El 11 de abril del año 2012 un viejo rey que tomaba parte en un safari en el paradisíaco delta del Okavango, en Botsuana, levantaba su escopeta, una Rigby Express del calibre 470, apuntaba directamente a la cabeza de un hermoso elefante de 50 años y cinco mil kilos, apretaba el gatillo hasta siete veces y abatía a tiros al animal, adorado como un Dios legendario por no pocas tribus africanas. Después, tras ese minuto fatídico, quedó el silencio de la selva solo roto por el aullido de algunas aves espantadas, la escopeta humeante y el cuerpo inerte de la presa majestuosa. Fue un acto sangriento e injusto digno del peor colonialismo del siglo XIX, cuando el todopoderoso hombre blanco aún creía que el continente negro había sido puesto por Dios en el mundo para su explotación, uso y disfrute.

Desde aquel momento fue como si la maldición de los elefantes hubiese caído, con una furia implacable, sobre la regia cabeza de Juan Carlos I de Borbón, marcando el declive de su reinado, persiguiéndole sin descanso y arrastrando a su reino hispánico a una época turbulenta, aciaga, nefasta. Tanto fue así que aquellos cartuchos malditos detonados por la escopeta no solo acabaron con un bello y noble animal, sino también con la reputación de la monarquía española (felizmente labrada durante 40 años de prudente reinado), con la buena estrella de la Familia Real y con el afecto que una porción del pueblo sentía hacia su rey. La maquinaria de la maldición se había puesto en marcha como un mecanismo imparable y horas después de la cacería, ya de madrugada, Juan Carlos I sufría una mala caída en su tienda de campaña, fracturándose la cadera por tres partes en un golpe del que todavía hoy no se ha recuperado. El monarca fue trasladado con urgencia a un hospital de Madrid, se aireó su affaire amoroso con la princesa alemana Corinna zu Sayn-Wittgenstein (de 47 años) y por primera vez se empezó a especular seriamente con su abdicación, que llegaría poco tiempo después, concretamente el 2 de junio de 2014. Para la historia de España quedará la imagen de un rey patéticamente arrepentido y pidiendo disculpas ante las cámaras de televisión, su famoso “lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir”.

De repente, España había pasado de la Corona a “la Corinna”, habíamos vuelto a los peores tiempos de los borbones absolutistas, con sus vicios, privilegios medievales y errores garrafales que tanto daño hicieron al país, y la Casa Real que durante años se había esforzado por construir una imagen de modernidad, talante democrático y austera seriedad empezó a ser blanco de informaciones periodísticas duramente críticas y también de rumores y bulos más o menos interesados. De la noche a la mañana el cazador se convirtió en cazado por mor de la maldición del elefante, se rompió el pacto de silencio sellado en la Transición para proteger al rey y se abrió la veda contra la monarquía –que siempre había gozado de un poderoso blindaje, cosa que no sucedía con otras casas reales europeas–. Fue la tormenta perfecta en el peor momento para España, justo cuando los estragos de la crisis seguían haciendo mella en la población, la corrupción lo corroía todo y el independentismo catalán hervía con fuerza, amenazando la estabilidad del que parecía más que consolidado régimen del 78. La imagen de un rey decadente dándose a la dolce vita en paraísos edénicos y lujosos safaris africanos mientras sus súbditos pasaban penurias económicas y hasta eran desahuciados de sus casas fue el peor error de la monarquía desde la instauración de la democracia. Un error que aún pasa factura en palacio.

Pocos meses después de la batida de Botsuana estallaba un nuevo escándalo: la Casa Real había dado orden de reformar una vivienda en la finca de La Angorrilla que comunica directamente con Zarzuela a través de un camino forestal. El rey deseaba privacidad y espacio para recibir a sus visitas, entre ellas la princesa Corinna. Y mientras todo eso sucedía el juez Castro, instructor del Caso Nóos, iba estrechando el cerco a la hija del monarca, la Infanta Cristina, y a su yerno Iñaki Urdangarin, y los índices de popularidad de Juan Carlos caían en picado, según las encuestas del CIS (de un 74 a un 52 por ciento en los primeros días tras airearse los detalles del agitado safari de Botsuana). El “juancarlismo”, ese mito comúnmente extendido que desde 1978 había logrado el mayor período de paz y prosperidad de la historia de España, poniendo de acuerdo en lo básico a monárquicos y republicanos, se desmoronaba como un castillo de naipes. Fue así como, tras 38 años en el trono, acuciado por casos de corrupción que salpicaban directamente a la Casa Real y en medio de los rumores de separación con la Reina Sofía, Juan Carlos I puso fin a su reinado abdicando en la figura de su hijo, el Príncipe Felipe.

Desde su renuncia, Juan Carlos I no se prodiga demasiado en actos públicos y su agenda oficial ha ido reduciéndose paulatinamente. Es como si de la noche a la mañana su figura, trascendental en la historia contemporánea de este país, hubiese pasado a un segundo plano, lejos de los focos, o más bien confinada en el baúl de los recuerdos. Quizá sea el cansancio de alguien que ha vivido los momentos históricos más convulsos; quizá sea el peso de los años y el dolor de la enfermedad; o quizá esté esperando a que la delicada situación por la que atraviesa el país se estabilice para adoptar un papel algo más activo. El caso es que, hoy por hoy, el ciudadano Borbón lleva una vida tranquila de jubilado, lejos de la vorágine de la política, aunque de vez en cuando aún le sobresalte algún que otro escándalo, como las recientes grabaciones aportadas por el comisario José Manuel Villarejo (actualmente en prisión por el caso Tándem), en las que la princesa Corinna, “la amiga entrañable del rey”, reconoce que fue utilizada como testaferro de la Casa Real para cobrar comisiones del proyecto de construcción del AVE a la Meca. Finalmente la Justicia no ha dado crédito a las grabaciones del policía supuestamente corrupto y el juez Diego de Egea ha decidido archivar la causa a petición de la Fiscalía. Sin embargo, pese a que Juan Carlos I ha logrado capear el temporal judicial gracias a su inviolabilidad como Jefe del Estado, su imagen ha salido seriamente tocada, como también la de la Familia Real, que sigue perdiendo puntos en las encuestas pese a los esfuerzos de Felipe VI y de la reina Letizia por recuperar la confianza perdida de muchos españoles.

Tras su jubilación, Juan Carlos I parece haber quedado para cubrir algún que otro acto público menor, casi siempre una recepción diplomática o un evento social de carácter benéfico o solidario. Eso sí, sigue participando en regatas con el Bribón, aunque tenga que navegar con sumo cuidado y siempre sentado para no caer por la borda (los médicos le han prescrito actividad física deportiva moderada por su avanzada edad y su delicado estado de salud). En 2009 tuvo que dejar los barcos por problemas de movilidad, pero en 2015 recuperó su gran pasión por el mar y no hace mucho se convirtió en campeón del mundo de vela a sus 79 años durante un campeonato en Vancouver (Canadá), o al menos así lo recogió la prensa internacional en grandes titulares. “¡No puedo con el alma!”, exclamó el emérito tras obtener el triunfo y bajarse del velero. Y es que la edad no conoce de títulos nobiliarios.

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3 Comentarios

  1. Y este donde piensa enterrarse, da ya asco el verle lacar y la forma de andar de ser un parásito a gtrancas y barrancas.
    Este superdotado fue el que sentenció que el general Franco, fuera enterrado el Valle de los Caidos.
    Donde estan los principios genereles del movimiento que jurastes, militar de pega y cartón, lásrgate ya con todoas tus medalles y collares ganados en la trincheras.
    Cuanto barriles suelen cargar los barco petroleros, para calcular ente 1 – 2 euros el barril, por cada viaje, amigo árabe.
    Haber si pagas por los sitios por donde vas de chupón.

  2. Te dió tiempo a coger los colmillos del elefante que mataste, un ser que tenía 50 años, un animal que tenías que haber dejado vivir, por su tiempo y valor natural, siempre fuiste un zopenco en las academias sin conocimiento ni base alguna, para poderte arreglar los huesos de mierda que tienes en tu esqueleto.
    Ah y el perno del matarile.
    Dentro de poco a San Isidro, a los toros con tu nena la del sombrero, sin pagar, de gorra y ha elegir localidad.

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