El salvaje asesinato del ciudadano afroamericano George Floyd a manos de un policía ha desatado una ola de protestas y violentos disturbios en el estado de Minnesota. La respuesta del presidente norteamericano, Donald Trump, ha sido advertir vía Twitter de que las revueltas callejeras traerán más respuesta policial y “más disparos”. De inmediato, millones de americanos se le han echado encima acusándole de incitar a la violencia y la propia red social se ha visto obligada a reaccionar informando a todos los usuarios de que las palabras del inquilino de la Casa Blanca vulneran las más elementales normas de comportamiento ético de Twitter. Los gestores del gigante tecnológico reconocen que el polémico mensaje debería ser suprimido, aunque no obstante mantienen su publicación porque resulta de interés público.

Las imágenes del crimen de Minneapolis son elocuentes y hablan por sí solas. En la grabación se puede ver perfectamente cómo la cabeza de Floyd es vilmente aplastada contra el suelo por la pierna de su asesino (un policía que ha sido suspendido de empleo y sueldo pero sobre el que de momento no pesa ninguna imputación judicial formal). La víctima pide clemencia a su verdugo y en medio de la agonía le implora que deje de hacerle daño porque ya no puede respirar. Sin embargo, lejos de calmarse, el agente sigue presionando el cuello de Floyd, con ensañamiento y cada vez con más fuerza, hasta asfixiarlo por completo.

La noticia ha conmocionado a la opinión pública estadounidense y la respuesta de Trump ha encendido las redes sociales. La guerra entre la multinacional del pajarito azul y el presidente de Estados Unidos, que viene de lejos, se ha recrudecido en las últimas horas a raíz del brutal asesinato. Trump insiste en que su intención es cerrar Twitter, pese a que en su momento fue su principal herramienta de comunicación para llegar a la Casa Blanca gracias a su habilidad para la propaganda populista, la provocación constante y la agitación social en 140 caracteres. Sin duda, el “tuiteo” mañanero fue la gran arma de la que se sirvió el líder estadounidense para movilizar a las masas descontentas con el establishment de la familia Clinton y así fue como comenzó su disparatada carrera hacia el poder. A fuerza de telegramas, unas veces falsos, otras simplemente estúpidos, Trump ha conseguido negar la verdad de los hechos, subvertir la realidad y construir un universo político alternativo, paralelo, donde su carrasposa voz populista es lo único que se escucha ya. Para conseguir que su plan goebelsiano saliera adelante con éxito, el empresario no ha escatimado en lanzar infundios y mentiras a la velocidad de la luz. Según recientes informaciones de la prensa crítica de Washington, a Donald Trump se le contabilizan más de 18.000 tuits falsos desde que llegó al poder. La difusión de ese dato ha enfurecido aún más al millonario americano, que en las últimas horas ha insistido en su intención de clausurar Twitter.

La polémica llega en el peor momento para el líder de la primera potencia del mundo. Su gestión durante la pandemia de coronavirus está resultando nefasta, hasta tal punto que el país se sitúa a la cabeza del mundo en número de muertos y contagiados. Estados Unidos tardó en reaccionar contra el agente patógeno en buena medida por la desidia de un hombre que bajo el pretexto de la invasión comunista niega toda evidencia científica y médica que vaya contra sus propios intereses económicos. La irresponsabilidad que demostró al no poner en marcha a tiempo los mecanismos de alerta y prevención frente al mal de Wuhan, negándose a cerrar completamente la actividad industrial, ha llevado al país a una crisis sanitaria sin precedentes. A su insistencia de los primeros días para que los norteamericanos siguieran trabajando con normalidad, poniendo en grave riesgo la vida de millones de personas, se unen los disparates que ha lanzado en los últimos días, en los que ha propagado peligrosos bulos médicos como que el coronavirus se cura inyectando detergente en el cuerpo humano, aplicando baños solares o tomando pastillas de hidroxicloroquina (un fármaco cuya seguridad no está cien por cien contrastada y que incluso puede llegar a ser contraproducente para la salud). 

Ahora Trump se da cuenta de que Twitter, el Caballo de Troya que le sirvió para conquistar el trono del imperio, se ha convertido en su peor enemigo, ya que la libertad de expresión de millones de norteamericanos se canaliza tan fácilmente como sus mentiras. Pero para clausurar la red social necesitaría del apoyo del Congreso y obtenerlo no le va a resultar nada fácil. De hecho, la Corte de Apelaciones de Nueva York ya le ha sugerido que no vaya por el camino de bloquear los tuits de los disidentes, ya que silenciar los mensajes de usuarios de la famosa red social viola artículos de la Constitución: “La Primera Enmienda no permite que los cargos públicos que utilizan las redes sociales para toda clase de mensajes excluyan a personas de lo que debería ser un diálogo abierto, en los que se expresen opiniones contrarias”. La respuesta del presidente ha sido que “los gigantes tecnológicos silencian las voces conservadoras”. “Los regularemos enérgicamente o los cerraremos antes de permitir que eso suceda”, insiste. De momento, Trump ya ha amenazado con un decreto legislativo sobre redes sociales que podría suponer echar el cerrojo al que ha sido su principal altavoz. Ese que durante años, y con grave menoscabo a la democracia, dio pábulo a sus insensateces, payasadas e ideas más delirantes.

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