Atardecía. Un inmenso sol rojo como una sandía abierta y  encendida se hundía lentamente entre las sierras de Villacañas y  Corral de Almaguer. Cuando se ocultó del todo, el cuenco del cielo se volvió del color del agua sucia, excepto donde el sol se había puesto, que ahora semejaba un levantado y resplandeciente mar de lava líquida.

En la esquina del camino del cementerio con la calle de Cantarranas había una galga gris tumbada en la acera mirando fijamente la espectacular puesta de sol con la cabeza apoyada en el bordillo. A veces apartaba la vista del cielo y se quedaba mirando a los que pasaban delante de ella, envueltos en la luz agonizante, soñolienta e irreal del ocaso. Con disimulo, la perra les observaba de arriba abajo y se daba cuenta que todos eran diferentes, había mujeres y hombres; unos más altos que otros, o más gordos o más viejos, pero sus miradas eran las mismas miradas de recogimiento que parecían mirar hacia adentro, hacia lo más íntimo y secreto de cada uno. Sin levantar la cabeza del bordillo, la perra les veía alejarse calle abajo y cruzarse con otros paseantes, cada vez más escasos y desperdigados, que solían aparecer a esa hora caminando muy despacio hacia el cementerio, casi parándose para no perderse los últimos y espectaculares rescoldos del horizonte. Pasaban delante de la perra sin reparar en ella,  y ésta los seguía con la  mirada hasta que sus siluetas se diluían lentamente hasta desaparecer devoradas por las sombras unos metros más allá de la torre de alta tensión donde crecía una higuera que había buscado refugio dentro de la celosía de hierros como una especie de cangrejo ermitaño del reino vegetal. Si se fijaba bien, a algunos  todavía conseguía atisbarlos unos metros más allá, frente a la bodega cuyos altos y estrechos depósitos de acero inoxidable apuntaban al cielo como una batería de misiles frente a unas naves de chapa ondulada con ventanas por donde se asomaban dos cintas transportadoras que bajo aquella luz parecían criaturas de otro mundo.

Mientras la perra veía al último paseante fundiéndose en la semioscuridad del ocaso, se acordaba de muchos veranos atrás, cuando ella era apenas una cachorra que no se separaba un momento de sus padres, y a esas horas el camino del cementerio y las calles del pueblo se llenaban de gente buscando la marea fresca que acompañaba al crepúsculo. Ahora casi nadie paseaba, todo iba el mundo iba en coche o en moto y a toda leche, como si tuvieran algo muy importante que hacer, casi de vida o muerte.

Pero lo que más le extrañaba era no ver niños por ningún sitio. Cuando era joven, los alrededores de la laguna de El Salobral estaban llenos de niños jugando. Les recordaba cabalgando sobre largas cañas que levantaban una polvareda casi como si fueran caballos de verdad, llevando rifles de caña en bandolera con una cuerda de pita y pistolas de “fistones” dentro de cartucheras de cartón hechas por ellos mismos. Otros iban de indios con lanzas de caña, arcos de taray y flechas de junco. Otros, subidos en lo alto de las sarmenteras que había alrededor de la laguna, jugaban a piratas llevando espadas y puñales de madera y otros arreos al cinto por si se terciaba un abordaje. Y desde primeras horas de la tarde, las eras que rodeaban el pueblo bullían de chicos jugando al fútbol que apuraban la tarde hasta que no se veía no sólo el balón y las porterías de cantos apilados, sino casi ni sus propias manos. Otros niños de todas las edades y tamaños recorrían incansables el pueblo montados en bicicletas también de todas las edades y tamaños. Algunas de aquellas bicicletas hubieran merecido acabar en un museo. Todos iban armados con el tirachinas y con los bolsillos, además del moquero y alguna escasa calderilla para polos y pipas, llenos de cantos por si se terciaba disparar a algún bicho o a algún semejante, que lo mismo daba. Más de una vez la perra fue atacada en los alrededores de la laguna por partidas de pistoleros o indios o piratas o ciclistas que esperaban escondidos, emboscados tras los montones de escombros, trastos viejos y basuras que iban llevando hasta allí los vecinos sin darse cuenta, ni ellos ni las autoridades, que aquello no era un vertedero y que de esa forma, y ayudados por la sequía, estaban acabando con la laguna, uno de los pocos humedales que quedaban en La Mancha, un santuario de aves acuáticas, e imprescindible refugio y lugar de paso de aves migratorias. Todos recordaban aquel año que llovió tanto y la laguna se llenó a rebosar y fue visitada durante varios día por una bandada de flamencos, lo que causó un enorme revuelo y espectación entre los vecinos, que no podían creer lo que veían. Pero de eso ya hacía mucho y ahora, sin el menor cargo de conciencia, sin el menor escrúpulo se estaban cargando el humedal, convirtiéndolo en una pobre charca sin más flora que cuatro tristes matas de esparto y algunos resecos juncales, además de cardos borriqueros y salicones, ni más fauna que mosquitos para parar siete trenes. Pero esta era otra historia.

A la perra esas cosas no le extrañaban porque a sus años ya se esperaba cualquier cosa de los humanos. Nunca olvidaría que sus padres murieron ahorcados por su amo después de servirle bien durante años. Su delito fue hacerse mayores y perder la velocidad punta necesaria para cazar liebres.

Pero de un tiempo a esta parte, el pueblo sin niños jugando en la calle era un misterio que intrigaba a la perra hasta el punto de quitarle el sueño. Y empezó a investigar por qué ahora los chicos no hacían algo que habían hecho sus padres, abuelos y tropecientas generaciones anteriores. Y después de mucho asomarse por las ventanas, de entrar furtivamente en las casas y recorrerlas en busca de niños, y después de muchas cavilaciones tumbada en la acera frente a su casa viendo puestas de sol, llegó a la conclusión de que unas extrañas máquinas, unas pantallas con cosas moviéndose dentro les tenían secuestrados en sus casas, Los niños, hipnotizados por el parpadeo de las pantallas y el continuo bullir de monigotes, apretaban botones incesantemente como ensimismadas gallinas picoteando  en la basura. La perra no sabía lo que hacían pero intuía que los niños de antes eran más felices, más niños, y no estos extraños seres aislados, pasivos, mohinos, estáticos, de caras vacías, largas e inexpresivas, más allá del aburrimiento y el hastío. Niños robotizados que parecían viejos oficinistas atornillados al duro banco como modernos y no menos sufridos  y penados galeotes. Lo que habría agradecido el animal, si alguno de aquellos niños modorros con el culo pegado al asiento de una silla y la vista fija en una pantalla, se hubiera  dado cuenta de su presencia y le hubiera hecho caso, aunque fuera para tirarle un canto.

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