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La política como problema

Eduardo Luis Junquera Cubiles
Nació en Gijón, aunque desde 1993 está afincado en Madrid. Es autor de Novela, Ensayo, Divulgación Científica y análisis político. Durante el año 2013 fue profesor de Historia de Asturias en la Universidad Estadual de Ceará, en Brasil. En la misma institución colaboró con el Centro de Estudios GE-Sartre, impartiendo varios seminarios junto a otros profesores. También fue representante cultural de España en el consulado de la ciudad brasileña de Fortaleza. Ha colaborado de forma habitual con la Fundación Ortega y Gasset-Gregorio Marañón y con Transparencia Internacional. Ha dado numerosas conferencias sobre política y filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, en la Universidad UNIFORM de Fortaleza y en la Universidad UECE de la misma ciudad. En la actualidad, escribe de forma asidua en Diario16; en la revista CTXT, Contexto; en la revista de Divulgación Científica de la Universidad Autónoma, "Encuentros Multidisciplinares"; y en la revista de Historia, Historiadigital.es
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Hace unos días escuché una de esas previsiones que no recuerdo ahora con precisión, pero que señalaba algo así como que, al ritmo que llevamos, tardaremos 40 años en vacunar a toda la población. No es algo que me preocupe demasiado porque cuando la prensa saca los colores al poder, rápidamente se toman medidas, de manera que el proceso de vacunación se acelerará, un poco por lo de siempre: no por diligencia y buen hacer de quienes gobiernan, sino porque para ellos, incluso en este tiempo de feligresía entregada y entretenida como nunca, no es plato de gusto enfrentarse a una rueda de prensa de esas que se pueden convertir en un campo de minas. Por eso llevan décadas comprando los medios a través de la banca y de los distintos fondos de inversión que, por medio de las herramientas que pone a su disposición la economía especulativa, dan salida a los enormes beneficios de las grandes multinacionales.

Todos los datos que un ciudadano pueda tener, incluyendo los médicos y científicos, han llegado antes a los Estados, que disponen de ellos en un sentido más bruto y descarnado, más pegado a la realidad, que es el que proporcionan medios como el CIS, el INE y otros organismos gubernamentales. De manera que todo lo que ahora sucede, incluido el caos sanitario absoluto que vamos a presenciar hasta finales de febrero era un desastre previsible que nuestros gobernantes tenían sobre la mesa y, ya sea por tibieza, incompetencia o por su timorata cobardía, apenas han hecho nada para impedirlo. Por eso me gustaría que, en un alarde de buen juicio -del de verdad-, una vez terminada la pesadilla de la pandemia, en vez de colgarse medallas y de evadir responsabilidades acusándose unos a otros, esta gentuza que nos gobierna, del primer al último diputado y hasta el último senador y, por supuesto, el presidente del Gobierno y todos los ministros dimitieran y dieran paso a otra generación de políticos. Después de todo lo que han hecho unos y otros nos pueden ahorrar el espectáculo de su insoportable-por incoherente-retórica y marcharse a casita de una vez.

Pero en política los proyectos son personales, no colectivos, entendiendo esto último como la búsqueda del bien de todos; aunque todos hablen de superar los personalismos. Y yo comprendo esas vanidades porque soy un ser humano que también las tiene y muchas, pero, hombre, creo que por vez primera en nuestra historia podemos decir que tenemos una sociedad bastante mejor que quienes la representan en el Parlamento, aunque lo cierto es que no representan más que sus intereses de clase-son un grupo aparte que no padece nuestros problemas ni pisa las calles que nosotros pisamos-y los de los grandes grupos de presión, que hace décadas los han contratado, entendiendo esto último como sobornar: “Dar dinero o regalos a alguien para conseguir algo de forma ilícita” (RAE). Y todo esto nos duele reconocerlo porque en el secuestro de nuestra democracia por bancos, grandes empresas y partidos trufados de corrupción y profesionalidad -es decir, políticos leales al aparato, que no servirían para ninguna otra cosa más allá de dorar la píldora al líder para después votar lo que este ordene- nuestra pasividad también ha jugado un papel fundamental. Valemos mucho más que esta chusma que nos gobierna, insisto: el español es tanto o más trabajador que el alemán, el finlandés o el noruego, pero tenemos sobre nuestro presente muchas losas que no tienen que ver con nuestras elecciones individuales, sino con haber nacido en España, es decir, con nuestra clase política, su gestión y sus nefastas decisiones estratégicas e históricas. A veces, nuestro propio fatalismo les hace el juego más fácil porque caemos en el desánimo de pensar que somos “así”, y ellos nos lo recuerdan potenciando su imagen de pastores -naturalmente necesarios- del rebaño descarriado que formamos los españoles, pero la simple gestión de Asturias en el tema de la vacunación nos recuerda que otra España es posible.

Empiezo a sospechar, y hablo en serio, que ninguno de nuestros políticos es capaz de comprender, de vislumbrar siquiera la importancia que para el concepto de marca-país tenía que España fuera uno de los primeros productores de la vacuna, aunque la posibilidad no fuera del todo realista porque para ellos la ciencia no es que sea el patito feo desde hace décadas, sino que ni figura en el listado de prioridades de cada gobierno. Pero lo cierto es un poco lo de siempre: estamos en la prensa internacional por las colas del hambre y las fiestas multitudinarias. El lunes, Globo News, la cadena más grande de América excluyendo Estados Unidos abría sus informativos con imágenes de la fiesta de Llinars del Vallès y de las aglomeraciones en los comercios de Barcelona. Ya sé que no es algo exclusivo de aquí, pero España tiene una depauperada imagen internacional que se potencia en lo negativo con estas noticias, mientras que mejorar el concepto de marca-país es algo tremendamente trabajoso, difícil y lento. Mientras tanto, ellos están en lo de envolverse en la bandera, insisto: porque nosotros no exigimos mucho más. La prioridad no es el pueblo, eso queda para los discursos, sino el sistema, y la retórica de pretendida “responsabilidad”  de nuestros políticos esconde muchas miserias y cosas inconfesables. Solo me quedaría con Yolanda Díaz, ministra de Trabajo, que es la viva imagen de la decencia y, en un futuro nada lejano, la demostración empírica de que las personas verdaderamente honestas son incompatibles con el poder, que termina expulsándolas porque son lo contrario de la enfermedad neoliberal y demagógica que socava nuestras democracias.  

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