El arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, se ha hecho famoso a costa de dar titulares fuertes, provocativos, incendiarios. Muchas de sus declaraciones han sido trending topic (más bien habría que decir “tremending topic” dada la radicalidad de sus ideas), como cuando se preguntó en voz alta si en la “invasión de emigrantes y refugiados que llegan a Europa es todo trigo limpio”; o cuando acusó a los médicos abortistas de “matar y no curar”; o cuando dijo aquello tan lírico de que “los ateos están vacíos y desorientados”, además de que tienen “ideas prevalentes como el dinero, el sexo y el goce narcisista del cuerpo”.

No sabemos con qué clase de ateos se relacionará monseñor Cañizares, pero sin duda se le olvida que muchos buenos chicos de derechas y de misa de doce de toda la vida andan también metidos en cosas feas de los juzgados, mayormente el robo a manos llenas de dinero público, la droga de la biuti que en Valencia corre a raudales y “los volquetes de putas”. Pero de esos el cardenal no dice ni mu. Otra vez el doble rasero y el martillo de herejes.

Ayer, el polémico arzobispo volvió a montar el Cristo, aunque más bien habría que decir que en esta ocasión lo que montó fue la Virgen. En efecto, con motivo del día de la Patrona de Valencia, la Virgen de los Desamparados, el Arzobispado decidió abrir las puertas de la Basílica para mostrar la imagen de la Mare de Déu a una plaza donde se habían congregado unos doscientos valencianos, unos con mascarilla y otros a cara descubierta, confiando sin duda en que la Geperudeta los protegería con su manto aterciopelado del virus propagado no por los chinos de Wuhan, sino por el mismísimo Maligno.

La tradición religiosa manda que cada segundo domingo de mayo la patrona de la ciudad recorra la abarrotada Plaza de la Virgen entre gritos, zarandeos, besos y piropos de “guapa, guapa” de los fieles que la llevan en volandas. Lógicamente, este año apenas fue nadie al acto religioso porque por muy fuerte que sea la fe siempre puede más el miedo a la muerte. La señora encapuchada de la guadaña ronda por todas partes, también entre los naranjos de la Ciudad del Turia, donde Ximo Puig se le ha rebelado a Pedro Sánchez por no incluir a Valencia entre las agraciadas por la pedrea de la “Fase 1 de desescalada”. “Lealtad no es sumisión”, le ha dicho al presidente del Gobierno, con acritud, el barón del PSOE valenciano. Mientras los socialistas afilaban las facas a cuenta del último agravio autonómico, Cañizares se frotaba las manos y seguía a lo suyo, o sea mostrar la imagen de la venerable Geperudeta a los cuatro gatos que este año de pestes se habían congregado ante la Basílica. A buen seguro que el cardenal estuvo tentado a aprovechar la riña de rojos para sacar no solo la imagen de la Mare de Déu a las calles de Valencia, sino todo el arsenal y la artillería pesada para momentos de grave epidemia: incensarios, pebeteros, rogativas, nazarenos con capirote, crucifijos, antorchas y mucho humo anestesiante y acongojante para hacer creer al personal que ha retornado súbitamente a la Edad Media, con su bubónica, su Inquisición y su todo, que es lo que monseñor Cañizares anhela con devoción. Sin embargo, tal como era de prever, el espectáculo multitudinario y grandioso en plan Cecil B. DeMille, que tanto le gusta practicar a la Iglesia, quedó en corto de cine mudo esta vez, y hasta donde se sabe la imagen fue levantada a hombros y llevada solo hasta la puerta de la Basílica, un breve paseo para bendecir a los allí presentes y volver a la capilla. Si la Geperudeta obró el milagro dominguero contra la pandemia en apenas un minuto no se podrá saber hasta dentro de quince días, cuando Fernando Simón aporte datos fiables de nuevos contagiados.

En cualquier caso, aunque doscientas personas pueden parecer pocas en comparación con la muchedumbre que cada año se congrega ante el templo religioso de la plaza, son muchas si se tiene en cuenta que Valencia aún sigue confinada contra la epidemia por el elevado riesgo de contagio. De ahí que la Policía Local haya abierto una investigación previa a un informe que remitirá a la Delegación del Gobierno sobre el posible incumplimiento del estado de alarma por parte del Arzobispado. Todo apunta a que alguien dio la orden de hacer la vista gorda, ya que los agentes en ningún momento sancionaron a los concentrados ni disolvieron la romería. Ni la Policía Nacional ni la Autonómica intervinieron, pese a que tienen orden estricta de sancionar a todo aquel que le dé por infringir el Decreto de Estado de Alarma. El Ayuntamiento de Valencia ya ha calificado el acto religioso de “irresponsabilidad”, mientras desde el Arzobispado se insiste en que “no ha sido un acto premeditado”, ya que no había ninguna convocatoria pública. Si Cañizares ha hecho trampa o disponía de los permisos administrativos necesarios solo el informe lo aclarará. Pero de momento la penúltima batalla de la Santa Cruzada nacionalcatolicista contra el ateo rojo y chavista la ha ganado Cañizares. Chúpate esa Pablo Iglesias.

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