La Unión Europa está paralizada por el miedo al coronavirus, que se extiende ya sin control por todo el viejo continente. Bruselas se resiste a activar el “mecanismo anticrisis” puesto en marcha en el año 2010, tras el estallido de la brutal recesión por el crack financiero. Los expertos y economistas piden que se ejecute ya un ‘Plan Marshall’ a la europea que ponga en juego más de 400.000 millones de euros y todos los recursos públicos y privados disponibles para la guerra contra el enemigo invisible. Sin embargo, el esperado “manguerazo” no termina de llegar. Las multinacionales paran en seco su producción, los bancos y las Bolsas tiemblan, los gobiernos no saben qué hacer ante la sombra amenazante de una nueva crisis mundial que puede reducir la que padecimos en 2008 a la categoría de parrafillo suelto, anecdótico, en los libros de historia.

Al Apocalipsis vírico puede sucederle otro todavía mayor: la práctica desaparición de las economías modernas y la vuelta a la época del trueque, como en los peores años de la posguerra mundial. Nunca antes, desde 1945, la noche había sido tan oscura, tan cerrada, tan espesa y aterradora. Miles de pequeñas y medianas empresas van a tener que cerrar estos días; más de diez millones de trabajadores españoles se enfrentan a la sombra del ERTE (el despido temporal). Y a Bruselas no se le ocurre otra estrategia política que la vuelta al alambre de espino, el retorno al imperio austrohúngaro y esperar hasta el último segundo antes de abrir el grifo del dinero público, confiando en que los santos polacos, que ya están saliendo en procesión por las calles de Varsovia, obren el milagro y frenen la pandemia.

De momento, hoy no habrá sorpresa en Bruselas. El presidente del Eurogrupo dijo ayer que estudian “otras alternativas” al ‘Plan Marshall’. En la capital de la UE, los neuróticos tecnócratas del ECOFIN (el Consejo de Asuntos Económicos y Financieros de la Unión Europea) revisan sus informes y balances contables. Confían en el milagro de que las monstruosas cantidades de dinero de emergencia inyectadas por los países socios en sus tejidos productivos puedan detener finalmente el tsunami vírico. Es decir, la UE apuesta por el retorno a los estados nacionales, a las economías locales, a las fronteras del siglo XX, y que cada cual se pague lo suyo. O lo que es lo mismo: la táctica siempre errónea del sálvese quien pueda.

Pero si algo nos está enseñando este virus maldito es que o salimos de esta con unidad y solidaridad, con sanidad, intervencionismo estatal y trabajo en equipo, o nos hundimos todos con el barco. De momento, Bruselas no parece haber captado el mensaje que nos envía el fatídico bicho coronado desde las profundidades de su minúsculo reino de moléculas, proteínas y sopa bacteriana. España e Italia han pedido que se adopte cuanto antes la medida: la vacuna efectiva de los 400.000 millones de euros para evitar que la infectada economía continental acabe como un moribundo con mascarilla de oxígeno y en fase terminal. Aquí ya no valen las mismas egoístas recetas neoliberales fracasadas que se han venido aplicando en las últimas décadas. Esa lluvia de dinero generoso, a fondo perdido, es lo único que puede impedir que las economías europeas se vayan al garete y retrocedan varios siglos en el tiempo, casi hasta los tiempos del feudalismo. La filosofía a aplicar es precisamente esa ante la que los jerarcas del gran capital, los gurús de la contención del déficit y de la austeridad, sienten una alergia incurable: hay que gastar todo lo que sea necesario, cuando sea necesario y como sea necesario. No hay que escatimar en dinero ni en recursos.

Es preciso actuar en dos frentes: sanidad para curar a la gente en la medida que se pueda y sistemas fiscales intervencionistas para sostener la economía. Necesitamos más inversión en hospitales para contener la enfermedad. Ya hay escasez de todo, médicos y enfermeras están trabajando sin mascarillas, faltan respiradores de oxígeno, camas, unidades de urgencias y UCIS. Tenemos buenos profesionales que se están dejando la piel tras los brutales recortes de la última década que llevaron casi a la quiebra a la Sanidad pública española. Pero no es suficiente. La inversión debe multiplicarse por cien, por quinientos, por mil.

Y luego urge actuar con una política tributaria de corte social: los impuestos a las pequeñas y medianas empresas deben cancelarse; los créditos sin interés deben fluir masivamente (la iniciativa publico-privada ha de coordinarse a través de instituciones como el ICO o los bancos de ayuda estatal); las prestaciones por desempleo y cobertura social deben redoblarse al máximo. Las hipotecas tienen que aplazarse sine die para no ahogar a las familias. Ya no es momento de que los ricos se hagan más ricos ni de que los bancos ganen más, como ocurrió en la crisis de 2008. Todo eso ya pasó, el mundo no será lo mismo a partir de ahora. Nada será igual a partir de ahora.

Por eso deben introducirse mecanismos fiscales colaborativos que corrijan la desigualdad. La riqueza de los países, poca o mucha en estos momentos de recesión, debe ser repartida para que la gente pueda afrontar la enfermedad con garantías y seguridad. Esta vez Europa no debería abandonar a miles de personas, legiones de desencantados y enfermos sin futuro que terminarán mirando hacia los populismos demagógicos, cuando no hacia los monstruosos fascismos, como solución a sus males. El Banco Central Europeo debe abrir la manguera ya; Bruselas debe ponerse las pilas; estamos en economía de guerra y cuanto antes se den cuenta antes saldremos de esta crisis de proporciones bíblicas. Más Sanidad pública, más educación e investigación, más transporte estatal, más y mejor abastecimiento de alimentos. Cueste lo que cueste. Esa debe ser la hoja de ruta a seguir. El discurso frío e insolidario del beneficio capitalista a toda costa es cosa del pasado, por si no se habían enterado en Bruselas. Aquí, o nos salvamos todos, pobres y ricos, blancos y negros, o todos perecemos. Y no hay más.

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