jueves, 24junio, 2021
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“La trampa del estado de bienestar ha hecho que hasta los que menos tienen desistan de luchar por miedo a perder la miseria de su futuro”

El escritor sevillano Javier Márquez Sánchez logra un ‘noir’ de altos vuelos ambientando en su ciudad natal una trama repleta de maleantes de tres al cuarto, corruptos de cuello blanco y periodistas desencantados

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Esta novela tiene mucho de todo, y todo ello bueno. No se la pierdan, demasiadas excelencias para dejar pasar la oportunidad de un noir con sabor a wéstern crepuscular. El periodista, editor y escritor sevillano Javier Márquez Sánchez (1978) ha completado una novela memorable por contenido y continente. Sevilla como escenario, corrupción institucional, maleantes de tres al cuarto, amores contrariados, periodistas desencantados reconvertidos en investigadores privados, un ritmo narrativo endiablado y una prosa que embelesa, evocadora de tiempos de oro de la novela negra. Tantas reminiscencias… No es servidor el único que lo corrobora. Otro insigne narrador sevillano, Daniel Ruiz, lo ha calificado –ahí es nada– como “el Raymond Chandler hispalense”. Poco más se puede añadir a La ciudad de las almas tristes (Almuzara) y sobre un autor al que la literatura le rezuma por los cuatro costados a borbotones. Y eso que tampoco puede echar a un lado ese lado oscuro de su biografía que lo cataloga también como periodista. Todos llevamos una cruz sobre nuestros hombros.

Vuelve al thriller a lo grande, con emociones fuertes, intrigas y un ritmo narrativo endiablado… Y Sevilla como protagonista. ¿Aguantará el corazón del lector?

El corazón de ficciones trepidantes, espero que sí. El de las emociones, me gustaría que se viese ligeramente afectado. Es una novela negra con tramas que remiten a la realidad más dura de Sevilla y Andalucía en las últimas décadas… pero también es una historia que trata sobre la familia, sobre la amistad y sobre el amor a un hogar, una ciudad, más allá de sus tópicos.

¿Por qué la capital andaluza se resiste, hasta ahora, a ser escenario de los más intrincados vericuetos del mal?

No se ha resistido, el maestro (y amigo) Juan Ramón Biedma nos ha demostrado, una novela tras otra, que Sevilla puede resultar un escenario criminal incluso terrorífico fascinante. En su última novela, El sonido de tu cabello (Alianza), se marca una obra magnífica ambientada en Las Tres Mil Viviendas. Pero aquí se nos quedó grabado lo de “Sevilla tiene un color especial”, y acabamos recalando en los tópicos, más incluso que aquellos que vienen de fuera, y todo lo que se sale del Salvador, el Altozano, los “miarma”, la cervecita y los quinarios… como que es una Sevilla apócrifa. Convertirnos en una ciudad de postal es peligroso.

¿Cree entonces que aún pueden demasiado el tópico y la tradición sobre esta ciudad? ¿Por qué?

La tradición no es problema, nunca. Adoro la tradición. El problema es cuando la tradición se convierte en tópico, lo aceptamos y nos volvemos ultras de esa tradición. Yo soy de los que va a la Feria de Abril con un traje nuevo cada noche, pero a veces me visto escuchando al Pali y otras, con los acordes rabiosos de Neil Young. Cojamos la tradición y dejemos que avance. En toda Andalucía gozamos de una historia multicultural que es un verdadero tesoro de tradiciones, pero se ha hecho -y se hace- mucho por obviar parte de ellas. Es criminal tanto esfuerzo por borrar la huella andalusí, por ejemplo, algo que debería ser base en la formación de cualquier estudiante andaluz. Un autor compañero de Almuzara, Antonio Manuel, con obras como La huella morisca o Flamenco, arqueología de lo jondo, está llevando a cabo una impagable labor de investigación y sobre todo difusión en este sentido. Seguro que todo el mundo sabe qué es la ikurriña o la señera pero, ¿cuántos andaluces saben que su bandera se llama arbonaida? Creo que el pueblo que permite que le roben su pasado está más predispuesto a que expolien su futuro.

Su ya contrastada y dilatada trayectoria narrativa siempre deja un poso de melancolía y grandes dosis de nostalgia entre sus líneas, ya cuente la vida de Elvis, las ‘travesuras’ del Rat Pack o se embarque en una intriga con la mítica Hammer Films como epicentro. ¿No hay lugar para el optimismo en sus obras o es algo indomable que no puede controlar?

Bueno, yo soy melancólico por naturaleza, e inevitablemente ese sentir impregna mis obras. Pero eso no significa en absoluto pesimismo. De hecho, soy una persona bastante optimista, o eso intento. Piense que yo vivía del periodismo y ahora, ante el mal signo de los tiempos, intento sobrevivir como editor además de como escritor. ¡Si eso no es ser optimista en esta vida…! Para mí, la melancolía no es buena ni mala, es un estado de ánimo, un placer por rememorar sin dejar nunca de mirar adelante. Cualquier tiempo pasado no fue necesariamente mejor, pero sí que tuvo, seguro, cosas emocionantes. Y seguro que vendrán muchas más. Por eso a veces tengo también nostalgia del futuro.

Esta “ciudad de las almas tristes” ya la sentenció Machado en apenas unos versos. ¿Viene usted a poner la puntilla sobre esa ‘cara B’ de una urbe que muchos se empeñan en no querer ver ni creer que exista?

Tengo un buen amigo en Madrid que dice que yo soy “sevillano militante”: adoro mi ciudad. Me encantan Sevilla, sus rincones, historias y tradiciones. La quiero tanto, que no puedo evitar ser crítico con ella. ¿Cómo podemos ser una ciudad tan maravillosa, con tanto talento, y que las cosas estén como están? El lampedusismo es ley en la ciudad: lo que haga falta para que nada cambie. La famosa Movida madrileña es pura estética al lado de la revolución musical que hubo en Sevilla en los sesenta y setenta. ¿Y quién reivindica hoy a los Smash, a Alameda, a Tabletom, a Triana, a Silvio, a los Veneno…? Aquello fue un espejismo en un tiempo determinado, luego tocó volver a la estampa de los Álvarez Quintero. Y por supuesto, cualquier obra arquitectónica que no reproduzca las líneas de hace un siglo es una afrenta al “enterismo”. Las “Setas”, la torre Pelli… ¡Por favor, con lo mal que queda la foto de un palio pasando por delante de un diseño del siglo XXI! No puede ser que la cultura y el sentir de Sevilla estén guiados casi en exclusiva por la Semana Santa, porque eso empequeñece mucho a una ciudad que hace 40 años fue vanguardia cultural de este país.

¿Qué Sevilla se encuentra su protagonista, el detective ex periodista José Luis Ballesteros, cuando debe volver a ella?

La historia se desarrolla entre el lunes previo a Semana Santa y el Domingo de Ramos, y se encuentra con una ciudad que huele a incienso y tan polarizada políticamente como la España que hoy vivimos, como una vieja película de vaqueros: si son de este “color” son buenos, sin son de este otro, son malos.

“Debería reconocerse de algún modo el panem et circenses como la idea más dramáticamente efectiva del ser humano”

¿Cuánto hay de real en esta Sevilla que usted refleja en su novela? ¿Supera la realidad a cualquier ficción?

No es que la realidad supere o no a la ficción, sino que la ficción siempre nace de reflejar de algún modo la realidad, o de combinar varias versiones de esta. En el caso de mi novela, las tramas criminales y las conspiraciones políticas están construidas a partir de referentes reales, unos más evidentes que otros. El caso Arny, la operación Malaya, los ERE… Hay pinceladas de todo eso, pero no quería hacer una novela de investigación sobre casos reales, sino una ficción que tomase como referencia unos pocos de los muchos casos lamentables que se han vivido en Andalucía en las últimas décadas. La novela tampoco presenta personajes reales como implicados en esas tramas. Aunque a veces el inconsciente nos juega malas pasadas, ¿verdad?

Como en sus anteriores novelas negras, el protagonista vuelve a enfrentarse al sistema, a los poderes fácticos.

Cierto, y vuelve a quedar en tablas con ellos. Hablábamos antes de pesimismo: en ese sentido sí que soy pesimista, mucho, aunque ya se sabe que un pesimista es un optimista bien informado. Sobre todo cuando sabemos que el criminal ganará siempre porque se le presume la inevitabilidad del crimen. Los políticos -digamos que algunos-, roban, los banqueros -digamos que algunos-, roban. Pero qué le vamos a hacer, ¿verdad? ¡Si visten de traje y corbata y hablan sin alzar la voz! A lo sumo se puede salir en manifestación pacífica y silenciosa, que no altere el tráfico ni la vida de nadie, porque lo contrario no es de gente formal. La trampa del estado de bienestar ha hecho que hasta los que menos tienen desistan de luchar por miedo a perder la miseria de su futuro. Y ha calado hondo el discurso de que el descamisado melenudo y vociferante es un criminal, sea lo que sea que vocifere, porque no hace las cosas “como Dios manda”. Y no estoy hablando del éxito de los “M. Rajoy” ni de las vacaciones del emérito que al parecer se ganó en febrero del 81, sino de esa maraña de poder económico que es la que realmente pone y dispone, y ha conseguido que hasta lo más atroz acabe resultando inevitable. Los ciudadanos reciben continuamente el mensaje de que los de arriba son intocables y su miseria, inevitable. Pero eso no se puede cambiar (nos han dicho). Y así, cualquier noche de debate político la audiencia televisiva se la lleva de calle Sálvame, el partido de turno o cualquier otro somnífero social. Debería reconocerse de algún modo el panem et circenses como la idea más dramáticamente efectiva del ser humano.

El tono de su novela, pese a ser un noir impecable, debe mucho al wéstern. ¿Es el cóctel perfecto de cualquier intriga novelesca?

Esta historia era una espina clavada, algo que necesitaba soltar. He escrito varias novelas pero nunca ambientadas en mi ciudad. Así que cuando llegó el momento de afrontarla, decidí combinar mis dos géneros predilectos: el negro, porque considero que es el terreno propicio para poner de manifiesto las miserias humanas y sobre todo de la propia sociedad; pero también quería dedicarle un poema a mi ciudad, a sus contradicciones y mi sentir por ella, y en ese sentido no hay nada como la melancolía del wéstern, por eso me gusta ver esta novela como un western sentimental.

Por ella aparece una amplia galería de personajes más o menos singulares que, a grandes rasgos, definen el pulso de una ciudad. ¿Qué peculiaridad tienen todos ellos para transmitir la imagen de Sevilla como “ciudad de las almas tristes”?

El protagonista lo comenta en un momento dado, mientras pasea a medianoche por el puente de Triana: “La soledad es el espejo en el que acaban reflejándose las tristezas y miserias que se intentan evitar a toda costa. Porque acabarían con el mito. Por eso siempre me pareció que Sevilla es en realidad una ciudad de almas tristes obligadas a ser felices a punta de guitarra”. En ese sentido, todos los personajes de la historia tienen algo que nos hace sonreír y querer compartir un rato con ellos, son alegres y dicharacheros, pero vemos que más allá está la realidad que cae sobre cualquier otra ciudad y que conlleva problemas y preocupaciones para su gente. En este caso, simplemente, hay otra forma de sobrellevarlo. Y brindaré siempre por ello.

Conspiraciones políticas, mafia internacional, periodistas desencantados, corrupción institucional… ¡Cualquiera diría que estamos hablando de Sevilla!

Bueno, es que en Sevilla no hemos tenido un Juan Madrid o un Vázquez Montalbán que haya reflejado los bajos fondos de la ciudad, pero los tiene, como cualquier otra ciudad. Y siendo la sede de la política andaluza, el tráfico de influencias resulta más que evidente. Además, tenemos al lado esa parada y fonda de la mafia internacional que ha sido durante décadas Marbella. Mimbres no faltan para inspirar una novela negra andaluza, que se ha trabajado, pero poco. En los últimos años, por suerte, están surgiendo autores muy interesantes que sí están trabajando el noir sureño, como Susana Martín Gijón, Salvador Gutiérrez Solís o el ya citado Juan Ramón Biedma.

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