A falta de un par de días para que se abran las urnas, las derechas están convencidas de que los astros se alinearán a su favor el 10N. Pablo Casado da por hecho que el PP se recuperará notablemente de la debacle del mes de abril y en Génova 13 vuelve a cundir el optimismo. Fuentes populares creen posible superar los 100 escaños, una auténtica resurrección política si se compara con los raquíticos 66 que cosechó el 28A.

Eso es lo que piensan al menos algunos asesores de Casado, aunque lo cierto es que entre los más realistas cunde el miedo ante una posible fuga de votos hacia Vox. El partido de Santiago Abascal sigue disparándose en las encuestas. El debate televisado a cinco del pasado lunes fue un magnífico altavoz que el líder ultra supo aprovechar para difundir su ideología extremista y su panoplia de mentiras y falsas estadísticas mientras los demás contrincantes guardaban un clamoroso silencio o miraban al techo para no entrar en el cuerpo a cuerpo. Esa cobardía de las fuerzas democráticas ante el bicho franquista ha enardecido al votante de derechas más visceral, que ha terminado por convencerse de que ha llegado la hora de la mano dura tras tantos años de una libertad excesiva y de un Abascal que da el perfil de hombre fuerte que necesita España para frenar a los independentistas en Cataluña. Las cuatro simplezas que sobre la unidad de España, la inmigración y la crisis económica soltó el líder de Vox durante el debate a cinco, bien aderezadas con unos cuantos mitos, bulos, falsedades y citas falangistas, han calado hondo en el electorado más reaccionario.

En el mitin de ayer jueves en Valencia Vox logró congregar a más 7.000 personas. Una demostración de fuerza que no está al alcance de todos los partidos y un mal presagio para la democracia española ante lo que se avecina el domingo. El partido verde va como un tiro en la recta final de la campaña, que de prolongarse una semana más probablemente podría haber aupado a la formación de Abascal a un empate técnico con el PP. De ahí la inquietud de los populares.

Y mientras las cabezas de la hidra verde crecen por doquier en toda España –circulan sondeos que apuntan a que Vox incluso será capaz de darle el sorpasso al PP en algunas provincias− Ciudadanos sigue hundiéndose en las arenas movedizas en que Albert Rivera ha metido a su partido. Las encuestas auguran que los naranjas solo retienen al 40 por ciento de sus electores respecto al mes de abril. El proyecto parece fracasado, tal como le ocurriera en su día a UPyD, ya que sus 57 escaños podrían verse reducidos a menos de treinta.

Lo que parece claro es que, a menos de 48 horas de los comicios, el viento sopla a favor de las derechas, que pueden beneficiarse de la desmovilización de la izquierda desencantada con el fiasco en la negociación entre PSOE y Unidas Podemos y con la gestión del fuego en Cataluña. De conseguir el PP entre 100 y 110 escaños, más los 30 o 40 que puede cosechar Vox y los restos de Ciudadanos las derechas rozarían el poder. Y al contrario de la izquierda, firmarán sin ningún género de duda, llegado el caso, un pacto a tres, como ya ha ocurrido en Madrid, Andalucía y Murcia.

La amenaza de un Gobierno ultraconservador con Abascal de ministro del Interior, en plan Salvini, es real. El tsunami catalán, la indignación y el miedo de miles de votantes ante las imágenes de las batallas campales y el caos en Barcelona, se ha convertido en el gran combustible que hace carburar la aplastante maquinaria ultraderechista. Ni Pedro Sánchez ni sus gurús de Moncloa, entre ellos Iván Redondo, supieron calibrar en su justa medida las consecuencias de ir a unas nuevas elecciones. Sin duda, creyeron que la sentencia dura del “procés” beneficiaría a los intereses del PSOE, y así fue durante algunas semanas en las que los socialistas subieron como la espuma en todos los sondeos. Pero entonces el volcán entró en erupción, las calles de Cataluña se incendiaron con una violencia inusitada nunca antes vista en España hasta alcanzar tintes de auténtica revolución. Y el destino cambió de bando. Ahora ya es tarde para rectificar, la suerte está echada y a Sánchez solo le queda invocar el miedo al espantajo fascista, un recurso que si bien le funcionó en los comicios de abril para movilizar al votante de izquierda quizá el domingo haya perdido su mágico efecto.

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1 Comentario

  1. Con solo verle el careto, ya tengo la certeza absoluta, de que en el improbable caso de que abascal llegase a ser ministro, tragaria, y voluptuosamente, con cualquier cosa que le echase quien le puso alli, renegando de cuanta toreria pregonaba electoralmente.. por un puñado de miserables prebendillas. Igual que el gran timonel iglesias, con su casoplon de galapagar. Vista una basura oportunista, estan vistas todas, lo cual no requiere especial perspicacia entre la escoria racial, porque toda es mas de lo mismo

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