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La pandemia del coronavirus como síntoma de la gran enfermedad de nuestro tiempo: el hambre y la desigualdad en el mundo

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Más de 370 millones de chinos viven con poco más de 5 dólares al día (165 al mes). Es decir, el 27 por ciento de la población del gigante asiático es pobre de solemnidad. Tras los prodigiosos rascacielos y el neón de las florecientes empresas tecnológicas como Huawei se esconden la pobreza extrema, la desigualdad, el chabolismo −el tradicional y el vertical−, una realidad que se impone en las grandes ciudades del país. Pero la situación de China no es excepcional. En el mundo existen más de 780 millones de personas que viven con menos de 2 dólares al día, la cifra fatídica que marca el umbral de la pobreza, según Naciones Unidas. El mal del hambre está por todas partes, en África, en Asia, en Latinoamérica, también en nuestra querida Europa. Con una cuarta parte de la población en riesgo de exclusión (un 26 por ciento), España es el séptimo país de la Unión Europea con mayor índice de pobreza. Ese es el mundo que hemos creado y que ahora regurgita su tos pestífera que mata a cientos de miles por doquier.

El cambio climático con el consiguiente desorden de la naturaleza, la explosión demográfica, el hacinamiento en monstruosas ciudades contaminadas y la pobreza generada por un sistema económico injusto se han convertido en bombas de relojería para la humanidad. Se dice que el coronavirus nació en el mercado de Wuhan, donde por lo visto se consume carne de murciélago y pangolín. ¿Lo comen por costumbre o por necesidad? ¿Lo ingieren por tradición milenaria, por ignorancia de los riesgos que corren o simplemente por supervivencia, porque no tienen otra cosa mejor que llevarse a la boca? Nadie ha sabido (o ha querido) dar una respuesta a esa pregunta todavía.

En los cinco continentes la gente se hacina en barrios marginales, en chozas infectas, en los extrarradios de las urbes más populosas. Los guetos se han convertido en el caldo de cultivo perfecto para la propagación de epidemias de todo tipo. Los niños desarrapados de Siria juegan cada día entre las ratas y las minas antipersona; millones de etíopes ni siquiera tienen agua potable ni saben lo que es una simple letrina; gigantescas montañas de ciberbasura (los desechos del progreso de Occidente) se apilan en Dandora, el principal vertedero de Nairobi (Kenia). Allí una multitud de africanos hurga cada mañana para encontrar algo que meterse en el buche. La falta de higiene y de alimentación apropiada, el detritus y la carencia de controles en Estados fallidos corruptos tenían que reventar por algún lado. Pandemias como la malaria, el ébola y el sida tienen mucho que ver con estos países donde la Sanidad sencillamente no existe, ya que un hospital de beneficencia con habitaciones desconchadas llenas de moho y humedad no puede ser considerado un centro sanitario digno. Y todo eso mientras el 1 por ciento de los ricos del mundo acumulan el 82 por ciento de la riqueza global. Apenas cien familias que chupan toda la leche de la teta de la madre Tierra.

Sin duda, detrás del prodigio de los rascacielos y las empresas tecnológicas de países supuestamente emergentes como Brasil o China hay un inframundo sórdido, un infierno de talleres clandestinos donde malviven millones de personas que trabajan como esclavos del gran capital, de sol a sol, siguiendo la estricta “filosofía 996” impuesta por gente como Jack Ma, el dueño de Alibaba, una de las mayores tiendas por Internet del mundo. Según este gurú del sistema capitalista/comunista asiático −un magnate que acredita una fortuna de 40.000 millones dólares−, todos los chinos deben trabajar de 9 de la mañana a 9 de la noche durante seis días a la semana. Explotación pura y dura, esclavismo futurista, brutal y cruel inhumanidad. Jack Ma pasará a la historia como uno de esos filántropos que con su nuevo “sistema tayloriano de precarización en cadena” primero contribuye a generar más caos, más pobreza y más enfermedad global y después viene a repartir mascarillas al mundo para frenar el Covid-19. Él, y otros multimillonarios como él, provocan la herida y luego nos ponen la venda.

El futuro incierto que nos viene tras la pandemia nadie lo conoce. Ni siquiera sabemos si habrá futuro. Lo único cierto es que mientras no se reduzcan los desequilibrios brutales de la globalización, mientras no se acabe con el hambre, mientras no se luche de verdad contra la enfermedad en los países del tercer mundo abandonados a su suerte, seguirán brotando virus que nos llegarán en sucesivas oleadas. Hoy será el coronavirus, mañana será el ébola y vendrán otros microorganismos aún más letales que podrían incluso acabar con la raza humana en venganza por nuestras tropelías. La principal lección que debemos sacar de este episodio triste es que no hay muro que pueda frenar a un germen mutante. Hasta que no resolvamos algunos problemas elementales que hemos obviado durante décadas, quizá siglos, nuestro mundo se expondrá a una amenaza permanente, la de las catástrofes humanitarias provocadas por grandes pandemias. Nadie estará a salvo. Tampoco Donald Trump, a quien sus políticas xenófobas le servirán para bien poco ante el Apocalipsis que se avecina. El virus se llama Covid-19, pero el detonante es la pobreza, la desigualdad social, la crueldad y el egoísmo de un sistema capitalista salvaje que ha fracasado estrepitosamente.

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