Prosigue la política “líquida” de los incompetentes. Aunque oculten la realidad, esta no se modifica. Sólo empeora. Se siguen ignorando las fuentes de los conflictos en desarrollo, mientras se exacerban otros de inciertas consecuencias. Este gobierno que ha incumplido con innumerables sentencias provenientes de las altas instancias europeas, se siente legitimado para proseguir cometiendo un desmán tras otro, en un ejercicio que poco tiene que ver con los fundamentos de la democracia.

La gestión antiterrorista, por ejemplo, se ha puesto en manos de gestores políticos, que hacen de los medios de comunicación su escenario. Sin duda, debería confiarse en los especialistas para este conflicto poliédrico y polisémico. Se extiende la idea de creer que las víctimas del terrorismo pueden rentabilizarse para capitalizar resultados electorales próximos. No se toman en consideración las características “líquidas” que manifiestan como táctica los ideólogos del islamismo terrorista. A ellos les funciona. No estamos frente a cuadros organizados, son personas “normales” que viven entre nosotros, con los mismos derechos que nosotros, muchos de ellos ciudadanos, que sienten la llamada de foros y publicaciones extremistas. Así actúan. De allí que no sean efectivas muchas de las prevenciones que se han adoptado. Es una modalidad “líquida” que requiere acciones desde todos los frentes sociales, políticos, educativos y de las fuerzas de seguridad. Las presiones indiscriminadas no resultarán más que acciones motivadoras a nuevos actos sangrientos.

El diseñar un marco legal que permita afrontar estos episodios de manera específica no debe, de ningún modo, procurar solventar cuestiones que nada tienen que ver con el terrorismo islamista. Aplicar una legislación que pretenda reprimir a la opinión discrepante no es un modo democrático de gestionar los procesos históricos. Porque estamos en presencia de las cambiantes manifestaciones de procesos que tienen sus orígenes en decisiones que abrieron heridas en lejanas tierras, y que aún se siguen profundizando. La cuestión independentista es un caso. Los ciudadanos catalanes desean opinar, tanto en la línea soberanista, cuanto en la independentista o en la centralista. El resultado de la política líquida del gobierno es poner la gestión de este movimiento en manos de la Fiscalía General del Estado. A todas luces, creen que pueden judicializar las cuestiones políticas. Como en tiempos del dictador Francisco Franco. Los movimientos separatistas no dejan de ser actos de opinión. Tan cuestionables, como los términos del juez que impidió la celebración de un acto en Madrid por el derecho a decidir. La grandeza de Carmena se agiganta. No lo recusará. Lo que lo hace más evidente aún.

Crear “mantos de oscuridad” sobre estas circunstancias es la táctica favorita de aquellos que ponen en práctica la “responsabilidad líquida” cuando se les exigen cuentas de sus actos. Las relaciones peligrosas en los niveles más altos del Estado, son inadmisibles. Las consecuencias de ellas producen víctimas y, estas, no son “líquidas”. Tienen nombres y apellidos. Y familias destruidas en el transcurso del uso utilitario que se pretende hacer de ellas. Se ha hecho de la mentira una práctica consolidada y de la ambigüedad el modo de “licuar responsabilidades”.

En España se penaliza la simple manifestación de ideas, quedando al arbitrio de las creencias personales de los jueces sus decisiones procesales. En las regulaciones de los países es la idea de que el comportamiento sólo puede castigarse penalmente si implica graves consecuencias más allá de la mera comunicación, es decir, si lo dicho implica llamar a la violencia, es decir fomentar expresamente la realización de delitos en el futuro. 

Por hacer un último aporte: España es el país de la Unión Europea donde menos crecen los salarios. Crecieron de media un 2,4% en la UE, en el segundo trimestre del año frente a solo el 0,4% en nuestro país.

En tanto, Mariano Rajoy sigue sin afrontar ninguna cuestión. Rivera y Sánchez parecen apoyarlo “líquidamente”. Confío en que asuman sólidamente las consecuencias de sus decisiones.

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