Con el cadáver aún caliente de Laura Luelmo y el miedo de miles de mujeres a flor de piel, los defensores de la prisión permanente revisable del PP se lanzaron a degüello a por Pedro Sánchez. No era cosa de perder la oportunidad de arañar unos cuantos votos, aunque fuese a costa de un crimen abominable. A la cabeza del grupo salvaje, como en aquella vieja película de Sam Peckinpah, se colocó la portavoz del PP en el Congreso, Dolors Montserrat, quien aseguró que si el presidente del Gobierno “quiere proteger a las mujeres” lo mejor que puede hacer es no derogar esa medida penitenciaria. Además aprovechó, en su habitual línea discursiva disparatada, para arremeter contra los traidores independentistas, contra Otegi, contra los bolivarianos de Podemos y contra todo lo que se moviera. Vio la ocasión perfecta para agitar la coctelera y mezclar el batiburrillo de temas, que es lo que le pone a ella, y solo le faltó pedir la cabeza de Solari y el fichaje de Mourinho por el Real Madrid.

Dolors Montserrat ha demostrado fehacientemente que es una política experta en la víscera y el colmillo retorcido, una diputada hater capaz de irrumpir como elefanta en la cacharrería del Congreso, dispuesta a todo, cada vez que lo ordena el jefe. Ayer, por lo visto, Pablo Casado debió mirar las encuestas, se echó a temblar al comprobar que el PP seguía de bajón por culpa del ascenso de Vox y animó a su gladiadora a saltar a la arena para dar lo mejor de su repertorio de exabruptos, simplezas y mentiras.

Lo malo es que en política no todo vale, tampoco la demagogia zafia y barata cuando el cuerpo de una pobre chica que tuvo la mala suerte de tropezarse con un monstruo sigue en el Anatómico Forense. Es cierto que se están perdiendo los valores de la democracia, erosionados por el ciclón ultraderechista que nos llega del norte de Europa. Pero hay algo que nunca debería perder un político: la humanidad.

Sobre la prisión permanente revisable ‒el asunto que la exministra estaba deseando poner encima de la mesa‒, habría que recordarle a su señoría que no es la solución a los asesinatos. España, donde esta pena continúa en vigor, es una buena muestra de ello. Estados Unidos aplica la cadena perpetua y la inyección letal y figura entre los países del mundo con una mayor tasa de homicidios por cada 100.000 habitantes. Por cierto, las violaciones aumentaron un 3 por ciento en 2017.

Nuestro país, pese a que le extrañe a algunos, sigue siendo uno de los lugares con menos crímenes del mundo (unas 300 personas asesinadas al año, un 30 por ciento menos que hace tres décadas). Es más, según numerosos expertos, los españoles somos cada vez menos violentos, siguiendo una tendencia general global “bastante acusada”, según Luis de la Corte, representante del Consejo General de Psicólogos. La violencia se ha reducido mucho más de lo que el sentido común sugiere, afirma este experto, y cualquier tiempo pasado fue peor. Solo durante la Guerra Civil, esa contienda que algunos parecen empeñados en reeditar, fueron violadas y muertas miles de mujeres en ambos bandos. Sin embargo, la derecha y también la ultraderecha continúan haciendo bandera de este problema, como si España fuese un territorio sin ley. Y es que intoxicar a la opinión pública, inocularle el virus del miedo y transmitirle una percepción falsa de la realidad sigue siendo el punto número uno del programa político del PP, mucho más ahora, cuando partidos como Vox empiezan a exigir la abolición de la ley de igualdad que protege los derechos de las mujeres ante la sinrazón machista.

El mal existirá siempre, forma parte de la condición humana. De ahí que sea tan importante seguir educando en igualdad entre hombre y mujeres, en el respeto a la vida, en valores auténticamente humanos. Todo eso con lo que quieren acabar las nuevas ideologías violentas, supremacistas y xenófobas que tratan de imponerse con la falacia y el miedo.

Ojalá la prisión permanente revisable fuese la panacea y aplicándola pudiésemos terminar con los asesinatos. Ojalá Dolors Montserrat tuviera razón. Lamentablemente no hay una solución mágica al problema existencial de la violencia innata del hombre. Y quien diga que está en disposición de acabar con ella confunde justicia con venganza.

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