República de trabajadores, así la definía la Constitución de 1931. En concreto decía: España es una República de trabajadores de toda clase, que se organizan en régimen de Libertad y de Justicia. No está mal para definir la más formidable experiencia de modernización y europeización que había de vivir España en todo el siglo XX.

Mala suerte que aquella experiencia topara con la animadversión de quienes desde sus posiciones de privilegio social, eclesial, cortesano, económico y militar decidieron torpedear cualquier intento de dar solución a los seculares problemas de España.

Problemas como el dominio y posesión de la tierra, problemas de imposición de las ideas tradicionalistas del catolicismo más rancio, problemas de desigualdades sociales, de pobreza y miseria en las ciudades y en el campo. Los problemas nunca bien resueltos de los antiguos fueros y los modernos nacionalismos, o aquellos otros derivados del intervencionismo golpista de un ejército enfangado en guerras carlistas, o aventuras imperiales en declive.

En Europa, la experiencia republicana española coincide con el ascenso generalizado de los fascismos, de forma exitosa en Italia, o Alemania, pero tolerado en muchos países, como Gran Bretaña, o Francia, donde los movimientos  fascistas son valorados como diques de contención ante el fantasma del comunismo bolchevique triunfante en Rusia.

La República española fue ahogada en sangre de miles de mujeres y hombres aplastados por la apisonadora del ejército de los generales franquistas, entrenado en las refriegas de las montañas del Rif a base de masacrar rifeños.

Mientras los militares sublevados contra la legalidad republicana recibían el descarado apoyo económico, de tropas, tanques, aviones y armamento de los exitosos dictadores europeos, las desorganizadas masas que terminaron formando el Ejército Popular de la República fueron abandonadas a su suerte por las democracias europeas ocupadas en fórmulas y pactos para apaciguar y adaptarse al ascenso de los fascismos.

Mis abuelos formaron parte de aquellos que acudieron a taponar la brecha y combatir en defensa de la República. Uno murió en el exilio, en alguno de aquellos campos improvisados en las playas. El otro pagó con cárcel y con exilio interior su osadía de oponerse a los designios del hombre enviado por Dios para salvar a España.

No sabría decir muy bien si España es hoy un Estado fallido, pero sí sé que es un Estado que arrastra la pesada carga de su incapacidad para resolver los problemas de su pueblo, a causa de la existencia de una derecha incapaz de democratizarse y atenazada, acomplejada, por las posiciones más rancias y ultraconservadoras, cercanas al franquismo. Una ultraderecha dispuesta a provocar continuos enfrentamientos en los barrios, en los pueblos y en cualquier espacio público, como están demostrando en la campaña electoral madrileña.

La República de trabajadores cumple este 14 de abril 90 años. Haremos mal la izquierda de este país en anclarnos en la memoria de la brutalidad franquista para reivindicar la llegada de una nueva República, porque sólo creando una cultura republicana de mujeres y hombres honestos, comprometidos en la defensa de la res pública, lo que es de todas y todos, la sanidad, la educación, los derechos sociales, el empleo, el bien común, podremos abrir las puertas a una sociedad libre y justa.

Aquellos que hoy quieren borrar de nuestras memorias a los poetas, o de las calles a figuras como Besteiro, Indalecio Prieto, o Largo Caballero, deberían aprender de la lección de este último, cuando al finalizar la Guerra Mundial y tras ser liberado del campo de concentración nazi de Sachsenhausen, poco antes de su muerte, nos contaba:

-Hace unos años, en un mitin celebrado en el cine Pardiñas de Madrid, hablamos Besteiro, Saborit y yo. En mi peroración dije, si me preguntan qué es lo que quiero, contestaré, República, República, República. Hoy, si se me hiciera la misma pregunta, respondería Libertad, Libertad, Libertad. Pero Libertad efectiva; después ponga usted al régimen el nombre que quiera.

Porque República es Libertad, igual que Izquierda es libertad. Mucho más que una memoria aferrada al pasado, la República es el ejemplo que mira hacia el futuro.

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2 Comentarios

  1. A la República le sucedió como a nuestra actual democracia, que mientras duró las criticas le llovían por todas parte, y solo la defendieron cuando era demasiado tarde.

    Los anarquistas querían derrocarla para construir una sociedad sin estado. Los comunistas querían derrocarla para instaurar la «dictadura del proletariado». Los nacionalistas vascos y catalanes conspiraban contra ella para construir sus propias naciones.

    Los antisistema quemaban iglesias en Madrid, los nacionalistas proclamaban la Independencia de Cataluña (como ahora) los socialistas hacían la revolución o un golpe de estado según se mire, en Asturias, y los «antifascistas» de turno se tomaban la justicia por su mano.

    Josep Plá por entonce periodista en Madrid se asombraba de la inconsciencia de la izquierda ante la quema de iglesias, Chavez Nogales documentó el despropósito de la revolución Asturiana, y Manuel Azaña se quejaba amargamente «El Cuaderno de Pobleta) de la traición de nacionalismo catalán a la República.

    Ese era el panorama que alentó al fascismo a levantarse y a encontrar a una parte importante de la población dispuestos a apoyarlos.

    Deberíamos aprender del pasado y defender nuestra democracia, para evitar que los totalitarios de derecha o de izquierda, tengan tentación de volver a las andadas.

    • Ortiz: Lo que tu denominas la «actual democracia» no le llega ni a la suela de los zapatos a la II República. En primer lugar, todos los cargos de poder dentro de la cúpula del Estado eran electos por los ciudadanos. El clerical-fascismo (la iglesia católica junto a civiles) siempre estuvo con la voluntad de derrocarla hasta que lo consiguió gracias a unos militares felones y traidores (Franco, Mola, etc…). Existía la separación Iglesia/Estado; hoy todos los españoles, seamos creyentes o no, estamos obligados a financiar al Estado Vaticano, que eso es la Iglesia católica, un Estado extranjero que nos domina.

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