El poder suele tener subsuelos, partes no visibles que le sirven para mantenerse firme, sobre todo cuando al suelo sobre el que se apoya, le falta firmeza. Lo explicaba con una frase alguien que conoce bien las partes ocultas, las trampas del poder: “El Estado de derecho también se defiende en las alcantarillas.” Eran los años ochenta y a Felipe González le rebosaban esas alcantarillas; se trataba de una de las prácticas de las cloacas, el terrorismo de estado. ”El poder es una charca pestilente que corrompe a todo aquel que se acerca a ella.”  Lo decía alguien que sabía de los juegos trucados de las altas instancias, era Pi y Margall, efímero presidente de la efímera primera república, un rara avis en los altos cargos institucionales españoles que suelen estar ocupado por los señores x y similares, con unas actuaciones que recuerdan a lo que hemos visto tantas veces en las películas: “Las cloacas no generan mierda, la limpian.” Y quien acaba de decir esto podía ser, precisamente, el protagonista de una de esas películas donde mafia y poder se parecen hasta confundirse. Luego de escuchar sus grabaciones y mostrarse los discursos subterráneos que se dan en los entornos del deep state, pudimos ver y oír al comisario Villarejo al salir de la cárcel y no defraudó: parche pirata en un ojo, banderita patriota en la mascarilla, lenguaje tabernario y estilo chulesco, amenazando con indirectas. Villarejo es la fotografía de la historia reciente española: policía procedente del franquismo, forjado en Euskadi en la lucha antiterrorista y luego ocupando responsabilidades en la inteligencia del estado. Se nos presenta a este señor como alguien pintoresco que aprovechó sus “funciones” para enriquecerse, deslumbrándonos con el baile de millones, pero eso solo es una parte, porque más allá del personaje, está el paisanaje. En el estado español abundan los Villarejos de uno u otro tipo, que circulan cómodamente por unas alcantarillas  que vienen del franquismo, han sido protagonistas en la transición y ahí siguen, pues siempre han sabido adaptarse a las formas y circunstancias.

Las democracias reales deben tender a dotarse de contrapoderes reales que puedan limitar o controlar las maquinarias del poder. Los sistemas autoritarios, democracias formales o anocracias, tienen una importante base en las alcantarillas de las que hablaba Felipe González.

Las cloacas sirven para que el estado pueda violar sus propias leyes, actuar contra disidentes, chantajear y acosar, crear relatos, impedir cambios sociales o políticos… Las cloacas son muy útiles y antiguas, ya hablaba de ello Maquiavelo y algunos le señalan como el teórico del estado moderno. Es curioso que aquí se valore tan positivamente ser hombre o partido de estado, pues con lo que se está conociendo gracias a la crisis del régimen y sus grietas, es casi sinónimo de ser mafiosos o delincuentes, aunque sean Vip. Porque las cloacas están muy presentes en la historia reciente, del caso Scala en los inicios de la transición, a la vigente Operación Cataluña, tenemos terrorismo de estado, torturas y violación de Derechos Humanos, las partes ocultas del plan Zen, la policía patriótica, entre otras muchas, algunas de las cuales desconocemos.  Porque las alcantarillas españolas son calles enmoquetadas, despachos oficiales, por las cuales circulan autoridades gubernamentales con sus alternancias, élites judiciales, militares y policiales, actúan con una cierta comodidad, pues los protege todo un marco jurídico, como por ejemplo, la Ley de secretos oficiales procedente de la dictadura. Y no olvidemos que en las cloacas se fabrican parte de los relatos y campañas que, utilizando los métodos propagandísticos de un tal Goebbels, tienen sus buenos altavoces.

 Francisco Pi y Margall, consciente de los abusos y la burocracia del poder, planteaba su subdivisión en diversos organismos, su descentralización, que la maquinaria del estado se construyese de abajo hacia arriba. Por desgracia, de momento, no ha sido profeta; hoy ocurre todo lo contrario; la oligarquización del poder se impone a todos los niveles. Para los Felipe González y similares, el único poder que debe haber abajo, son sus alcantarillas.

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Escritor. Colaborador del periódico El Comercio y otros medios digitales. Autor de los libros, la novela El tango de la ciudad herida, el libro de relatos Los viajes de Eros, las novelas Los amantes del hotel Tirana (premio Ciudad Ducal de Loeches) y Decir deseo (premio Incontinentes de novela erótica). Premio Internacional de periodismo Miguel Hernández 2010. Más de una docena de premios y distinciones de relatos. Autor de diversos prólogos-ensayo de autores como Robert Arlt y Jack London, así como partiipante en varias antologías literarias, la última “Rulfo, cien años después”.

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