos más eficaces para el rescate de personas y la estabilización de un área devastada.

El grupo de élite está integrado por 3.500 efectivos y mantiene una media de 1.400 o 1.500 soldados cada día sobre los lugares más afectados por la pandemia. Su participación en tareas de desinfección preventiva de calles, edificios e instalaciones; de limpieza en puntos críticos de gran tránsito de personas; de apoyo a la red hospitalaria y a las residencias de la tercera edad; y en otras múltiples misiones que se van presentando cada día resulta fundamental. Ayer, los hombres y mujeres que trabajan en la UME, que están dando lo mejor de sí incluso infectándose con “el bicho”, ya estaban desbordados, hasta tal punto que en algún momento el Gobierno deberá plantearse desplegar más refuerzos de otras unidades, los que sean suficientes hasta derrotar al virus, como se ha hecho en China, nuestro modelo a seguir. Tampoco es descartable que el Ejército pase a controlar el abastecimiento de alimentos (para frenar a los especuladores, contrabandistas y acaparadores) y el suministro de agua, luz y energía.

Afortunadamente Sánchez no se ha dejado amedrentar por los detractores del Ejército, supuestos guardianes de las esencias de la democracia a los que también habría que unir a los nacionalistas irredentos que aprovechan cualquier oportunidad para demoler el Estado, incluso en momentos de pandemia y caos general. Ahí están las indeseables declaraciones de ese político de la CUP que hace unos días invitaba a los catalanes a recibir a los militares españoles a escupitajos para contagiarles el coronavirus. Afortunadamente, la inmensa mayoría de la sociedad catalana –ya sea independentista o unionista− es mucho más sensata y cuerda que esos cuantos descerebrados que no atienden a razones.

Y luego están algunos mandatarios de indudable valía y talla política, como el lehendakari vasco, Íñigo Urkullu, a quien de vez en cuando también le sale esa irrefrenable niña del exorcista que todo nacionalista lleva dentro y que antepone la urticaria antiespañolista a una medida de protección civil que se antoja imprescindible para garantizar la sanidad y la seguridad, tal como se esfuerza en repetir, una y otra vez, el presidente Sánchez. Hace solo unos días, Urkullu aseguraba que “no hay previsión de que esta medida sea necesaria”, refiriéndose al despliegue de la UME en el País Vasco. Tal declaración ha abierto una profunda brecha entre PNV y PSOE, ya que la dirigente socialista Idoia Mendia, secretaria general del PSE de Euskadi, ha tenido que ponerse en su sitio y zanjar la cuestión asegurando que la UME va a proceder a desinfectar el aeropuerto de Loiu “porque así lo demandan sus trabajadores y la dirección”. Lógico. Todos los esfuerzos y los recursos disponibles son pocos para salvar vidas. Cuesta trabajo creer que haya muchos vascos, nacionalistas o no, que en medio de este infierno de virus y muerte rechace la ayuda de militares profesionales que no planean ocupar el Palacio de Ajuria-Enea, ni meter los tanques en Bilbao, sino desinfectar casas y calles.

La batalla contra el coronavirus va a ser larga y dolorosa y va a examinarnos a todos sobre valores fundamentales como la solidaridad, el altruismo, la colaboración, la fortaleza moral, la dignidad, la grandeza y la capacidad de sufrimiento. Nos enfrentamos a un enemigo global que no conoce de fronteras, ni de nacionalidades o banderas, y se equivocará quien pretenda hacer de esto un macabro y calculado juego electoral. Pedro Sánchez ha pedido unidad y quizá eso sea demasiado pedir en este bendito país donde los políticos suelen anteponer la ideología y el sectarismo a las cuestiones de bien general, sanidad pública, humanitarismo y normas de protección civil más elementales. Hay que ser muy cerrado de entendederas para no comprender que antes que el patriotismo y el amor por el terruño está la vida de todos y la supervivencia misma de la raza humana. Quizá en las próximas semanas, cuando las cifras de muertos y contagiados sean ya terroríficas y el dolor de la sociedad sea infinito, toda esta gente suspicaz y algo obtusa empiece a ver con otros ojos el nuevo mundo que va a surgir de esta catástrofe cósmica.

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