Es el momento de la UE, la que en esta crisis, tal vez también en la anterior del 2.008, nos dejó demasiados espacio para las dudas de su eficacia en materias económicas, de hecho nos dejó el “Brexit” . Solo pensar en la Presidenta, y más aún en el vicepresidente del BCE y, como consecuencia en la JUR, es suficiente para ponerse a temblar. No obstante, esperemos que la razón sin miedo y los comportamientos de la ciudadanía de los países de Sur haga pensar y cambiar de actitud a los dirigentes económicos de la UE. Ese cambio sería la solución para Europa, Si no fuese así, en la segunda semana de abril habrá llegado el tiempo de reflexionar sobre qué, para qué y más aún, para quién se fundó esta unión.

Tras la crisis financiera de 2008 y, especialmente, desde su rebrote en 2011 en forma de crisis soberana, la Unión Europea reaccionó exigiendo severos ajustes a los países del Sur, a cambio de concederles créditos que ayudasen a paliar sus problemas. Las consecuencias para los Estados afectados -Grecia, Irlanda, Portugal y España- fueron durísimas.
Al no disponer estos países de ninguna herramienta de política monetaria, al no poder influir en las decisiones del Banco Central para que éste devaluase el euro -facilitando las exportaciones-, los ajustes repercutieron en su totalidad en los ciudadanos de los países del sur: para que fuesen competitivos se les obligó a una enorme devaluación de los activos -vendiéndolos posteriormente a precio de saldo a inversores extranjeros- y de los salarios. De nada tienen que ufanarse los políticos respecto a la salida de la crisis: España salió de la crisis por el esfuerzo de sus ciudadanos, que sufrieron la caída de los precios de sus casas y el incremento sin freno del paro.

Además, pese a que la vivienda actuó como red de seguridad de las familias que pudieron recoger a los jóvenes que tuvieron que volver a sus hogares paternos, la depresión se apoderó durante años de muchos ciudadanos que vieron caer en picado el valor de sus casas, en las que habían concentrado el ahorro de sus vidas.
Este enfoque de la salida de la crisis de 2012 fue demoledor para las clases medias y para la cohesión social: se sacrificó sin piedad el patrimonio de millones de compatriotas de un país que contaba con una de las mayores tasas de propiedad del Mundo.
La Unión Europea no avanzó en la construcción de una verdadera unión financiera, económica y social. Los países centrales de la Eurozona -Alemania y Francia con sus satélites- llenaron de bombas el camino e hicieron recaer la totalidad de los ajustes en las familias del sur de Europa.

Estamos ahora en 2020, parece que la Unión Europea no ha tomado nota del Brexit y pretende que los efectos económicos de la pandemia que asola hoy con mayor intensidad a España e Italia, se absorban sin cambiar las reglas de 2012. Aunque los expertos -si es que los hay- especulan en impactos en el decrecimiento del PIB de España de entre el menos cuatro por ciento al menos ocho por ciento para 2020, no podemos afirmar cuál será la magnitud de la crisis. Es fácil aventurar que este fenómeno que vivimos perplejos va a impactar duramente en nuestra capacidad productiva y, si no se toman las medidas necesarias, con posibles efectos distorsionadores sobre la paz y la estabilidad social.
Si la Unión Europea sigue por el camino de aplicar reglas duras para el sur, se pondrá en cuestión a sí misma, quizás de forma irreversible. Y si Europa no reacciona unida, no habrá solución política, ni económica que no sea desmedidamente injusta socialmente.

Es la hora de la verdad, probablemente la Unión Europea sólo reaccione adecuadamente si el coronavirus reparte miserablemente sus efectos sobre el continente, o si piensa que la parálisis le perjudicará más que la acción. Desde luego, no caben las soluciones individuales, salvo que se empuje dramáticamente a ello. De ello se beneficiarán las mafias y los que saquen ventaja de los males ajenos.
Sin duda la hora de la verdad para España es la hora de la verdad para Europa.

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