“Si quieren defender la Monarquía, eviten que la Monarquía se identifique con ustedes”, aseguró Pablo Iglesias durante el debate previo a la investidura de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno. La frase, casi una premonición, sonó en todo el hemiciclo con una inquietante contundencia, mucho más cuando el líder de Unidas Podemos recordó que el rey emérito, Juan Carlos I, “que venía de donde venía, era consciente de que solamente alejándose de la derecha podría pervivir”.

A Iglesias se le puede criticar muchas cosas, pero no que no sepa de historia de España. Lo que dijo durante el agitado Pleno −que sus señorías de PP, Vox y Ciudadanos interrumpieron en varias ocasiones al grito de “Viva España, viva el rey”−, ha sido ampliamente estudiado y corroborado por grandes historiadores de nuestro tiempo. Juan Carlos, el elegido por Franco para sucederle, supo marcar las distancias con la extrema derecha y con los elementos más reaccionarios del Ejército (en 1975 todavía eminentemente franquista). Esa fue una de las claves del secreto de su éxito y también de la Transición española. No en vano, el monarca supo ver en Adolfo Suárez, un tecnócrata moderado que provenía del Movimiento Nacional, el hombre idóneo para tripular a la nación en su arduo y proceloso camino a la democracia.

El rey podría haberse fijado en los duros del régimen como Manuel Fraga o Arias Navarro, incluso en algún general con ADN franquista, pero decidió romper con el pasado para empezar una nueva etapa de futuro. Suárez era lo más parecido a un liberal a la europea que se podía ser en aquellos años, en cualquier caso no un fanático franquista, y la apuesta de la Casa Real por el genio de Cebreros le salió redonda. De alguna manera, podría decirse que elegir a Suárez fue la gran jugada maestra del juancarlismo.

Aquel episodio se convirtió en una de las grandes lecciones que el hoy emérito dejó a su hijo. Si algo debe ser un rey en una Monarquía parlamentaria es un árbitro, un contrapeso, un moderador que nunca debe atravesar esa peligrosa y delgada línea roja, tomando partido por una ideología concreta. Sin embargo las derechas excluyentes, que ya se han apoderado de los conceptos de patria, himno y bandera, también han visto en Felipe VI un símbolo jugoso que puede ser rentabilizado políticamente.

El descarado intento de patrimonialización o apoderamiento de la Monarquía por parte del Trío de Colón sería una muy mala noticia para la Casa Real Española. De ahí que, según fuentes de Zarzuela, el rey haya acogido con “evidente malestar” los vivas y gritos de honor de los diputados de PP y Vox, que lo vitorearon con fervor y a cada minuto el pasado fin de semana en la Cámara Baja. En realidad, esa puesta en escena fue algo así como una trampa muy bien urdida por el partido de Santiago Abascal, una fina celada en la que por otra parte ha vuelto a caer de lleno el PP, un partido últimamente obsesionado con ser más papista que el Papa, es decir, con ser más de derechas que su nuevo competidor.

Como buen ultraderechista que es, para Abascal no hay nada por encima de España, ni siquiera el rey, y hoy honra con vivas y vítores al monarca pero mañana, cuando el poder haya sido conquistado por la extrema derecha y Felipe VI haya cumplido con su papel, la monarquía parlamentaria será relegada a un segundo término en el plan autoritario y salvapatrias de Vox, tal como ocurrió en otras etapas de nuestra historia contemporánea. Así, Primo de Rivera contó con el beneplácito de Alfonso XIII para la instauración de una dictadura que convirtió al rey en un pelele. Y más tarde fueron conocidas las intrigas y conspiraciones entre los grupos borbónicos y el monarca, ya en Londres, en los primeros días tras la proclamación de la Segunda República.

El economista, diplomático e historiador Ángel Viñas ha escrito en su Historia de una conspiración que las intrigas de los monárquicos para acabar con la República desde el mismo 14 de abril de 1931 y los contactos casi continuos que los partidarios de la Monarquía mantuvieron con la Italia de Benito Mussolini para derrocar el régimen republicano fueron claves en el golpe de Estado del 18 de julio de 1936. El objetivo era instaurar en España un régimen similar a la dictadura de Primo de Rivera con retoques de corte fascista, pero Franco decidió finalmente que el poder le pertenecía a él y ningún rey, por muchos derechos dinásticos que tuviera, iba a interponerse en su ambicioso camino. A todo ello contribuyó que el general Sanjurjo, llamado a ser el primer jefe de Estado, muriera en un extraño accidente aéreo en los primeros días de la sublevación y que Calvo Sotelo, futuro líder político, fuese asesinado poco antes del alzamiento nacional.

Así fue como se consumó la gran traición (esa horrible palabra hoy tan de moda) de Franco a los partidarios del rey. “El golpe lo predicaron los monárquicos sobre la base de una sustancial connivencia con la potencia más próxima a las derechas radicalizadas de la época (Italia). No se trató de lanzarse a un movimiento nacional, sino a un movimiento apoyado operativamente por el fascismo italiano”, escribe Viñas, que ya demostró, documentos en mano, cómo los monárquicos españoles habían decidido, ya en 1935, sublevarse si las izquierdas regresaban al poder. Y además, lo harían con el apoyo del régimen fascista.

Sin lugar a dudas, según Viñas, quienes más empeño pusieron en el golpe del 36 fueron los monárquicos. “Pero esto no es nuevo. Los monárquicos alfonsinos no quisieron la República y lucharon contra ella desde su primer día. Sin embargo, muchos historiadores han reducido el papel de los monárquicos a meros agitadores poniendo como ejemplos los discursos de Calvo Sotelo o de Acción Española. Se les ha descrito como los creadores de un estado de opinión contrario a la Segunda República. Y esta era la idea que yo tenía en un inicio. Pero no es así. En 2013 ya descubrí, y así lo publiqué, los contratos por lo que los monárquicos compraban aviones de guerra a la Italia fascista, por lo que eran más que simples agitadores”.

Todo este denso flashback histórico no tiene otro sentido que tratar de demostrar que siempre que la derecha se ha apoderado de la monarquía o esta se ha dejado seducir por los cantos de sirena ultranacionalistas, el desastre ha estado asegurado. De ahí que las advertencias de Iglesias en el Congreso de los Diputados hayan sonado más lúcidas y premonitorias que nunca. Si Felipe VI no quiere poner en riesgo su papel institucional debe guardarse muy mucho de malas compañías como Abascal. Porque hoy el felino parece manso y domesticado, pero mañana puede darle un zarpazo en cualquier momento.

Apúntate a nuestra newsletter

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre