Las recientes elecciones generales han estado fuertemente marcadas por el temor del sector progresista al avance de la ultraderecha y, por ende, a la posibilidad de que este bloque (conformado por PP-Ciudadanos-Vox), pudiese gobernar en el Estado español. En la contención de la victoria del trío de derechas ha jugado un papel esencial Unidas Podemos y su discurso moderado y claramente pactista con el PSOE. Todo un sacrificio que saldrá bien en la medida en la que Pedro Sánchez rechace formar gobierno con ellos.


En la nueva deriva de la política Estatal –es decir, después del fracasado sorpasso de Unidas Podemos y la irrupción de la ultraderecha en la vida parlamentaria– el pensamiento y sentimiento hegemónico del electorado gira en torno al conservadurismo. El cuestionamiento de los pilares del régimen, al socaire de una crisis económica sin precedentes en la historia reciente del capitalismo occidental, han dejado de ser la prioridad de una sociedad de consumo que augura en su pensar más inmediato recuperarse como clase media.

Una clase media que no cuestiona nada, ni si quiera un concepto tan patético que, más que definirles, les humilla frente a los poderosos. Son los que desean mantener las viejas instituciones intactas –monarquía, bipartidismo, organización territorial, economía de mercado– y no duda, en caso de verse en peligro, por votar a aquellos grupos políticos que mejor defienden las viejas tradiciones del régimen (PP-Ciudadanos-Vox).

Los sondeos daban una clara victoria, sin acercarse a la mayoría absoluta, al PSOE de Pedro Sánchez. Al doctor le avalaba un gobierno que ha representado, pese al pretendido desgaste del trío de derechas, un pulcro respeto a las instituciones clásicas del Estado e introducido, en pequeñas dosis y empujado por Unidas Podemos, las reformas sociales y laborales que el propio sistema económico permite para contener la tensión social. Es decir, el partido del régimen, los padres del sistema, haciendo lo que mejor saben hacer, que no pase nada.

Por eso el PSOE, sabedores de que se encontraban en una situación privilegiada, pues habían llegado al gobierno aupados por un bloque mayoritariamente progresista para echar al corrupto PP, veían como el bloque de derechas se partía en tres dividiendo sus opciones de victoria y, además, contemplaba como la izquierda que aspira a ser transformadora tornaba su discurso hacia posturas más reformistas; contemplaron como la oportunidad más idónea para tomar verdaderamente las riendas de su régimen convocar unas elecciones que les diese mayor poder parlamentario para no depender tanto de Unidas Podemos y tranquilizar así al establishment.

Por su parte, Unidas Podemos tomó para sí, antes que nadie, la bandera de contención de la ultraderecha. Y lo hizo en un momento de claro retroceso electoral, en el que sus antiguos votantes huían despavoridos del discurso de clase, del pensamiento crítico y de transformar sus vidas. El temor a la polarización de la vida política por, como dicen los “expertos”, ambos extremos ideológicos contagió a todo el electorado progresista envalentonando así a la derecha.

Frente a esta situación, la estrategia de Unidas Podemos consistió en no “tensionar” más los extremos para frenar el crecimiento del bloque de derechas. Y lo hizo recalentando a fuego lento un discurso conciliador y moderado consistente en recuperar valores de la socialdemocracia, en el que ya no se hablaba de cambiar el régimen y sí de consolidar ciertos aspectos fundamentales que recoge su “carta magna”. Además, se decía abiertamente que, el objetivo tras las elecciones era entrar en un gobierno de coalición con el PSOE de Pedro Sánchez.

De esta forma, si bien Unidas Podemos habían sacrificado su discurso, el resultado final, desde el punto de vista electoral, no fue tan malo. El presumible batacazo se convirtió en caída y su discurso moderado ayudó a que gran parte del voto progresista fuese a parar al partido con el que Unidas Podemos quería pactar: el PSOE.

Con esta tesitura política, el votante progresista de clase media, con aspiraciones a mantener el statu quo, es decir, movidos por el temor a perder lo que el régimen les “había dado” (bienestar, tranquilidad y estabilidad), se movilizó y apostó por el partido creador del régimen con la seguridad, además, de que tras las elecciones iba a encontrar en Unidas Podemos el socio de gobierno ideal.

Ahora bien, y llegados a este punto, conviene decir que la sacrificada estrategia de Unidas Podemos basada en abandonar el discurso transformador –aunque fuese débil y en continua reconstrucción– por uno reformador que aupara al socialiberalismo en contraposición a las derechas, tiene su salvación en el no rotundo de Pedro Sánchez. Un no que más temprano que tarde va a llegar.

Y llegará porque el PSOE también sabe de estrategias (más que nadie), y, al igual que ellos han evitado la crítica a Unidas Podemos para no cometer el mismo error que Susana en Andalucía (la lucha frontal del PSOE hacia Adelante Andalucía benefició al trío de derechas), sino que, más bien, les ha agradecido su apoyo a lo largo de la legislatura y reconocido su labor parlamentaria; ahora entienden que es el momento de romper las amarras de esa “electoral alianza discursiva” y volver a las posiciones tradicionales: dame el apoyo de envestidura y continua con tu labor de crítica constructiva hacia nuestra gestión.

El rechazo de Pedro Sánchez a un acuerdo de gobierno con Unidas Podemos sería perfectamente entendible para cualquier analista político, pues, una vez salvada la Moncloa de las derechas, cada cual puede continuar con su rol político. Lo que sería impensable es ver al partido del régimen por excelencia dar cobertura en su gobierno a miembros Unidas Podemos quienes, pese a su moderación, sigue conteniendo en su ser propuestas radicales.

Por tanto, el presumible “fracaso” de las negociaciones para entrar en un gobierno debe verse como una salvación para el proyecto de Unidas Podemos. De cara al electorado progresista se muestra que la disposición de dicha organización era plena y, por otra parte, va a permitir o eso espero, echar el freno de mano en las direcciones políticas para entrar, sin prisas y desde un punto de vista reflexivo, en un proceso de orientación definitiva clara y contundente que no se vea determinada por los procesos electorales.

1 Comentario

  1. incluso el programa rural dl PP$.e
    es peor que no ya d UP sino del PP…
    y gano por el voto util antivox
    ademas de ser lavado por ellos qedando mas ala izda

    hay todavia demasiado alarmismo en el voto español
    ya qe lo mismo se hub podido parar el fascismo votando a UP
    y mas cn sus propiuestas reformistas socialdemocratas

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

dos × tres =