Foto: Semana Negra de Gijón

Ningún otro género literario ha ajustado cuentas con el capitalismo de una forma tan sistemática, implacable, eficaz y justa como la novela negra. Desde Dashiell Hammett hasta Stieg Larsson, la historia de este género literario no es más que la denuncia constante y permanente contra la corrupción en las altas esferas, el crimen organizado, la mafia y el ladrón de guante blanco. Como telón de fondo del crimen que suele servir de excusa a la narración, a menudo aparece la miseria humana y económica, la lucha de clases, la explotación de unas capas sociales sometidas y humilladas que pagan los abusos de aquellos que manejan los hilos del poder. 

Sin duda, el marxismo como ideología que denuncia el fracaso del sistema capitalista siempre ha estado inspirando, íntimamente y en lo más profundo, a los grandes autores del género. Desde ese punto de vista, podría decirse que no hay nada más subversivo y revolucionario que una novela negra, ya que sus argumentos siempre críticos con la realidad, sus acertados retratos de policías y criminales más o menos arquetípicos y sus discursos claramente antisistema, ponen patas arriba el establishment y atentan directamente contra los poderosos, esos que mueven los hilos en algún lugar allá arriba.

Ese ha sido el interesante punto de partida para la mesa redonda que bajo el título De Gramsci a Mandel: marxismo y novela negra se ha celebrado estos días en la Semana Negra de Gijón, y en la que han participado los escritores Juan Madrid y Alejandro M. Gallo, así como el profesor de la UNED Ramón del Castillo. Gallo, que acaba de publicar su última novela, Franco debe morir, abrió fuego resaltando la importancia del componente realista en la novela negra, ese carácter de denuncia de una sociedad desigual e injusta que va implícito en el género. “Obras de novelistas conservadores parecen escritas por progresistas, caso de Dickens o Balzac, y es así porque la cuestión no es que el autor sea de una u otra ideología, sino el realismo: si tú cuentas la realidad tal como es, estás haciendo una interpretación materialista, descubriéndonos la miseria, y eso es progresista aunque lo haga un conservador”.

Por su parte, para Juan Madrid la novela negra se alimenta del mismo miedo de la burguesía a perder el poder, de tal manera que la policía no es más que el instrumento represor de las clases más humildes, mayormente proletarios que emigraron del campo a la ciudad en busca de un futuro mejor. Es en ese contexto de la primera revolución industrial, en medio de humeantes fábricas y paupérrimos barrios marginales, donde se hacinan las masas de obreros en condiciones de vida miserables. Y ahí brota el caldo de cultivo perfecto de la novela negra moderna, que va mucho más allá de la novela policial para adentrarse en el terreno de la novela social. “En París se genera un miedo de la burguesía a ser robados, violados, matados. Los burgueses son absolutamente miedosos, siempre lo han sido; piden ayuda a la policía constantemente e, igual que hoy, se quejan de supuesta inacción. Esa inseguridad genera una manera de ver el mundo, un imaginario muy especial. Hay una necesidad de castigo y una percepción de impunidad de la delincuencia que la literatura comienza a reflejar”. En esa misma línea va toda la sociología sobre la novela negra de Ernst Mandel, un análisis de referencia para entender la función social e ideológica que desempeña el género noir como denuncia de la corrupta sociedad burguesa.

A su vez, Ramón del Castillo hizo un detallado repaso a los filósofos que se han ocupado del asunto, desde Kracauer a Walter Benjamin, pensadores que desde una perspectiva marxista abordaron el papel del género a lo largo de la historia. “No se trata de elucidar qué mensaje tienen estas novelas, sino la forma como los escritores las construyen; la forma  como mensaje. Estudiar literatura no es como exprimir un limón y sacar el jugo de su mensaje; se trata de analizar construcciones formales”. Entre todos los autores, el profesor de la UNED destaca la contribución de Antonio Gramsci, filósofo, teórico marxista, político, sociólogo y periodista italiano. Gramsci fue uno de los fundadores del Partido Comunista Italiano y sufrió en sus propias carnes los efectos de una trágica trama negra, cuando fue encarcelado por Benito Mussolini. Entre rejas fue capaz de escribir sus célebres Cuadernos de la cárcel mientras se retorcía de dolor y sufrimiento por el mal de Pott, la tuberculosis y la arteriosclerosis, que venían a sumarse a las amarguras de la infancia, cuando sufrió una caída que le provocó una grave deformación de columna, lo cual le impidió un crecimiento normal y estancó su estatura en apenas metro y medio. “En la cárcel, sin biblioteca, ni Internet, ni WhatsApp, ni hostias, sólo con revistas que le pasaban y una memoria de la leche, empieza a preguntarse por qué los intelectuales denostan estos géneros y por qué no deberían denostarlos. Ahora parece normal que los intelectuales hablen de The Wire, de Juego de tronos, pero en la entreguerra que un comunista encarcelado se preocupara de estas cuestiones era algo revolucionario”. Del Castillo contrapuso dos personajes paradigmáticos: Sherlock Holmes, una máquina de resolver crímenes desde el pensamiento racionalista/positivista, y el padre Brown de Chesterton, un sacerdote católico que “es un buen detective porque se mete en el cerebro del criminal e, imaginándose al criminal, y siendo tan humano como el criminal, acaba entendiendo por qué ha hecho lo que ha hecho. Gramsci prefiere la empatía criminalista del padre Brown que el frío racionalismo protestante de Holmes”, asegura el profesor.

Que tiemble por tanto la burguesía, esa clase social tan aficionada, ayer y hoy, al consumo alegre de novela negra. Porque muchos de quienes abren las tapas de todos esos libros peligrosos y subversivos no son conscientes de lo que tienen entre manos ni alcanzan a imaginar que Sam Spade y Philip Marlowe han hecho más por la causa obrera que El capital de Marx.

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1 Comentario

  1. La semana negra es una buena iniciativa manipulada por una mafia como todo lo que ocurre en Asturias. Pueblo grandón y babayu, muy insolidario.

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