Santiago Abascal está intentando promover una moción de censura en otoño para derrocar a Pedro Sánchez, pero por lo que se ha visto en el Congreso de los Diputados va camino de quedarse solo. El líder de Vox, tan metido como está en el papel de nuevo Caudillo español, se ha dejado llevar por la furia y el fervor patriótico sin caer en la cuenta de que hay algo más importante que España: las matemáticas. Las cuentas no salen, la suma de las derechas no da para sacar de la Moncloa al presidente socialista y este ya ha advertido a sus adversarios políticos conservadores de que se preparen para una legislatura “larga y fructífera”.  

Sin embargo, la arenga mitinera y cuartelera lanzada desde la tribuna de las Cortes por el dirigente ultraderechista –que ha llamado a todos los españoles de bien a conjurarse en una nueva cruzada nacional para librarse del yugo del Gobierno “socialcomunista” empeñado en llevar a España a “la ruina, la muerte y la opresión”–, no ha sido bien acogida en las filas del Partido Popular. Teodoro García Egea ha expresado el rechazo de los populares a la moción de censura al considerar que se trata de una “maniobra de distracción” que reforzaría al PSOE. Es lo más cuerdo y sensato que se le ha oído decir en el Parlamento al campeón mundial de lanzamiento de huesos de aceituna. Efectivamente, la moción de censura estaría abocada al fracaso de antemano y solo serviría para investir a Pedro Sánchez por segunda vez, consumando así una nueva derrota de Pablo Casado, que ya lleva cosechados unos cuantos descalabros. Últimamente, con tanto gol encajado, al presidente del PP se le está poniendo una cara de perdedor que ni el portero aquel del 12 a 1 del España-Malta (y perdón por el símil futbolero facilón).

Lo cierto es que no hay nada en el mundo que a Casado le motive más que subirse al carro blindado de Abascal y tomar parte en ese pronunciamiento parlamentario contra el Gobierno republicanote de coalición. El problema es que no puede hacerlo porque no serviría de nada. Sabe perfectamente que la moción de Vox es una misión imposible, uno de esos juegos de batallitas heroicas para salvar España que todo patriota lleva dentro de sí, en lo más profundo de su subconsciente infantil, pero que no va a ninguna parte. Algo parecido a lo de organizar manifestaciones domingueras en coche simulando la toma de Madrid. Performances falangistas, puestas en escena con mucha propaganda pero poca eficacia. Así que Casado no moverá ficha. Y en ese punto se encuentra el líder del PP. Atrapado en una encrucijada diabólica. Por arriba tiene un techo electoral infranqueable de momento, los miserables 90 escaños que como mucho le da el CIS de Tezanos. Por abajo tiene unas divisiones embarrancadas que esperan a que el general Núñez Feijóo dé un paso al frente. A su derecha, se encuentra con el muro con alambrada que Vox le ha colocado sin compasión (como si Casado fuese un inmigrante de las pateras) y que le impide crecer por ese margen. Y por el centro se topa con la rehabilitada Inés Arrimadas, que lo está haciendo mejor que él y ya le ha comido algunas tostadas. Las cosas no marchan bien, y no será porque el joven candidato popular no se ha dejado la piel en los últimos meses. El hombre lo ha probado todo para echar a Sánchez de la Moncloa: intrigar con los supremacistas holandeses en contra de España, echar los muertos del covid a la cara del presidente, mentir, insultar, falsear las estadísticas, pactar con la extrema derecha… Ya solo le falta vestirse de gentleman inglés, con el bombín y el bastón, y ponerse de lado de Boris Johnson, que estos días se ha propuesto hundir el turismo español, principal motor de la economía nacional. El ansia viva de Casado por alcanzar el poder a cualquier precio es tal que cualquier día se presenta con una bandera británica en el Peñón, como un llanito más, y se pone a gritar aquello de “Gibraltar inglés”, delante de la verja y a cara de perro con los vigilantes de la Guardia Civil.

Así las cosas, el líder del PP está atado de pies y manos, ha perdido el centro por sus compadreos con Vox y lo que es todavía peor: se está acostumbrando a ser intrascendente en la vida política española y al amargo sabor de la derrota. Sánchez, victorioso tras traerse la jugosa tajada de 140.000 millones del plan de reconstrucción de la UE, ya no lo llama ni para pactar el color de las mascarillas gratuitas del Congreso de los Diputados.

Gabriel Rufián ha acertado de pleno esta mañana cuando ha dicho que la moción de censura de Abascal en realidad no va dirigida contra Sánchez sino contra Casado. El jefe ultra tampoco anda demasiado sobrado en las encuestas y necesitaba un golpe de efecto. Poner contra las cuerdas al PP (aunque solo sea teatralmente), obligarlo a retratarse como partido de la derechita cobarde, no es más que un intento desesperado de robarle votos entre los más cafeteros. Según Abascal, los españoles “no pueden esperar más y no entenderían estrategias y tácticas políticas (…) Evitemos lo peor y devolvamos la voz al pueblo español”. Desde Génova 13 le responde un extrañamente comedido Teodoro García Egea: “Moción de censura post vacacional para salvar al soldado Sánchez (…) No cuenten con nosotros para maniobras de distracción que refuercen al PSOE”. Está visto que el PP no está para mociones de censura ni aventuras patrióticas. La venganza de Mariano Rajoy tendrá que esperar. 

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