Albert Rivera dice que Pedro Sánchez lleva un año “jugando con los huesos de Franco” para dividirnos en “rojos y azules”. Pablo Casado asegura que no gastaría ni un solo euro en desenterrar al dictador del Valle de los Caídos. Son los viejos tics autoritarios de la rancia y carpetovetónica derecha española que no se atreve a romper con el pasado y con el cordón umbilical sumiso y reverencial que todavía la une al patriarca fundador.

Sin embargo, hay una diferencia sustancial entre ambos líderes políticos a la hora de encarar el espinoso asunto de la momia o momio (el término exacto lo dejamos para los filólogos). Mientras Rivera sigue mostrando su lado más patriotero y escuadrista, mientras sigue empleando un lenguaje guerracivilista, bélico, cañonero, Casado ya está viendo la trampa, el grave error que supone entrar en una batalla que está perdida desde el mismo momento en que el Tribunal Supremo ha zanjado la cuestión dejando claro que los restos del dictador tendrán que salir sí o sí del mausoleo de Cuelgamuros.

Podría decirse que, aunque es cierto que tanto Rivera como Casado siguen sin condenar el franquismo −poniéndose de perfil ante unos magistrados que como ángeles negros han venido a hacer Justicia universal y a solventar una anomalía histórica tras cuarenta años de democracia, que se dice pronto− uno y otro sufren de diversa manera el fallo del Alto Tribunal. El primero no puede evitar que le aflore una y otra vez el joven y vehemente José Antonio que lleva dentro, la cabra que tira de él hacia el monte de Rentería o Vic para inmolarse en territorio enemigo-separatista por Dios y por España; el segundo empieza ya a morderse la lengua, a tararear el Cara al Sol solo entre dientes y en la intimidad, a asumir las cosas buenas que tiene ser “derechita cobarde”, tratando así de que el tic, la manía, la neura retrofranquista, se le note lo menos posible.

Ambos líderes políticos siguen evitando soliviantar la memoria del viejo general, lo cual no es ninguna sorpresa. Pero la forma de encarar el golpe en uno y otro partido va a ser distinta durante esta campaña electoral. Rivera parece dispuesto a seguir con su programa patriótico y trasnochado que por lo que se ha visto no ha tenido éxito ni ha cuajado entre los españoles. Más allá del discurso machacón del presidente de Ciudadanos sobre la sempiterna unidad de España, sobre la gestación subrogada y otros clásicos del “hit parade” naranja como los impuestos de los autónomos, Cs ilusiona cada vez menos y quizá por eso los últimos sondeos le auguran una pérdida de hasta 25 escaños. Una auténtica ruina. A ese hundimiento del proyecto ideológico (todo partido político es una idea que triunfa o fracasa) contribuirá sin duda que Rivera se haya desmarcado tan cobardemente de la exhumación de Franco. No ha debido gustar el guiño franquista del jefe a un importante sector de las bases y votantes, los civilizados liberales de salón, aquellos que llegaron a pensar por un momento, erróneamente, que estaban ante un partido moderno a la europea cuando en realidad se encontraban en una reedición 2.0 de la Falange Española Tradicionalista y de las Jons.

No es el caso de Casado, que ya va viendo cómo funciona esto de las corrientes políticas. Al hombre no le va mal en los sondeos, y aunque sienta cierta nostalgia de los tiempos pretéritos, aunque siga echando de menos el NO-DO en los cines y la Guardia Mora desfilando cada fin de semana por la Castellana, Casado lo llevará más por dentro, reprimirá todo lo posible los impulsos, mantendrá a raya el mono franquista y dará por bueno que el CIS (por fin) le esté dando un alegrón en las encuestas. Si él sube es porque Ciudadanos y los ultras de Vox bajan, de modo que el sucesor de Rajoy empieza a darse cuenta de cuál es el camino a seguir para salir de la travesía en el desierto (por cierto, desde que se ha dejado barba parece el Moisés de la derecha española perdida y extraviada y solo le falta el báculo).

Sería absurdo que ahora que le va mejor con los números de Tezanos, el líder popular se metiera en el charco de Franco, visto que el giro a la derecha solo conduce a su partido al precipicio, a la fragmentación del voto conservador y al descalabro electoral. No superaría tener que pasar otra vez por una debacle en las urnas y por el trauma de tener que poner el cartel de “Se Traspasa” a Génova 13. Porque Casado podrá ser un sentimental del franquismo sociológico. Pero no es tonto.

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