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La otra mejilla de Junqueras

El escrito lo necesitaba Sánchez. Y Oriol necesita libertad

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Analizar la carta que hoy se ha publicado de Oriol Junqueras no resulta sencillo. Y no lo es porque es un escrito político, y en lo político hay demasiados grises que no se pintan y que son los que sirven para poder saber que lo que se dice no es todo, de hecho no es ni el atisbo de lo fundamental. Los discursos políticos, salvo en contadas ocasiones, esconden más de lo que muestran, y tienen siempre una intencionalidad que no se evidencia.

Por eso no cabe tomárselos al pie de la letra y pretender analizarlos desde la aparentemente sencilla literalidad. Si se quiere analizar realmente, no. Desde luego.

El escrito que hoy se publicaba bajo el título «Mirando al futuro» guarda muchos mensajes. Cada persona que haya leído el texto sacará sus conclusiones y seguramente no haya dos idénticas. A bulto los habrá que piensen que es un texto casi bíblico, emulando aquello de la otra mejilla. Los habrá que lean en él las palabras del máximo líder que enciende e ilumina el camino con mensajes de amor, de mirar hacia delante, del vacío de rencor y hasta de candidez.

Existe también la lectura de quienes exprimiendo la literalidad se han quedado con las frases marcadas en negrita. Y con eso les sirve para entender que hay una genuflexión, un arrodillamiento, una subordinación. La rendición.

Y quien piense que esas líneas no son más que el fruto de una suerte de síndrome de Estocolmo, de alguien que pudiera sentir la desesperación de llevar tres años entre rejas y ver que el futuro queda lejano.

Los hay que leen en términos de traición, de destrozo de ese uno de octubre. Y quienes piensan que después de las buenas noticias llegadas desde fuera, había que reubicar el foco de atención.

Caben todas las interpretaciones. Porque todos los puntos de vista son sesgados, todos tienen su parte de verdad, y como me dijo Puigdemont un día, la verdad consiste en que cada cual aporte ese trocito de espejo roto para recomponer la totalidad lo máximo posible. Y aun así el espejo siempre mostrará estar roto, deformará la imagen en algunos puntos en los que la sutura nunca sella ni hace el encaje perfecto.

«Nos faltan verdades para poder entender todo lo que dice ese escrito sin decirlo»

Nos faltan verdades para poder entender todo lo que dice ese escrito sin decirlo. Me falta el discurso humano de quien decía en 2019 que los indultos se los metieran donde les cupiese. Ya entonces me pareció un comentario que carecía de toda la verdad que debería haber tenido. Pero era comprensible y desde la empatía cabía perfectamente mandar a tomar por culo a los carceleros que amagaban con negociar las libertades. (Disculpe lo abrupto de la expresión, pero es que no quiero dejar de pensar en quienes llevan tres años en prisión, siendo inocentes, y sufriendo una represión brutal). No se puede perder, ni se debe hacer, la perspectiva que contextualice desde donde se han escrito estas líneas. Y conste que no he sido partidaria nunca de que los partidos se puedan dirigir desde un centro penitenciario, porque en mi opinión implica secuestrar la voluntad política. Pero qué duda cabe que es una opción posible y legítima.

Que ERC pactaría con el PSOE lo sabíamos desde hace tiempo. Que está en medio de un cruce de caminos, es evidente: ni contigo ni sin ti, como el bolero. Que para ser indepe no puede alejarse mucho de Puigdemont, aunque lo aborrezca, y que tampoco quiere despegarse de la supuesta izquierda que le sirve para anclarse a sus esencias. La cuestión aquí es usar verdades a medias en cada momento para que no se note del todo la estrategia, que al mismo tiempo, es un secreto a voces.

Que la mayoría de las cuestiones que Junqueras dice en su escrito me parecen acertadas, es cierto. Que lo deseable sería un referéndum pactado, desde luego. Que la amnistía es la herramienta justa, innegable. Que estamos ante un conflicto político, de cajón. Y que se ha procesado brutalmente a personas inocentes, es un hecho que me resulta incuestionable.

Pero hay otras cosas que dice que me parece dan para pensar y no es sencillo saber bien qué decir. Porque dejan un margen tan amplio a la interpretación, que más bien parecen ir dirigidas a personas concretas que sí sabrán entender mucho mejor lo que quiere decir el líder de ERC en ellas.

Seria simplista decir que Junqueras, previo pacto con el PSOE, viene a dar un mensaje conciliador, tranquilizando al adversario queriendo decir que hay autocrítica, que hay intención redentora, que hay propósito de enmienda y que no hay rencor. Esa es la intención que entiendo busca esa carta. Una manera de aparecer con las manos en alto, pañuelo blanco en mano, reventado de dolor y sufrimiento. ¡Caray! Da para pensar.

Todo esto se podría haber dicho antes de las elecciones. No se dijo, no hubo carta, no hubo atisbo de indultos. Se hizo Govern, y a nadie se le escapa que hubo acuerdos. Muchos más de los que se plasmaron en papel aquel 17 de mayo. Negociaciones que no se han explicado porque volvemos al terreno de la política donde nadie va de frente.

Que aparezca esta carta después de que el PSC presente de largo a su gobierno alternativo podría dejar volar la imaginación y suponer que alguien ha encendido el fuego lento para quemar un Govern con fecha de caducidad. «Cuanto más se abra la brecha entre los socios de Govern, más ingredientes iremos poniendo en el caldero de la izquierda para salvar una situación que devendrá ingobernable», diría la receta.

El escrito lo necesitaba Sánchez. Y Oriol necesita libertad. Si se consiguen las pretendidas aguas templadas por los dos, quien no comulgue con esta balsa de aceite, será radical y probablemente la sombra se cierna sobre ellos señalándoles como reventadores de la intentada paz social y concordia ciudadana.

En fin, que la carta de Oriol no me ha sorprendido. ¿Qué esperabais? Junqueras no es Cuixart, tampoco es Romeva, ni Puigdemont, ni Rovira. Oriol no es la palabra hecha carne, ni es eterno ni divino. Es un dirigente político que tiene una estrategia que respaldan sus militantes y votantes. Y ya está. Ni todos aciertan todo el tiempo ni todos se equivocan constantemente (bueno, saco de esta ecuación a los antidemócratas orgullosos de serlo).

A estas alturas está bastante claro el lugar de cada actor político. Y como decía al principio de estas líneas, cada planteamiento tiene sus acólitos y sus detractores. Todos tienen parte de razón, todos guardan parte de su verdad y todos tienen sus intereses.

Lo ideal en todo esto sería contar la verdad de una vez por todas. Algo imposible cuando en esté lugar decir la verdad suele suponer que te acribillen. Pero, ¿no se trataba de acabar, precisamente, con eso?

Poner la otra mejilla es plausible. Incluso eficaz si quien tienes delante entiende tu código. Quizás los que no entendamos los códigos seamos los demás. O puede que nunca estuviéramos hablando en el mismo idioma.

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