Parecía una película futurista e imaginativa. Era verdad que muchas cosas en nuestras vidas cambiaban aceleradamente en los últimos años. Internet, el uso generalizado de ordenadores de sobremesa, portátiles, tabletas y al final los smartphones, estos pequeños ordenadores del tamaño de un teléfono móvil, cien mil veces más potentes que los primeros ordenadores que nos llevaron a la luna.

Pocos podíamos pensar que esas herramientas iban a generalizarse hasta alcanzar a nuestros trabajos. El teletrabajo, sobre todo en España, nos parecía un futurible en el horizonte lejano, algo que aún tardaría en llegar, más por las reticencias de un empresariado atávico, que por la resistencia de la clase trabajadora.

Sin embargo, la pandemia, oleada tras oleada, a cada cual más contagiosa y virulenta, nos ha ido situando en una nueva realidad que obliga a nuestra economía, tanto a empresarios como a trabajadoras y trabajadores, a adaptarse rápidamente, si quieren que las empresas y los puestos de trabajo sobrevivan.

El uso de las nuevas tecnologías y del big data, esa inmensidad de datos complejos y veloces, nos ha pillado desprevenidos. Según estudios europeos, las empresas españolas ponen mucho empeño en utilizar ese volumen de datos para controlar a sus trabajadores, pero invierten muy poco en usarlos para mejorar sus sistemas de producción, comercialización y su competencia.

Nuestro esfuerzo por vender más por internet nos sitúa en puestos intermedios de la Unión Europea, pero si hablamos de formación de personas para trabajar en entornos digitalizados, nos situamos por detrás de la media y nos vamos a la cola de las estadísticas cuando de los que se trata es de contratar a personal especializado en el uso de nuevas tecnologías y el tratamiento de datos.

Observamos como desde todos los ámbitos, ya sea el educativo, el sanitario, el de la prestación de servicios, públicos o privados, la venta de productos básicos, se ha comenzado a prestar mucha atención a la transformación digital. De hecho buena parte de eso que ahora llaman resiliencia, la superación de la crisis provocada por la pandemia, las ayudas provenientes de la Unión Europea, van a tener como escenario la transición digital.

No somos líderes europeos, en estos momentos, ni ejemplo de aplicación de las nuevas tecnologías en el mundo empresarial. Nos movemos muy lejos de los puestos de cabeza en los que se sitúan Alemania, Holanda, Francia, Bélgica, o Dinamarca, incluso por detrás de otros países de nuestro entorno europeo, como Grecia, Portugal, o Lituania, cuyas empresas realizan esfuerzos superiores a los nuestros.

Parece evidente que uno de los retos a los que nos enfrentamos es invertir en equipos y programas adaptados a nuestra realidad empresarial de pequeñas y medianas empresas. Pero para que eso sea útil tenemos que contar con trabajadoras y trabajadores cualificados para utilizar esos nuevos medios tecnológicos. La mal llamada Inteligencia Artificial necesita, a fin de cuentas, de personas capaces de utilizarla adecuadamente, desde los conocimientos técnicos y con criterios éticos.

Sin embargo, sólo una de cada cinco empresas españolas facilita algún tipo de formación a sus trabajadores y el porcentaje de quienes se han formado en esta materia en el último año no llega ni de lejos a una de cada diez personas trabajadoras, pese a que, según numerosas previsiones, la mayoría de los empleos se van a ver profundamente modificados en los próximos diez años, tanto en funciones como en tareas, debido al uso de nuevas tecnologías.

La digitalización tiene mucho que ver con una nueva visión de la empresa, en la que ya no pueden primar el control, la persecución, la vigilancia, sino la participación en la organización del trabajo, en los objetivos definidos de forma cooperativa y en una adecuada regulación del teletrabajo, hasta el momento infradesarrollada en nuestro país. Cada día más los trabajadores deben ser propietarios de su trabajo y copropietarios de las empresas.

La transición digital debe hacer frente también al reto ineludible de la fiscalidad de este tipo de empresas. Empresas como Amazon controlan cada día mayores cuotas de mercado de ventas online, en detrimento de iniciativas locales, regionales, o de los propios Estados, sin tributar en los lugares donde realizan sus negocios.

Es necesario cortar las vías que conducen al monopolio, la eliminación de la competencia local y obligar a que paguen impuestos en los países donde realizan sus operaciones comerciales, lo cual no va a ser fácil si tomamos en cuenta que esta mismas compañías están incrementado ya los costes que cargan sobre las pequeñas y medianas empresas para compensar los efectos de la que venimos denominando impropiamente tasa GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple, Microsoft), o más restrictivamente tasa Google.

No va a ser fácil, pero el proceso es ya irreversible. El trabajo humano, su cualificación y su autonomía, se sitúan como factor determinante para afrontar un futuro cada vez más complejo, en el que son muchas las amenazas que se ciernen sobre la existencia humana, desde las climáticas, a las procedentes de las enfermedades y pandemias, o las propiciadas por el aumento de las desigualdades producidas por el sistema globalizado del que nos hemos dotado.

Es el momento de elegir si nos ponemos en marcha, o seguimos enredando y maniatando nuestras vidas, emponzoñando los pozos disponibles y cegando los caminos hacia un mundo que será otro, pero que no deberíamos tolerar que fuera peor y más injusto.

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