“Españoles que España habéis ganado

labrándola entre lluvias y entre soles.

Rabadanes del hambre y del arado:

Españoles”.

(Miguel Hernández, de su poema “JORNALEROS”)

El pueblo etrusco, con merecimiento o sin él, ha transitado por la Historia sin buena prensa. Virgilio y compañía no debieron tener buen concepto de quienes fueron antepasados y enemigos pues, a la luz de sus crónicas,  la sociedad etrusca ha llegado hasta nosotros como hedonista, corrupta, cruel y lujuriosa. En algunos sarcófagos aparecieron rostros sonrientes, con las comisuras en enigmática posición que ni la Gioconda del genio florentino pudo igualar. Los versos de  Vicenzo Cardelli  lo expresaron bien: «Aquí sonrió el etrusco, un día, reclinado, con ojos a flor de tierra, contemplando la orilla del mar». Una de las mentes más libres, lúcidas y brillantes de las últimas décadas, José Luis Sampedro, se sirvió de tan icónica sonrisa para titular su maravillosa novela.

El arcano no es sólo pretérito, es también presente. Diría que eterno. Hay sonrisas, esbozadas o consumadas, que siempre llamaron mi atención. En ocasiones, Iuistitia, la diosa de la equidad, cubre sus ojos con la venda y echa el lazo a políticos poderosos que creíanse doncellas indesvirgables; quienes, aún esposados y conducidos a prisión, esbozan esa sonrisa entre enigmática y ofensiva. Idéntica mueca se les advierte a sus señorías cuando de algún adversario reciben un repaso retórico y dialéctico; de esos que, durante algún tiempo, merodean por la bóveda de Carlos Luis de Rivera.

¿De qué diablos reían los etruscos? ¿Y de qué reirán estos últimos? Supongo que hay una gran paleta de sonrisas. La risa tonta que aparece porque sí; sin motivo aparente y de difícil clausura. La risa impostora que, acompañada del cimbreo del labio superior, en realidad esconde un gimoteo. La risa soberbia de quien se sabe intocable. La risa gozosa, coincidente con una íntima reflexión: “que me quien lo bailao”. Tiempos de pandemia yembozadas las bocas con sus respectivas comisuras, sólo en los ojos podemos buscar información.

A los fiambres etruscos les debió pasar un poco de todo pues, a la espera del juicio eterno, sus vidas presuntamente pecaminosas dieron paz animosa a sus rostros. No como aquella solterona antigua que, contrita y presintiendo su inminente ascensión, una y otra vez vociferaba: ¡Ay!; me voy a ir sin conocer la gracia de Dios. Y se fue y maldita la gracia que le hacía partir sin aquella otra gracia suspirada, que ustedes imaginan y yo bosquejo.

Esto del pecado es muy relativo, sabe usted, pues entre aquello de no desearás a la mujer del prójimo y la abstinencia hay un trecho por andar. Que andar siempre fue recomendable aunque no siempre recomendado. Hay quienes, desde el origen de los tiempos, andan trastornados con el pecado y después pasa lo que pasa; que pecan mal; como a escondidas y de mala manera, en la falsa creencia de que Dios se pidió un día de asuntos propios. Los muy incautos no saben que Dios todo lo ve y que la consciencia, a diferencia de la Ley de los hombres, no prescribe.

Yo, que soy pésimo cristiano y peor católico, creo que todo es más sencillo. Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Lo demás es filosofía y teología de quien tiene demasiado tiempo para pensar. Creo que fue San Felipe Neri quien, con magistral simpleza, nos exhortó: Sed buenos, si podéis; lo demás es vanidad. Qué razón tenía Felipe que, además de santo, debió ser sabio. La bondad, la buena, apacigua y se ejerce en silencio. La vanidad, no la hay buena, necesita figurantes y es insaciable. Lejos de insuflar plenitud, con mucho regala efímeros destellos de conquista que se desvanecen como la niebla. El éxito y el fracaso, en sus acepciones más mundanas, son un par de impostores. Borges, no sé si santo pero sí muy sabio, nos advirtió que cuidásemos del propio jardín sin esperar a que nadie nos trajese flores.

Se colige, pues, que hay una sonrisa franca y placentera de origen lícito, que nada cuesta al sonriente y mucho agrada a los presentes. Mas reconozco, que es a lo que iba, que hay otras risas que me desazonan, que hacen removerme en el sillón. A falta de más información, no me queda otra que especular sobre las sonrisas impostadas y las soberbias, que son las que de veras suscitan mi interés.

¿De qué reirán quienes, entre flashes y alcachofas, van camino de la trena? Supongo que en el transcurso de sus fechorías barajarían la peor de las contingencias posibles: ser trincado. Echarán cuentas para sus adentros: “Seis años; con buena conducta (siempre fui muy educado y huelo bien) en tres fuera. Pero no devolveré ni un euro y cuando salga de aquí a vivir que son dos días y la mitad durmiendo.”

El ex Molt Honorable solía cerrar las ojos mientras nos sermoneaba y se erigía en un home d’estat. Tal era su soberbia que ante preguntas que él dictaminaba como impertinentes, sentenciaba: “una altra pregunta que aquesta no toca.” Oye, y no rechistaba nadie. Pero, ¿por qué cerraría los ojos? Igual era “pa” reírse “p’adentro” de una forma íntima y desapercibida. Creo que anda por el Pirineo gerundense, descojonándose del gentío al que una vez estrelló con la “estrellada”mientras amasaba una fortuna para él y su prole. Dicen que, para blindar su inimputabilidad, se hizo con secretos de Estado que atenazan excelsos y muy distinguidos escrotos. Ni el mismísimo Wifredo “El Velloso”, mitológicamente elevado a los altares como fundador de la Nació Catalana, pudo sospechar cuán provechoso sería el nacionalismo para algunos cepillos que, como los de misa dominical, llamaban a la solidaridad de fervientes devotos.

No seamos cándidos. Lo de Pujol y cía. no es más que la punta de un iceberg que anda a la deriva por el Mar del Norte. Un témpano de hielo, níveo y radiante en superficie pero que esconde un vasto inframundo de apaños y vergüenzas compartidas. Y si no, que se lo pregunten a Villarejo o a Bárcenas, efigies de tiempos decadentes y centinelas de secretos que, de emerger, desdibujarían muchas sonrisas quién sabe si etruscas pero en todo caso ibéricas.

Como ven, hay regocijos llenos de misterio. Naturalmente que España necesita una Segunda y desinfectante Transición. Mañana es tarde. Nada me gustaría más que ruiseñores de sangre desbordada y atrevida juventud  rieran los últimos y mejor.    

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