El amor es sabio. Bertrand Russell

Describir y explicar lo que nos está sucediendo es harto complicado. Es mejor trazar unas cuantas pinceladas impresionistas y alejarse unos pasos del cuadro para verlo con claridad y precisión. Y las circunstancias tan especiales y duras, sitiados como estamos por el maldito virus, añaden otro cariz y significado por aquí abajo, por el Sur, que quizá nos ayude, nos alivie, nos refuerce: porque lo que vamos a conmemorar en términos culturales judeocristianos, que no debemos pasar por alto, también es el dolor -físico y psíquico-, la muerte y el renacimiento -inercial o milagroso- de la vida. La metáfora hermosa de la resurrección como sinónimo simbólico de la libertad-liberación de nuestras opresiones y esclavitudes que busca encarnadura de creencia y fe en nuestros cerebros.

Quizá por el ansia de cielo que tiene y porque quiere ser tiempo antes del tiempo, ninguna otra latitud como el Sur atesora y guarda cargada de estética y sensorialidad la contradicción complementaria vida/muerte, muerte/vida. Por eso, Yeshua ben Yosef  decide resucitarse cada primavera en el Sur universal de la pena y la luz. Este año también lo hará. Con más pena, seguro, y esta vez con la luz por dentro.

El dolor hoy día no goza de prestigio social ni de buena prensa en los llamados libros de autoayuda -una plaga bíblica-, que promocionan una felicidad de cartón piedra como antiguamente los charlatanes promocionaban los crecepelos. Está considerado un lastre vital que impide el disfrute y el regocijo. Pero el dolor psíquico es necesario y hasta justo, porque nos ayuda a valorar y a tomar conciencia de la dimensión ética de la vida. Nada tendría valor si no supiéramos que existe el dolor. Y esa operación se realiza en solitario. El dolor es soledad. Es la soledad radical. Eso representan en Semana Santa las Vírgenes del Sur que, aunque salgan a la calle enjoyadas y bonitas, encarnan la soledad radical del dolor frente al hijo anulado y aniquilado, frente al hombre humillado; frente al ser humano entregado como un despojo a la muerte. A la fealdad y el horror se les combate con belleza. Por eso se aparecen las Dolorosas del Sur en una esquina, en una plaza, en una capilla. Y del mismo modo que no existe una felicidad estandarizada y codificada en un libro, no podemos colectivizar y pluralizar el dolor en unas páginas y encuadernarlo, porque está lleno de matices y de subjetividades. Se puede agolpar y acumular, se puede mancomunar la compasión y la solidaridad. El dolor nunca. El dolor es único e intransferible: es la soledad radical,  como la imagen simbólica de una Virgen detrás de un Cristo.

Todas las religiones son una superstición gloriosa en pos de una redención y en huida a todo trance de la muerte y sus consecuencias asoladoras. Nuestras nuevas religiones: el cientificismo y el tecnicismo, el materialismo y el consumismo, también lo son. La verdadera superstición que nos lleva a la esencia de lo humano y nos acerca a lo sagrado, es el amor. Al margen de creencias y de postulados teológicos, el amor concede autoridad espiritual y te propulsa en la vida. Es el único antídoto infalible contra la muerte. El amor es el auténtico mecanismo de supervivencia de nuestra especie. Y este es el único y último mensaje de Jesús de Nazaret, in saecula saeculorum. Todo lo demás que hay de fondo y alrededor no es nada más que jerarquía burocrática con intereses, o literatura y estética emocionantes.

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