El Gobierno de España ha anunciado la paralización de toda la actividad económica no esencial. El objetivo es parar la espiral de contagios del coronavirus. Hay que desear todos los éxitos para la medida anunciada. No hay soluciones mejores a nuestro alcance.

No obstante, la dureza de la decisión, obligada por la evolución de esta plaga, tendrá inevitables consecuencias negativas para la economía del país.

Ante esta situación es el momento de reflexionar sobre el futuro del papel de la Unión Europea en la salida de esta catástrofe.

La sociedad española es europeísta, al menos lo ha venido siendo en la medida que la entrada en la Unión Económica, primero, y en el euro, después, han generado indudables avances económicos y sociales.

La solución a la crisis de 2012 recayó sobre los hombros de las familias, aunque el discurso político trató de evitar que esa realidad calase entre la población.

Se encontró un chivo expiatorio: el sistema financiero. Todos los males tuvieron su cabeza de turco y mucha gente se tragó el anzuelo. La sociedad percibió que dando un escarmiento a los bancos el ajuste de cuentas estaba hecho y se dejó pasar el debate de quién había soportado la crisis y de cuál había sido el verdadero coste social y sus verdaderas causas.

Pero la verdad flota y vuelve a salir a la superficie. Ahora no hay chivos expiatorios y la opinión pública de los países del sur no va a aceptar que Alemania, entre otros, se escude en las cuentas públicas de España e Italia para mirar a otro lado.

La opinión pública tendrá que ser consciente de que con la entrada en el euro sacrificamos la capacidad de emitir moneda o de devaluarla en un determinado momento, a cambio de la entrada en la Eurozona, el club de los países más avanzados del planeta dispuestos a cambio de esa cesión de construir una unión monetaria, que para ser viable prometía ser a la vez unión financiera, económica y social.

No cabe cruzarse de brazos y admitir que unos países cumplan con las reglas -como España- y otros, como Alemania y Holanda, no corran con su parte.

No va más. Alemania no puede pensar que va a seguir exprimiendo las ventajas de una moneda única -el euro-, a costa del sacrificio exclusivo de los países del sur.

Un ministro holandés ha dicho que Europa no puede ser una unión de transferencias y otros políticos alemanes y neerlandeses dicen que no cabe mutualizar la deuda.

Proponen una solución económica para los países afectados por el coronavirus será humillante: Italia y España deberán presentar sus planes para que sean aprobados por la Unión y sin que quepa esperar avance alguno en la unión económica y social real. No sabemos, siquiera, a qué reglas se someterá la deuda pública, que italianos y españoles deberemos emitir para mitigar los efectos de la pandemia.

No tiene sentido que en 2020 el mandato que de la UE al Banco Central continúe siendo el del mantenimiento de una tasa moderada de inflación, como si tratásemos de prevenir un fenómeno de hiperinflación como el que sufrió la Alemania que alumbró el advenimiento del nazismo, hace 80 años.

El control de los precios en países amenazados de serias recesiones y de importantes alteraciones sociales, puede suponer la ignición de un proceso destructivo.

Los políticos al frente de los países centrales del euro y, en general, todos los europeos, se quejan del crecimiento de los populismos en Europa, del crecimiento no ya del euro escepticismo, sino de la indignación y de la repulsa abierta hacia la idea de una Europa opresora.

La negativa de los países del norte a convertir la UE en una verdadera unión económica y social, más allá de la constricción que supone la unión monetaria y financiera inconclusa, pone en cuestión la utilidad de la Unión Europea para muchos ciudadanos del sur.

No se va a poder seguir acallando a las poblaciones afectadas por las consecuencias económicas y sociales del coronavirus, diciéndoles que como están en un club -el del euro- que sólo protege a los Estados ricos, los españoles y los italianos tendremos que volver a ver cómo crece el paro, como se destruyen las propiedades y cómo crece la desolación como penas accesorias al mantenimiento del estatus de socio. La recompensa ofrecida, dejar que sigamos en el euro, no va a ser suficiente para que la población no se cuestione por qué y para qué queremos la Unión Europea.

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