Ruth Beitia, Javier Imbroda, Fermín Cacho, Marta Domínguez, Theresa Zabell, Abel Antón… La lista de grandes estrellas del deporte que han dado el salto a la política en los últimos años, con mayor o menor éxito, demuestra que los partidos atraviesan por una escasez de cantera y por una crisis de identidad sin precedentes. El último nombre en añadirse al elenco es el de Pepu Hernández, el exseleccionador nacional de basket propuesto por Pedro Sánchez como candidato del PSOE a la Alcaldía de Madrid. Podemos sospechar que su eslogan de campaña no será “ba-lon-ces-to” sino “so-cia-lis-mo”.

Pero más allá de rostros y biografías, resulta evidente que los partidos han entrado en una auténtica competición por ver quién cierra el fichaje más sonado. Y es que hoy lo deportivo arrastra a las masas más que cualquier otra actividad humana y los políticos, que han visto el filón, deben creer que quien controla el deporte controla el poder.

El fenómeno no es nuevo. En la Antigua Grecia los campeones olímpicos, héroes aclamados por el pueblo, gozaban de grandes privilegios, como recibir una pensión alimenticia de por vida o combatir al lado del rey. Por algo sería. Más tarde Camus dijo aquello de que todo cuanto sabía sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debía al fútbol, anticipando así una nueva era donde el deporte sustituiría en importancia a la política. Y más recientemente Eduardo Galeano ha escrito que el fútbol es la única religión que no tiene ateos, demostrando la fuerza arrolladora del balompié como movimiento social a nivel mundial.

En las culturas occidentales modernas no hay nada que tenga tanto tirón como el deporte, de ahí que el ‘fenómeno fan’ haya llegado a la política para quedarse. Todos los partidos quieren llevar campeones en sus listas (el campeón potencia la imagen ganadora que no tiene un señor calvo y con bigote a quien no conoce nadie) y cualquier día vemos al bueno de Vicente Del Bosque en la Moncloa (por lo visto ya se lo ha propuesto el PSOE) o a Sergio Ramos de ministro de Cultura. Todo puede ocurrir en este país cada vez más disparatado.

De una forma o de otra, los partidos políticos parecen haber entrado “a saco” en este juego competitivo que consiste en fichar a un rostro conocido del deporte –también artistas de cine, cantantes o intelectuales– y colocarlo al frente de las marchitas candidaturas. Con ello se busca no solo el “efecto sorpresa” y captar el voto del aficionado que sigue a su deportista favorito cada domingo, sino atrapar al ciudadano desideologizado o desmovilizado, ese que no acude nunca a votar porque no le interesa o vota a izquierda y derecha, veleta e indistintamente, en función de sus intereses personales. Poco importa si el atleta en cuestión está preparado o no para la actividad política, si se sabe la Constitución al dedillo o ha leído algo de historia de España. Lo decisivo es que tenga muchas medallas colgadas en el cuello, a ser posible de oro. Tampoco influye demasiado que el aspirante no posea un máster en derecho autonómico −ya sea conseguido honestamente o comprado a tocateja en la Universidad Rey Juan Carlos− si en su lugar cuenta con un diploma olímpico. El problema viene cuando Ruth Beitia, la que iba ser candidata del PP por Cantabria, va y dice aquello de que “se debe tratar igual a un animal, a un hombre o a una mujer si son maltratados porque todos somos seres humanos”. Fue abrir la boca la mujer y subió el pan, o sea que la lio parda, más por inexperiencia en la política que por antifeminista radical. Hizo bien en dejárselo.

En los tiempos de la posverdad la política es mayormente un juego y los gobernantes ya no convencen con aburridos programas electorales que nadie lee, sino con el fichajazo de aquel defensa central, pertiguista, maratoniano o leyenda del baloncesto que hizo vibrar a la afición. Hasta Puigdemont planteó el referéndum por la independencia de Cataluña bajo el atractivo eslogan del 1-O, un gran marcador luminoso que recordaba el resultado de un clásico ajustado. Mientras tanto, en el bando unionista se gritaba aquello de “a por ellos oé”, como si el procés fuese la Final de Copa.

En el fondo estamos hablando de síntomas de la crisis de la política, de la decadencia de los partidos –incapaces de dar respuestas eficaces a los problemas de los ciudadanos– y del crepúsculo de las democracias liberales, que han renunciado a las ideologías porque ya no dan votos para convertirse en campeonatos ligueros donde gana el atleta que tiene más tirón entre la audiencia. Quiere decirse que hubo un tiempo en que todo era política pero hoy ya todo es deporte y ahí está Mariano Rajoy, que cuando acude a un acto oficial no habla de Venezuela o de la fuga de Errejón al partido de Carmena o del auge de Vox, sino del último gol de Vinicius, de los errores del VAR y de quién ganará la Champions este año. Rajoy, gallego astuto y sagaz, ha sido un visionario en esto al anticipar que el votante empieza a estar un poco harto de la brasa política de siempre, de las cifras del paro endémico, de la inflación y de la prima de riesgo y lo que quiere es ver a Pau Gasol machacando el aro del equipo rival, o sea la oposición, en la cancha del Parlamento. De ahí que el expresidente no leyera el BOE sino el Marca.

España no camina hacia la plutocracia ni hacia la oligocracia ni hacia la tecnocracia o “expertocracia”, como auguraban los analistas sesudos, sino hacia la “deportivocracia”, como demuestra la elevada abstención en los domingos de elecciones, cuando el ciudadano prefiere ver el derbi de su pueblo antes que ir a votar. El último gran cara a cara televisivo en el ocaso del sistema será una leyenda del Real Madrid y otra del Barsa disputándose la Moncloa a cara de perro. Guti contra Hristo Stoichkov en El Chiringuito de Pedrerol. Vayan comprando la entrada, que luego se agota el papel.

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