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La paradoja de Casado: sube en las encuestas pero se aleja del Gobierno

Aliándose con Vox, el líder del PP jamás tendrá el apoyo de las minorías periféricas y sin contar con los ultras las cuentas no le salen porque los tiempos de las mayorías absolutas se han terminado

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La derecha anda fuerte en las encuestas. Los estragos de la pandemia, la crisis galopante y la ruina del país comienzan a pasar factura al Gobierno de coalición. En ese contexto de desgaste se enmarca, sin duda, la reciente crisis en el Consejo de Ministros, una arriesgada maniobra de Pedro Sánchez para revitalizar su gabinete y encarar la segunda parte de la Legislatura con ciertas posibilidades de éxito en las próximas elecciones generales. Los pasados comicios madrileños fueron un serio toque de atención, el Gobierno no supo leer el momento histórico ni las pulsiones de la sociedad y mientras Isabel Díaz Ayuso ofrecía libertad y un dulce colocón de cerveza para aliviar la fatiga pandémica de los ciudadanos, los líderes de la izquierda cayeron en la trampa de situar la campaña en 1936 (aquello de democracia o fascismo que resultó ser un monumental error de cálculo).

El llamamiento al voto del miedo y el viejo eslogan de “que vienen los fachas” no funcionó, Sánchez tomó buena nota y actuó en consecuencia. Fruto de esa reflexión ha sido su escabechina en forma de gran remodelación ministerial. El primero en caer fue Iván Redondo. El Rasputín en la sombra estaba sentenciado desde la chapuza de moción de censura que el PSOE diseñó en Murcia para tratar de descabalgar al popular Fernando López Miras. Obviamente, Redondo se ha convertido en el chivo expiatorio de aquel desastre estratégico que se volvió contra los socialistas, pero ha habido más víctimas colaterales, como Carmen Calvo y José Luis Ábalos, dos ministros que parecían intocables por el inmenso poder y peso específico que habían acumulado en la primera experiencia de coalición desde la Segunda República. Además, el presidente del Gobierno ha decidido blindarse colocando a piezas del aparato socialista en el Ejecutivo (Félix Bolaños y Óscar López) y rescatando a exitosas mujeres del municipalismo español como ministras. Se acabaron los experimentos con supuestos independientes como el astronauta Pedro Duque, que ha pasado con más pena que gloria, deambulando por el espacio sideral del gabinete sanchista.

El presidente ha sentado las bases para un nuevo Gobierno que no tendrá nada que ver con el que hemos visto estos años. Un equipo gubernamental fuertemente ideologizado y burocratizado para acometer la reconstrucción del país tras la pandemia de covid. Porque si al presidente le queda un as en la manga antes de las próximas elecciones esa es la carta de la economía que, asentada en una campaña de vacunación que va como un tiro, debería dar un salto exponencial, alcanzando la ansiada salida de la recesión en forma de curva en uve simétrica. Si se cumplen las previsiones de crecimiento y nuestro país logra un PIB del 6,2 por ciento este año, tal como vaticina el Banco de España, el Gobierno socialista podría contar con una última oportunidad frente a la musculada ofensiva de las derechas. Si por el contrario la pandemia sigue golpeando fuerte y la actividad económica se estanca, el Ejecutivo de coalición podría tener los días contados.

A favor del premier socialista juega, sin duda, la propicia coyuntura internacional (toda la zona euro ha entrado ya en la senda de la recuperación que podría insuflar nuevos bríos a la economía española) y también la llegada de los adjudicados 140.000 millones en fondos europeos, un maná caído del cielo que ayudará a España a remontar el vuelo, no solo en el capítulo de inversiones y ayudas a la transición ecológica, sino también en prestaciones o escudo social para los más desfavorecidos. Si el Gobierno sabe repartir las subvenciones con equidad racional, si se distribuyen con arreglo a criterios progresistas, el malestar de la calle podría amainar y Moncloa podría amortiguar la fuga de electores, el voto de la rabia y la furia, la sangría demoscópica que sin duda tendría a dos grandes beneficiados: el PP como receptor de ese votante moderado convencional que vota izquierda o derecha, indistintamente y en función de sus intereses personales (el que ha dado la arrolladora victoria prestada al ayusismo) y Vox como aglutinante de los antisistema de extrema derecha.  

Casado ante el ansiado Gobierno

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Según el último barómetro de La Sexta, de celebrarse hoy las elecciones el PP las ganaría de forma raspada con un 28 por ciento de los votos. El PSOE, que aguanta el tipo, se mantendría como segunda fuerza con algo más del 26 por ciento de los sufragios. El problema para Sánchez es que el partido de Santiago Abascal se aúpa a la posición de tercera fuerza política más votada (18 por ciento de las papeletas) mientras que Unidas Podemos, socio y muleta de los socialistas, asistiría a un notable hundimiento (no llegaría al 10 por ciento de los escrutinios). Y ahí es donde está la clave de todo este asunto.

Una posible coalición PP/Vox podría dar el poder a las derechas, aunque esta hipótesis depende de los apoyos que pueda recibir de las minorías parlamentarias y no parece que haya demasiados partidos dispuestos a arrimar el hombro para que Pablo Casado sea presidente en noviembre de 2023. Desde luego, lo poco que quede de Ciudadanos daría su respaldo, sin ambages, al Partido Popular (configurándose así un “trifachito” nacional al estilo del que ya ostenta el poder en algunas autonomías como Madrid, Andalucía y Murcia). Otro cantar es que nacionalistas vascos y catalanes estén por la labor de dar sus escaños a un proyecto en el que participe la extrema derecha. Desde luego, Gabriel Rufián no será quien se alíe en ese bloque a la vista de la política antiindultos y contra la mesa de negociación en Cataluña que ha venido practicando Génova 13. A buen seguro, ahí funcionaría el cordón sanitario contra Vox, una medida a la que con toda probabilidad también se sumarían otras formaciones como Más País o Compromís, entre otros.

En ese escenario, el temido bloqueo podría funcionar otra vez, arrastrando al Estado español a la parálisis institucional, como ya ha ocurrido recientemente. Así las cosas, Casado sigue teniéndolo difícil para hacer realidad su ansiado sueño de ser inquilino de Moncloa algún día. El presidente del PP está condenado a practicar un ejercicio malabarista consistente en no renunciar al mensaje moderado capaz de seducir a los desencantados del PSOE sin perder de vista su flanco derecho, donde Abascal le amenaza claramente con un sorpasso. Quizá Casado esté hoy más cerca del poder que hace dos años, pero esa perspectiva, a la manera de unos prismáticos desenfocados, puede ser engañosa para él, ya que en realidad todo apunta a que está más lejos que nunca. Aliándose con Vox jamás tendrá el apoyo de las minorías periféricas y sin contar con los ultras las cuentas no le salen porque los tiempos de las mayorías absolutas se han terminado. Casado acaricia la Moncloa, pero está cada vez más lejos. Una paradoja relativista, cuántica, casi einsteiniana, que le quita el sueño al líder popular.

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