Somos un producto de la comunicación. Entre un te quiero y un ha sido niño, hay una cascada de emociones, sentimientos, aciertos  y/o lo contrario. Y ofrezco la conjunción copulativa y la disyuntiva para que, por una vez, puedan elegir en estos tiempos de confusión lingüística.

La comunicación era aquello que se decía ante la cara que tenías delante, que, si era dura, te podía rebotar y causar daños de diversa consideración. Luego, apoyados en la interpretación, la genialidad y los recursos para camuflar carencias, el consejo se transforma cuando va camino del segundo, tercero o cuarto receptor del mensaje. Por ejemplo, lo pude comprobar cuando dije que un kiwi en ayunas, triturado y mezclado con zumo de naranja estimula el tracto intestinal. Unos días después, me contaron que en Vox se toman un kiwi (su color corporativo) en ayunas  porque es capaz de sacar lo peor de ti.

Visto el uso que de las recomendaciones se hace, podemos afirmar que nuestra convivencia, como nuestras croquetas o nuestra paella,  sufren un grave problema de comunicación. Por centrarlo más: creo que hay mucha gente que sólo entiende lo que espera escuchar. Si no es así, te pega una larga cambiada y si estabas hablando de los mosquitos del Mekong, te sale por los polvorones de Estepa. Para entenderlo mejor, creo que debo echar mano de lo que mis amiguetes y enemiguetes ya conocen como el ‘comportamiento Homer Simpson’. Es decir, cuando empiezas a hablar, la persona que tienes delante, sea de color amarillo o no, como Homer, se preguntará en su más profundo desconcierto: “Y éste, ¿por qué moverá los labios…?”

Precisamente eso, el órgano fonador, la boquita y sus asistentes acústicos, son los que ponen en circulación cuestiones lamentables y en ocasiones irreversibles. La más inmediata, la primera que me viene a la memoria y me aterroriza, incluso me asquea, son esas sobreactuaciones que vemos en los inevitables programas  televisivos de contenido gastronómico. Sin mascarilla y, generalmente, sin guantes de látex.

Ahí es donde entran en escena esas, ahora las llaman gotitas, que siempre han llamado perdigones y que salen de nuestras fauces con o sin coronavirus. Terrible. Digamos que ha sido un reiterado problema de comunicación. Se nos dijo desde la más tierna infancia, cuando padre estaba lanzando aceite hirviendo entre las almenas a los vecinos sureños llamados infieles: No habléis con la boca llena ni con ella vacía a gritos sobre los alimentos… Pues nada, la higiene y el respeto se quedaron en puro postureo.

Otro problema de comunicación descansa entre la inercia y la nostalgia. Lo digo por “las croquetas de mi madre”, “la paella de mi abuela…” Esos platos que se supone eran excelentes e imposibles de mejorar por alguien, ni siquiera por la madre o la abuela de tu compañía de sábanas y manteles, ni por la madre de tus amigoas (amigos y amigas), vecinoas, compañeroas, etc, etc.

Fuentes fiables me confirmaron que las croquetas que hacía mi madre se las comían, sin más. Nunca me llegaron testimonios emocionados sobre aquello. Y sobre mi abuela, qué decir… Teniendo en cuenta que le pregunté al comienzo de mi emancipación cuánto tardaban en asarse en el horno un par de paletillas de cordero y me dijo que 20 minutos, pues ya se harán una idea… Creo que la abuela renunció a saltar a la gloria de los fogones. 

En su tiempo, cuando la gente no moría por la penetración de una bala, algo bastante frecuente, decían que había palmado de “una cosa rara”. La higiene y el desconocimiento jugaban un papel que aún hoy puede llevarnos a una digestión eterna. Abreviando, porque es mejor que cada uno se documente por su cuenta, les sugiero que localicen en el buscador a un tal Bacillus cereus, del que les anticipo que es una bacteria, y lleven cuidado cuando guarden los restos de arroz y de pasta porque le pueden llevar desde  un aleluya coral en el plato a un hasta luego. Ojito con los restos. Y para que no surjan problemas de información, como les he dicho, busquen ustedes los datos; que hoy están al alcance de todos.  Sólo hay que contrastarlos debidamente.

Aprenderemos a guardar los restos de las croquetas de mamá y de la paella de la abuela sin miedo a transmitir imprecisiones tóxicas.

Pues eso.

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