La representació del poder


 

Estímulo número 1:

Oriol Bohigas ha ejercido la arquitectura desde diversas posiciones de responsabilida a lo largo de más de sesenta años. A este hecho se le suma un talento considerable para la escritura, tan remarcable que, de hecho, merece pasar a la historia de las letras catalanas. Los tres volúmenes de sus memorias (ahora editados conjuntamente), que escribió durante los últimos treita años de su vida profesional, constituyen uno de los documentos imprescindibles para entender tanto la formación de nuestro espacio público como de buena parte de nuestro panorama cultural. Las últimas páginas las escribe, ya anciano y enfermo, en plena crisis. En ellas, entre otras cosas, se queja de que las nuevas generaciones de arquitectos no han conseguido tomar el pulso a la arquitectura institucional y representativa del país.

No es mi intención interpretar su escrito. Sería condescendiente. Sí lo es contextualizar su afirmación y extraer conclusiones. Oriol Bohigas es hijo del Novecentismo. Vivirá la Guerra Civil con un cierto grado de lucidez, empezará a ejercer en plena autarquía y, ya maduro, se comprometerá con dar forma al nuevo estado democrático que sale después de la muerte de Franco. Sigue comprometido con una izquierda militante, institucional, representativa, solemne, acostumbrada a ejercer desde el poder delegado. Muchos de estos representantes se prepararon décadas a tal efecto. A la vista quedan las cosas que hicieron, que, con todos los peros que se les pueda añadir, marcaron la arquitectura del país.

El grueso y la diversidad de sus encargos lo llevaron a una reflexión profunda sobre las arquitecturas institucionales, reflexión que hizo, sobre todo, construyéndola. La relación de Bohigas y su estudio MBM con el poder no fue tan directa ni tan fácil como pueda parecer. En otro episodio de sus memorias Bohigas cuenta como perdió toda oportunidad de construir el Teatro Nacional de Cataluña por causa de la reforma del Teatro Poliorama, donde las formas de un teatro a la italiana, con caja escénica tras la clásica cuarta pared, convivían con paramentos baratos de azulejos y cerrajerías de catálogo consideradas poco solemnes, rudas, inadecuadas para la representación de la representación que constituye asistir a una obra de teatro.

 

Estímulo número 2:

Hará pocas semanas RCR arquitectes me invitaron al acto solemne donde se les entregaba la Medalla de Oro de la Generalitat.

Era la primera vez que entraba en el Palacio de la Generalitat, y ellos, con aquella autoridad que da que te premien, pidieron a un mosso que me mostrase la planta noble del Palacio, uno de los grandes edificios del país formado por un cuerpo de un bellísimo gótico civil organizado alrededor de un patio y un claustro al que se adosó un edificio renacentista que fuese a buscar la plaza de Sant Jaume. El conjunto es magnífico, emocionante: arquitecturas bien cuidadas, reformadas para que encajen las unas con las otras, adecuadas según interesantes proyectos cada pocos años, el último de los cuales, realizado durante la época Maragall, consiguió domesticar estos espacios haciendo convivir el trabajo diario de políticos y funcionarios con unos espacios que tienen tanto de solemne como de poco doméstico. El conjunto siempre ha mantenido, y todavía mantiene, el tono que le corresponde.

Es uno de los grandes ejemplos de arquitectura de este país que deberíamos visitar aprovechando cualquier jornada de puertas abiertas de las que se organizaron regularmente.

 

Una impresión:

Cuando mi cabeza ató estos dos estímulos me puse a pensar que igual el problema no es tanto tomar el pulso a las arquitecturas institucionales como que esta nueva generación de arquitectos está ejerciendo durante una crisis institucional profunda que me atrevería a resumir en tres aspectos de importancia creciente: el primerio, el aspecto kafkiano que han tomado estas instituciones, víctimas de un aparato burocrático ineficiente, sobredimensionado en algunos aspectos, desesperadamente necesitado de personal en otros, víctima de unas normativas draconianas que, literalmente, las ahogan. Segundo, una crisis de representatividad seria: lo políticamente incorrecto está expulsando a mucha gente válida de posiciones representativas sin que toda esta parafernalia deje de excluir buena parte de la sociedad, cada vez más dividida y enfrentada. Tercero y más relevante, la sociedad está cambiando de modelo a marchas forzadas y de manera irreversible: el aspecto más relevante de este cambio de modelo social es una alteración de nuestra pirámide demográfica de consecuencias imprevisibles. Políticamente se discute mucho sobre la representatividad de nuestras instituciones que, en momentos puntuales, han llegado a ser obviadas o dobladas por asambleas que ejercen la democracia por vía directa, a mano alzada. Cuando esto ha pasado las formas de esta representación se han improvisado en nuestro espacio público, reciclando lugares como plazas, calles o recintos polideportivos mientras las arquitecturas institucionales quedaban intactas.

Los arquitectos han acostumbrado a hacer bien este reciclaje de lo institucional cuando han tenido oportunidad de ello. Allá quedan episodios como la reforma del Reichstag por parte del estudio de Norman Foster, tan sensible a la memoria histórica como atento a la relación entre el pueblo y sus representantes al colocar físicamente el primero por encima de los segundos con aquella galería que permite observar las sesiones del parlamento de manera directa. Esta reforma no ha sido una excepción, sino un episodio más de una relación entre arquitectura y democracia francamente sensible y fructífera.

Es decir: la representación del poder sigue siendo institucional, dejando, de momento, estas formas alternativas de representación como un poder que dobla el primero sin lugar ni forma establecidos. Sin que lo haya visto escrito en ningún lugar estos arquitectos de la nueva generación (la mía) lo tienen todo claro. El tema, pues, no es tanto arquitectónico como de qué manera se resuelve esta crisis. Luego construiremos el resultado. Estamos preparados para hacerlo.

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